Es un vuelo internacional. El avión aterriza y los pasajeros aplauden. Eso me atormenta. Significa, para mí, que todos pensaban que podíamos morirnos. Que contemplaban seriamente esa posibilidad. Las ruedas del avión tocan la pista de pavimento y la gente se mira como si no pudiera creerlo, como si desde ahora, y para siempre, compartieran un momento determinante de la vida: el de haber sobrevivido. Todo el mundo aplaude y yo, que no entiendo nada, aplaudo con ellos. Lo hago por la misma razón por la que hago la ola en el estadio, por lo mismo que me río en las comedias de televisión cuando oigo las risas pregrabadas: porque toca. Pero soy consciente de lo absurdo que es, no tanto porque los aviones no sean peligrosos —que sí, tienen que serlo— sino, más que todo, porque no me parece sano celebrar cada vez que uno supere cualquiera de los peligros de la vida. Habría que aplaudir cuando uno cruza la calle sin que lo atropellen. O cuando come un cebiche y no se intoxica. O bueno: quizás si a uno le plantearan la cruzada de la calle o el cebiche como las azafatas le presentan el vuelo —con consejos sobre cómo usar la máscara de oxígeno cuando falte el aire, qué hacer con la bolsa de papel cuando vengan las ganas de vomitar y qué botón del paracaídas espichar en el momento en que fallen las turbinas—, tal vez si nos dijeran, con un video institucional o con una sesión de mímica de los meseros, qué se debe hacer cuando a uno lo atropellen o cuando los camarones pasados logren su cometido, entonces no sólo aplaudiríamos sino que nos abrazaríamos a los demás transeúntes en la otra acera y a los comensales de la mesa de al lado. En un par de meses todos seríamos amigos. Está bien tenerle pánico a los aviones. Porque son grandes y pesados y vuelan. Porque a veces, muchas veces, se caen. Porque la comida es fea e incómoda y los de adelante roncan, y porque de pronto sale un tipo muy sonriente y pregunta, de puesto en puesto, “¿desea algo de duty free?”, pero no me parece normal agradecerle al piloto, con un aplauso, que nos haya traído sanos y salvos a la tierra. Sobre todo, porque hay que odiar a los aviones como se odia al mundo, porque desde que uno entra, por los amplios pasillos de la primera clase, y descubre, ante los forros de cuero, las copas de champaña y la atención personalizada, que ha comenzado a padecer un honorable resentimiento social —uno allá atrás, detrás de la cortina, con todos los demás, con las piernas dormidas, sin zapatos, al lado de un colombiano con la camisa abierta y el olor a aguardiente y los chistes de “había un gringo, un japonés y un paisa” a flor de labios—, se hace más que evidente que los vuelos internacionales están estructurados como todo: los de adelante se encuentran y se dicen “el mundo es un pañuelo, ¿cierto?”, y no aplauden porque les parece ridículo, y los de atrás, el resto, confesamos que nos hacía falta la comida por el guiso y la gente porque el resto del mundo es muy frío. Y aplaudimos. Sí, claro, si el avión se cayera todos moriríamos. Y caeríamos sobre los que sobran, sobre los que ni siquiera conocen un avión. Pero bueno: por ahora el avión aterriza y yo pienso que de verdad, así como hay algunos que sí se ríen porque entienden los chistes y no porque hayan oído las risas de los demás, así como hay otros que hacen la ola porque se sienten fuera de sí mismos en el estadio, así, de la misma manera, aún queda en el mundo gente que vive feliz y gente que no quiere morirse, y otros que, como yo, que no entiendo nada, los acompañamos toda la vida, y los vemos muy, pero muy de cerca, como si ellos fueran los seres extraños y tuviéramos que preguntarles su secreto.

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