Está bien que los niños se disfracen. Yo mismo, cuando era chiquito, me vestía de soldado inglés y salía a pedir dulces. Por supuesto que aquel no era cualquier disfraz y que solamente lo hacía los treinta y unos de octubre: si hubiera sido un patrón de conducta, sin duda mis papás me habrían internado en un hospital siquiátrico, o los vecinos habrían tenido que comprar muchos, muchos dulces y aun hoy sería famoso en todo el barrio. Quizás, a mi paso, todavía me ofrecerían un chocolate o una colombina.
Los niños deben disfrazarse. No importa si terminan detrás de esas horribles máscaras de plástico, o si son hijos de esos papás creativos que insisten en conseguir hojas y cortezas secas para convertirlos en árboles, o si deben padecer a esas mamás que, en un más o menos inconsciente gesto de clasismo, les consiguen una ruana y un radiecito y los transforman en celadores y les toman fotos porque se ven divinos vestidos de pobres. No importa que no lleguen a disfrutar el privilegio de vestirse como soldados ingleses: los niños deben disfrazarse como sea.

Un adulto disfrazado, en cambio, es una redundancia: deprime verlos a todos con sus capas y su vaso de whisky en la mano, pendientes de los disfraces de los demás, dispuestos a presumir porque no han perdido el sentido lúdico de la vida ni la capacidad del asombro. En el fondo sospechan su decadencia y su falta de carácter, pero la presión de grupo es tan fuerte, y la fiesta tan inevitable, que se lavan a sí mismos el cerebro y aparecen en la puerta convertidos en osos, presos, reyes, puertas, mesas o gallinas.
No deberían hacerlo, pero lo hacen: los niños se disfrazan porque quieren ser muchos, pero los grandes deben aprender a ser todos los que son con dignidad. Yo mismo me tolero cuando soy liberal o conservador o independiente; cuando finjo que leí, o niego haber leído, o leo; cuando soy hipócrita, brutalmente honesto o diplomático.
En fin. Se sabe que los disfraces, o la falta de ellos, causan profundas heridas emocionales en los seres humanos: así como un disfraz de fantasma hecho con una sábana vieja y dos huecos, por ejemplo, puede estimular las burlas de los demás y causar una insuperable inseguridad en el disfrazado, un niño valiente que sale con su ropa de calle, común y corriente, a pedir barras de chocolate, siempre se verá sometido al mezquino escrutinio de los demás niños, que le preguntarán si está vestido de cerdo o de marciano. Dicho así, suena como si a mí mismo me hubiera pasado. Y no, yo tenía mi disfraz de soldado inglés y todos me daban mis dulces.

Íbamos ahí, poseídos por la avaricia, hipnotizados, gritando la extraña letanía que nos habían hecho memorizar: “triqui, triqui, Halloween, quiero dulces para mí”. Eso era, eso decíamos. No eran dulces para él, ni para ellos, ni para los niños pobres. Eran todos para mí. Era un mensaje duro, esclarecedor, inolvidable: había qué superar al hombre araña gordo y a la deplorable campesina santandereana, había qué llegar antes y ganarse los dulces. Y después, en la casa, había qué mirar el botín, y
frotarse las manos, y lanzar una carcajada infernal, y comérselo todo, solo, en una
esquina del cuarto.
Pensar en una sociedad mejor, en la que niños conscientes pidan dulces para los menos favorecidos en el nombre de Dios o en beneficio de un régimen o algo superior; imaginar un futuro en el que los adultos no se disfracen y en vez de golosinas regalen cosas alimenticias, como cebollas, papas y tomates; concebir un tiempo cuando los niños disfrazados de soldados ingleses no sean marginados por los demás ni, por Dios, tengan que defender los poquitos dulces que recogieron. Eso persigo: en eso se me van todas las noches.

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