Es imposible trabajar en una oficina. Los cubículos, los baños compartidos, los almuerzos de afán: todo está diseñado para que, tarde o temprano, se creen los mismos vínculos que se crean en las cárceles. Dios, dicen las escrituras, creó el trabajo como castigo: inventó los horarios desalmados, los jefes con los pies sobre el escritorio, las corbatas que ahorcan poco a poco. Pero, arrepentido, nos dio la opción de hacernos los que trabajamos. Sí, ir a la oficina es como estar en la cárcel en días hábiles. Y quienes lo viven al tiempo, quienes soportan los mismos regaños y los mismos desayunos, tarde o temprano se convierten en hermanos. No, no todos los hermanos se quieren -los primeros de nuestra historia, Caín y Abel, se enviarían virus por e-mail si volvieran a vivir en la Tierra-, pero todos, sin excepción, comparten los recuerdos. La vida interviene cuando se trabaja dentro de una habitación con otra persona: esa es la idea.
El calor que se transmite por las paredes, por los computadores encendidos, por los bombillos sobre las cabezas, crea una atmósfera de verano que enloquece a cualquiera: los funcionarios de gafas, que han hecho del asentir toda una forma de ser, un día amanecen con deseos de atacar a sus vecinos de escritorio con la engrapadora comunal; los dos que al principio se odiaban comienzan a tener fantasías eróticas, el uno con la otra y viceversa, en las que se fotocopian y se empastan cuando los demás han regresado a sus casas; los aniversarios redondos de la empresa, los cumpleaños de los mensajeros, los días de las brujas, los juegos del amigo secreto y las novenas de aguinaldos adquieren proporciones épicas: terminan en borracheras fatales, promesas imposibles de cumplir y borrosos acosos sexuales. Al otro día, sin falta, los protagonistas marcan sus respectivas extensiones. Y después cuelgan.
Se pierden las perspectivas cuando se trabaja dentro de una oficina: se le envían mensajes electrónicos al tipo de la oficina de al lado, se juegan a muerte los partidos de micro de los domingos, se dedican los últimos minutos de la mañana a decirle "chito que ahí viene" y "sí, doctor: el pedido estaría listo para septiembre" a las personas nobles que nos llaman por teléfono. Trabajar en una compañía es, quién podría negarlo, una de las farsas más conmovedoras a las que podemos asistir. Quien visita una oficina lo sabe: entrar en ella equivale a conocer a una familia que sonríe a diestra y siniestra, como cualquier familia que se respete, para que el inocente visitante no descubra las locuras que están ocurriendo en aquel lugar. Cuando se abre el ascensor de cada piso, un vigilante grita "a sus puestos" y entonces cada uno vuelve a su cubículo y finge que, aunque está ocupadísimo, aún tiene tiempo para una sonrisa.
La secretarias, se sabe, son las únicas que trabajan. Y se toman el poder, día por día, como manos derechas de emperadores. Conocen los peores secretos de cada ser humano, como padres confesores que preguntan "¿qué se le ofrece?" en vez de indagar por pecados novedosos, pero prefieren callarlos porque entienden que ese mundo sólo ocurre de lunes a viernes. Los fines se semana -esta es una exclusiva- los escritorios vacíos, las fotos de nuestras vacaciones, los tarritos llenos de esferos, los clips de colores brillantes, las tres llamadas sin responder, las dos impresoras dañadas, los memorandos acumulados y las pobres grecas plateadas los extrañan a todos, sin rangos ni sexos, como si se sintieran reducidos al papel de utilería en una triste obra de teatro. Saben de memoria que es imposible trabajar en una oficina. Pero han aprendido, con el uso y el desgaste, que todos merecemos nuestro sueldo.

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