Yo siempre, desde que entendí las reglas del fútbol, he sido hincha de Millonarios. Es el equipo de mi papá, el equipo de mi hermano, el equipo de todas las personas de bien que conozco. No vi -¿cómo podría?- a los grandes futbolistas argentinos de la tal época de 'El Dorado', no oí nunca al locutor Carlos Arturo Rueda hablar de "el ballet azul" ni vi jamás al mediocampista Delio 'Maravilla' Gamboa o al actor Willington Ortiz con el uniforme de cada fecha, pero sí llegué, en mi fanatismo por el grupo de jugadores que me correspondió cuando tenía 12, 13, 14 años, a extremos tales como (uno) comprar el casete oficial del club (recuerdo los primeros versos del himno: "Millonarios cumplamos la cita / que es la nuestra una cita de honor") dispuesto a oír aquella canción tropical de la victoria, (dos) colgar un horrible afiche de 1984 en la pared más larga de mi habitación antes de reírme a carcajadas de la rutinaria desgracia del Santa Fe, (tres) abstraer los rumores sobre sueldos pagados por el narcotráfico mientras pintaba ese increíble escudo de tres picos en mis inútiles cuadernos de inglés, (cuatro) ir dos veces por semana al estadio durante el inolvidable final de los 80 y (cinco) rezar, con mi camiseta número 15, para que le ganáramos a la selección Colombia en un extraño partido amistoso.
Así que tengo cierta autoridad para sentir esta nostalgia. Así que no tiene nada de malo que, como un fanático viejo antes de tiempo, en este momento me hagan falta las carreras de Arnoldo 'El Guajiro' Iguarán, los tiros libres de Silvano Espíndola o la rabia emocionante de Mario Vanemerak. Y está bien que me niegue a seguir los resultados, a ver los goles, a aplaudir las jugadas de este decadente Millonarios en quiebra -el de este nuevo campeonato- que nadie quiere rescatar del último fracaso. Yo sé que los pobres jugadores no tienen la culpa. Sé que 'pobres' no es un adjetivo compasivo sino una realidad innegable (una realidad que parece un chiste pesado: el club deportivo que no paga se llama "Los millonarios") y que este no es el único equipo colombiano que ha entrado en estado de coma. Pero, si se trata de ser sinceros, no quiero volver al estadio. No estoy dispuesto a abrazarme con desconocidos bajo la mirada de peligrosas milicias futboleras que esperan al tipo que grita "tinto, tinto, tinto". No, no quiero que ningún partido más vuelva a hacerme sentir en la mitad de una corrida de toros: un espectáculo deprimente en el que un animal herido de muerte, un animal como usted o como yo, hace lo que puede para recobrar su aliento mientras una muchedumbre informe grita "ole".
Pero hay algo peor: desde la barrera, desde mi asiento de espectador de estas eliminatorias vergonzosas, de esa Copa América de segunda, de aquellos calculados mundiales de madrugada definidos por penaltis, tengo la impresión de que el fútbol es un deporte en vías de extinción. Creo que seguirá siendo un buen pretexto para los hacedores de dinero, para los apostadores (¿no se ha dedicado Maturana a entrenar a un caballo de carreras?) y para esa gente que de otra manera no conseguiría deshacerse de su violencia de fondo. Y sin embargo estoy convencido de que los partidos profesionales, en todos los campos del mundo, cada vez serán más aburridos. ¿Por qué? Porque el dinero sepulta, corrompe, transforma en mafia todo lo que toca. Y cuando hay montañas de dinero de por medio, nadie se atreve a dar un paso que no haya sido convenido.
O bueno, no, "nadie" es una tribuna gigantesca. La verdad es que nosotros, los hinchas sedentarios, no recibimos ni un solo peso: podemos seguir siendo fanáticos de un Millonarios infantil, abstracto, irreal, que se parezca más a un equipo que cumple sus citas que a un país saqueado por todos.

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