En Navidad, cuando entro a esos almacenes gigantescos que parecen museos de lo que se perderá para siempre, tiendo a quedarme un buen rato en los pasillos de juguetes. Creo que estar en ese lugar, frente a esos personajes a escala que nadie ha venido a recoger, me ayuda a sentir que el mundo sigue siendo el mundo del principio: un trauma que superamos gracias a una serie de objetos que ponemos en escena.
Los juguetes son más útiles que las cosas útiles: los psiquiatras aseguran que esos niños coléricos, que cuando grandes harán pataletas hasta ser nombrados presidentes de cualquier sitio, que dedicarán sus energías enteras a la noble causa de su ego y aspirarán a la reelección cuando estén por cumplir 54 años, pueden ser corregidos a tiempo (la frase exacta es "pueden canalizar su violencia") si se les regala una caja de soldaditos de plástico con los que puedan resolver cualquier guerra de un manotazo. Otra opción -dicen- es perderlos en un centro comercial cuando cumplan cuatro años.
Cada generación tiene sus juguetes: los primeros yo-yos vieron la luz hace 2.500 años, en Grecia, justo cuando los niños empezaban a aburrirse de los repetitivos pasatiempos a oscuras que les proponían los viejos más sonrientes de la polis; a los niños egipcios solía írseles una pelota de papiro a las tumbas de los faraones, a las niñas más afortunadas del antiguo imperio romano se les caían todo el tiempo las muñecas de marfil, a los hermanos menores de la edad media les servían los carritos de madera para escapar de las torturas de los hermanos mayores; los padres peregrinos, en los Estados Unidos del pasado, les regalaban a sus hijos muñecos cabizbajos que tarde o temprano se iban a trabajar en plantaciones de algodón; los comerciantes del siglo veinte, auxiliados por las máquinas de la revolución industrial, parecían dispuestos a inventar un objeto para cada una de las vocaciones infantiles: les daban el Lego a las ganas de construir, el señor papa a la tentación de jugar con la comida, los bebés repollo a los instintos asesinos.
Los juguetes son más reveladores que los fósiles: los historiadores insisten en que podría decirse mucho de esos políticos sentenciosos, cargados de diminutivos, que desde que asumen cualquier cargo están convencidos de que la historia del país ya pasó (la frase textual es "podríamos entender por qué los presidentes les temen a las palabras de los otros"), si fuera posible comprobar que a nadie se le ocurrió regalarles el monopolio que querían cuando usaban pantalones cortos.
Por eso, porque los juguetes de una persona pueden ahorrarle al mundo una venganza, me preocupa que los niños de hoy estén detrás de seres tan aberrantes como Dora, la exploradora (no confundirla con la celadora: esta, de existir en juguete, sería una muñeca inflable) o de engendros tan incomprensibles como Bob esponja (no confundirlo con el constructor: este, una vergüenza para el gremio, no es el monstruo con apariencia de tajada de queso sino un obrero que habla con un par de volquetas).
Sigo pensando, sin embargo, que el mejor regalo que se le puede hacer a una persona es un juguete. Sé que por cada tren eléctrico hay una Barbie de mal gusto, que hay gente que prefiere una botella de aguardiente a un rompecabezas, que las cosas no son iguales en todos los lugares de la tierra (cada cultura entiende los pasatiempos como quiere: ponerle la cola al burro es un plan de viernes en la noche en algunas regiones del país), pero estoy dispuesto a jugármela toda por mi teoría. Esta Navidad, para comenzar, voy a regalarme algún juego de mesa: mi meta es recordar, cuando se hayan ido todos mis amigos, que el verdadero objetivo (ganar o perder da lo mismo: el juego se termina para todos) ha sido compartir con los demás algunas reglas.

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