Los partidos de fútbol son apasionantes películas de suspenso: nos sentamos en el borde de la silla, quitamos la mirada cuando nuestro equipo va a patear un penalti, le pedimos al tiempo que avance o crezca o se detenga. Ver fútbol es como ver cine: lo peligroso es que mientras nosotros, los hombres de bien, vamos por los buenos, los demás, en la tribuna de enfrente o la silla de al lado, tienden a celebrar las acciones de los malos. Sí, eso es. Si tomáramos partido en las películas, si unos fuéramos por las víctimas y los otros les hicieran barra a los sicópatas, pronto nos descubriríamos atrapados en una pesadilla. En otra. Como cuando alguien nos convence de ir al estadio.

Lo más conmovedor es, creo, que entendemos que una película es una ficción pero nos negamos rotundamente a aceptar que un partido de fútbol pueda ser solo un juego. No, nunca vamos a reconocerlo: lo padecemos, lo recordamos, lo discutimos hasta el cansancio. Tanto, que ya hablamos del tercer tiempo, nuestro tiempo, la parte del juego que nos corresponde: cuando el árbitro anuncia el final, odiamos a muerte, amenazamos, cobramos apuestas. Sí, es un misterio. Porque si es cierto que un partido es un ritual, entonces al final tendríamos que haber exorcizado algún fantasma, como cuando salimos a la luz desde la oscuridad del teatro, y la verdad es que no, no lo hacemos, y en verdad ocurre todo lo contrario: no podemos olvidar las frases de los locutores, las lesiones de los goleadores, los balones que pegaron en el palo.

El fútbol deja cicatrices, eso es. No olvidamos nunca sus escenas: ¿no parecían anestesiados los brasileños en la final del mundial de Francia?, ¿no merecía Holanda ser el campeón?, ¿no hay que ser muy bruto para devolverle el balón a Higuita en la mitad de la cancha en un tiempo suplementario contra Camerún?, ¿no íbamos a ganar el mundial de Estados Unidos?, ¿no es cierto que el Cole, aquel hincha disfrazado de cóndor tricolor que agita las alitas, se merecía el totazo que se dio cuando los dos aficionados que lo sostenían lo dejaron caer a la tribuna de abajo por celebrar el gol del Pibe Valderrama contra los Emiratos Árabes?, ¿no da vergüenza recordar que el ‘Bolillo’ Gómez expulsó a Asprilla del torneo pasado, que aún a su edad Freddy Rincón vive obsesionado con hacer taquitos y túneles, que los comentaristas criollos llaman a la tarjeta amarilla “el acrílico hepático”?

Los mundiales traumatizan. Y el de Corea y Japón marcará para siempre nuestras vidas: los estadios artificiales y futuristas, las mascotas que parecen un par de pokemones piratas, el álbum de Panini lleno de fotomontajes: todo parece de mentira. Sí, eso es. Para eso servirá este torneo. Ha llegado el momento de reconocer que el fútbol no es real. Las finales prefabricadas de los dos últimos mundiales nos hicieron sospecharlo, pero nunca antes, creo, había sido tan claro: bastará con recordar que cuatro millones de espectadores verán los partidos en estadios virtuales, que Colombia no está y el Cole se disfrazará de pájaro ecuatoriano, que sufriremos por Brasil frente al televisor a las dos de la mañana.

Sí, el fútbol es solo un juego y eso lo hace tan apasionante como el cine. Eso aprenderemos en estas madrugadas. Que el partido termina y hay que ir a dormir. Que los equipos no son ejércitos a muerte, los futbolistas solo son actores con libretos y los hooligans les hacen caso a los papás. El fútbol es ficción: cuando anuncia el final, el árbitro se quita el luto –que guarda, religiosamente, por su madre– y vuelve, como uno, a las cuentas por pagar de su apartamento. Sale muy poco. Los fines de semana busca, con el control remoto, una apasionante película de suspenso.

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