El mundo es el infierno, cualquiera lo sabe. Se calienta más y más todos los días y, cuando uno sale a la calle, siente que está a punto de explotar. Sí, es el infierno. Ocurre más allá de las oficinas y los planes macroeconómicos, debajo de las bolsas de valores y las páginas web. Se cae. Está plagado de monstruos, suicidas, hambrientos, miserables, abandonados, fanáticos, locos, frustrados, envidiosos, deshonestos. Sí, ese es, así es el mundo. Conmueve profundamente que no queramos que se acabe.
Pero se va a acabar. Puede ser mañana, o en 30 años, o mucho después de nuestras vidas, pero sin duda llegará a su fin. Uno a uno, se caerán todos sus símbolos y aceptaremos la muerte como la aceptan los insectos. Nos acostumbraremos a temblar. Viviremos con miedo. Aceptaremos a la fuerza que somos occidentales y no sabremos cuándo ni cómo ocurrió esa desgracia. Seremos occidentales. Todos, desde los ministros hasta los mendigos, trabajaremos para la CNN. Y odiaremos, sin siquiera conocer sus motivos, a los pobres terroristas. Así será. Los mapamundis no volverán a ser esferas.
Porque sí, todo cambiará después de la imagen de esas personas lanzándose desde las ventanas de las torres gemelas. El miedo modificará rutinas, oficios, relaciones. Dejaremos de viajar a esos países tan peligrosos. Seremos conscientes de que siempre hemos vivido en un mundo en guerra. Y ya no nos dará vergüenza ser colombianos, ni querremos ser suecos, franceses, norteamericanos, sino que, si nos preguntan, diremos que somos de otro planeta. Cuando por fin lleguen los extraterrestres, nos quejaremos porque por culpa de unos pocos en todo el universo creen que somos crueles, sanguinarios, inescrupulosos.
El mundo está en guerra. No hay que recorrer Colombia, no hay que leer los periódicos, ni siquiera hay que salir de la habitación para saberlo. Hay una guerra que ocurre en todas partes. Y lo único que puede hacerse, como siempre, es vivir. Y sí, viviremos, pero, ¿cómo?, ¿con qué metas? ¿aprovecharemos cada minuto?, ¿revelaremos secretos?, ¿viviremos borrachos?, ¿venderemos merengones en la ciclovía?
Con guerra o sin ella, la vida es y será repetitiva y monótona, un problema de comer, ir al baño, trabajar y dormir, y reaccionar contra ello, jugar a la aventura, lanzarse en paracaídas, robar un banco o drogarse en los burdeles, sólo comprobaría la teoría. Así que yo, por lo menos, no voy a mover un dedo. No, no voy a sonreír más, ni a caminar despacio, ni a comer más habas. No me voy a poner un arete en la nariz ni me voy a dejar el pelo largo. No voy a responderle feo a mi mamá.
Si acaso, me pronunciaré en contra del campo de concentración para árabes que abrirán en Girardot. Sospecharé que el turbante es como un canguro y que el hombre del Medio Oriente carga ahí las llaves del carro y la billetera con las fotos de sus siete esposas. Pensaré en cómo hay que tratar a una persona para que un día explote en gritos, en patadas, en lágrimas. Y ya no tendré pesadillas con secuestros o carros bomba, sino con costosas máscaras de gas.
Me preguntaré si daría la vida por una causa, si me lanzaría contra un edificio y estallaría en mil pedazos para la gloria de Dios o en nombre de los derechos humanos y el capitalismo, y me responderé que no, que por nada del mundo, que si acaso sería capaz de botar papeles mojados desde mi apartamento o de timbrar en las puertas de las casas y salir corriendo muerto de la risa.
Entonces entenderé que me conformo con quedarme encerrado. Y sospecharé que si todos hiciéramos lo mismo, si resistiéramos la soledad de nuestros cuartos, y sólo saliéramos los lunes o los martes, esperaríamos, con el alma preparada, el fin del mundo.

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