Es como en esas propagandas de televentas. Sí, claro, eso es: es exactamente como en esas propagandas. Llego de pronto, me siento en mi silla de todos los días, sonrío frente a las cámaras -que están en todas partes- como un orgulloso alcohólico anónimo. Y entonces digo "hola: yo creía que había venido al mundo en el momento equivocado, pero desde septiembre de 1996, cuando apareció internet en el computador de mi casa, mi vida cambió del infierno a la tierra: entendí que hay mucha gente sentada en el planeta, que mis amigos son las personas que responden mis e-mails y que escribir no es perder el tiempo, ni tener miedo de hablar, ni llegar a un texto antes de que otro lo haga (vender, vender, vender: que otros se encarguen de eso), sino dedicarse al oficio de lanzar botellas al mar, como lo hace el autor de un blog, bajo la mirada de miles de náufragos con ganas de reírse".
Es como en los comerciales de televentas: ofrezco internet ahora, en este momento, con mi cara de que las cosas serán mejores algún día.
Después me cuelo en una marcha de protesta. Y grito lo que sigue en una calle: Odiamos esas insoportables cadenas de mensajes no deseados (no más: no pongan "este sí es bueno" en el "asunto"), aborrecemos las ventanas que se toman el computador hasta volverlo senil, despreciamos el tuteo barato, la seguridad en sí mismas y la confiancita ("hola, Ricardo") de las páginas que venden, con falsos descuentos, cosas que nunca llegan, pero estamos dispuestos a soportarlo todo, los torturadores virtuales, los pederastas de madrugada, los habladores de spanglish, los caníbales que hacen amigos gorditos, los tramposos que pican el ojo con el "punto y coma", los bajadores promiscuos de canciones, los fabricantes de virus letales, los inconscientes que usan los "foros de opinión" como antes usaban las paredes de los baños públicos, los comerciantes que aplauden que una persona pueda aficionarse al porno tan pronto apruebe primero de primaria (estamos dispuestos, en suma, a recibir el horror del mundo en nuestro disco duro), si eso nos garantiza los derechos que hemos vuelto a ganar con internet: los derechos a publicar lo que pensamos, a encontrar la información que buscamos y a deshacernos de la identidad que nos pesa de lunes a domingo.
Es igual que en las marchas de protesta: me quejo de los malgastadores de internet, como un papá que aún no tiene hijos, porque no quiero que estos 720 millones de personas, que viajan sin moverse de su habitación, tengan que volver a un mundo en el que la palabra no vale nada y muy pocos han podido descubrir que, en cualquier país, en cualquier idioma, en cualquier cultura, todos estamos hechos para decirle a otro lo que acaba de pasarnos.
Y ahora, al final, es como en esa película de los setenta. Es como en Network. Salgo de noche a mi ventana, preparado para decirles lo que siento a los que estén despiertos, pues los expertos definen internet como una infinita fachada de ventanas que se prenden o se apagan todo el tiempo. Y así, con ganas de decirles que lo mejor de la red es que es una red de voces, solo me atrevo a escribir esto: "El blog, una bitácora redactada en vivo por un solitario, un diario a la vista de cualquiera, no es solo una prueba de que internet salvará a muchos locos del suicidio y le dará paz a muchas minorías silenciadas: sobre todo es, si uno lo piensa con calma, un ejercicio vital que supera los límites de los tres géneros literarios". Querría citar alguno para probarles que el blog refleja, narra y conjetura al mismo tiempo, pero la gracia es llegar por azar a esos museos del presente. Y descubrir por cuenta propia que cuando uno apaga el computador, después de leerlos, se ve reflejado en la pantalla.

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