El año comienza en febrero, cuando nos damos cuenta de que todo sigue igual. Todavía hay que trabajar duro, cuidarse de los virus y cortarse las uñas, y los amigos y los compañeros de oficina siguen siendo los mismos, con los mismos tics, las mismas muletillas y las mismas contradicciones sin resolver. Nada ha cambiado. La crisis económica avanza y uno siente que la relación con Equis o con Zeta está a punto de explotar. Otro año, otra vez. No le decimos a nadie, pero ya queremos llegar a la Semana Santa. El primero de febrero es triste. Semanas antes, durante la noche de Año Nuevo, damos abrazos porque por fin ha terminado el horror. Eso hago yo, por lo menos. No quemo muñecos, no, pero recuerdo canciones, cometo los últimos errores y cedo a una cantidad de conmovedores gestos simbólicos. Y no estoy solo. Es más común de lo que uno cree. El presidente de Colombia, por ejemplo, suele dar la vuelta a la manzana con una maleta a las 12 de la noche en punto: es, dicen, el único agüero que funciona en el país. Así es. Trato de sobreaguar gracias a la lógica y no creo en ponerme calzones amarillos ni en saltar sobre platones, pero a las 12 de la noche cedo y me como las 12 uvas con pepas y todo, porque entre todas las costumbres es la más digna y al final uno nunca sabe: qué tal que esas cosas sí funcionen. No, aún no me funcionan. Y creo que es porque siempre entro en pánico escénico. Hay que pedir 12 deseos, ¿cierto? Pues a mí sólo se me ocurren dos o tres y me siento mal porque son vergonzosos lugares comunes. No, no voy a confesarlos. El caso es que me bloqueo y al final de la celebración me siento peor. Ese es el punto. Eso es. Así es el día de mi cumpleaños, así es mi Navidad. Como si fueran la variable equis de una ecuación, las fechas importantes terminan siendo iguales a mi ánimo. Y siempre, pase lo que pase, porque no soy dicharachero ni simpaticón, cuando llega la noche me siento decepcionado con el resultado. No, no soy de ambiente. Cumplo años y sí, me dan regalos y me visitan, pero a alguien siempre se le olvida felicitarme y nadie se arrodilla y me besa los pies, que sería lo mínimo, y entonces, por la noche, cuando ya se han ido todos a sus casas, descubro que no me conocen bien porque, por Dios, ¿regalarme un saco fucsia pegado al cuerpo y el disco de Alberto Plaza? Navidad es peor. Voy de casa en casa y no, nadie queda contento con mi visita. Quizás es porque, como yo, le han pedido a ese día demasiado. O porque no pueden creer que todavía me dé risa la frase “padre putativo de Jesús”. El caso es que, aun con tantas celebraciones fallidas en nuestras hojas de vida, insistimos: el día de la paz, el de la raza, el de la secretaria. Todos fracasan, lo sabemos. Pero les entregamos nuestras esperanzas, les echamos la culpa de todo y los celebramos, uno por uno, por si acaso. Para no sentir que el tiempo está quieto y que no hemos aprendido mayor cosa. Porque nos morimos de la risa cuando oímos “mamá, ¿dónde están los juguetes…” y cuando nos imaginamos a los escoltas corriendo detrás del presidente alrededor de la Casa de Nariño. Sí, creemos en las grandes fechas. El 6 de enero, cuando vemos las calles de Bogotá vacías y soleadas, creemos que quizás sí ha comenzado una nueva etapa, pero después, el primero de febrero, nos rendimos. Como siempre, entran los colegios, comienza el fútbol y llegan los hampones y los premios. Otro año, otra vez. Caminamos con cuidado y quedamos atrapados en trancones. No, nada ha cambiado, nada cambia hasta el 30 de noviembre. Es entonces, durante el último día de noviembre, cuando nos convencemos de que el próximo año todo va estar mucho mejor. Es triste, sí, pero funciona.

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