En el futuro, cuando seamos viejos, toda la televisión que hemos visto en nuestra vida comenzará a afectarnos el cerebro. Ser televidentes va a costarnos caro, eso es seguro. Esas tardes después del colegio, llenas de telenovelas y de enfermizos programas infantiles, y estas noches pasando canales con la boca abierta, tienen que traer efectos secundarios. Traumas y pesadillas.
Y es que son las imágenes las que nos traumatizan, y alimentan, de paso, a los hijos de los sicólogos. Un pariente en la sala de urgencias, un suicida en el baño de su casa, la cabeza con acupuntura del demonio de Hellraiser: cualquier película de horror, cualquier cuadro imborrable del pasado puede aparecer en nuestro cerebro y hacernos sudar, o llorar, o matar en el bus, o en la calle, o en la ducha.
Y así, porque en la vida hemos pasado más tiempo con el televisor que con cualquier otro miembro de nuestra familia, vamos a lamentar esos domingos a las siete de la mañana, cuando nadie se había levantado, y nosotros, muy despiertos, veíamos al Batman y al Robin de los sesenta: ¿no nos dábamos cuenta de que eran solteros y vivían juntos y solos, y que eventualmente descendían por un tubo, trastornados y forrados en mallas, y salían por la noche a combatir a otros enfermos mentales?, ¿no captábamos que, no sin mala leche, Batman era presentado allí como el Papa de la noche?: ¿no tiene el Papa un papamóvil, no tiene un batimóvil Batman?, ¿no se llama la guarida del uno el Vaticano, y la del otro baticueva?, ¿no se llaman en verdad Bruno Díaz y Karol Woijtila?, ¿no desciende el último por el papatubo y aparece convertido en el líder de la iglesia Católica?

Entonces no lo notábamos. Es a esta edad, ahora que hay que trabajar y resistir, cuando entendemos que Superman usa el calzoncillo por fuera. Es hoy cuando caemos en la cuenta de que Papá Pitufo, el único anciano de la tribu, los ha creado a todos varones, con la colita al aire, en una aldea de hongos, llena de música, armonía y felicidad. Sí, claro: está la Pitufina. Pero ella es sólo una forma de pronunciar mal una palabra.

No, no lo notábamos entonces, pero nuestra vejez, eso sí, va a ser horrible. Solos, con la mirada perdida, estaremos preguntándonos por qué el vecindario permitió que el chavo durmiera en un barril inmundo, por qué nunca le ofrecieron una almohada ni se dieron cuenta de que fingía la voz y tenía cuarenta y tantos años, por qué no notaron que la Chilindrina vivía con un hombre de su edad, con don Ramón, y que para legalizar semejante concubinato se maquillaba como si fuera una niña.

Va a ser horrible. La imagen de esos hombres y esas mujeres que, como pagando una culpa, o rindiéndole cuentas a la sociedad y a doña Gloria –“pero baile: si no baila no gana un peso”–, asumían el absurdo y la denigración y ponían el precio correcto mientras bailaban salsa, no va a abandonarnos nunca. Somos el drama de José Miel, la piña perolera y el tomate chonto, la terrible úlcera que pone verde a Hulk, el hombre increíble, y la cruz torcida de El minuto de Dios que, hombre, habrá que enderezarla algún día. Todo eso somos. Todo eso seremos. Por eso torturaremos a los hijos y a los nietos.

Yo no soy sicólogo, ni sociólogo, ni nada. Es sólo que llevo horas y horas pasando canales y que acabo de apagar el televisor. Son las dos de la mañana y aspiro a que por fin regrese el viernes. Y se me ha pasado por la cabeza que lo mejor es vender el aparato y rezar para que no tengamos pesadillas. O para que, si las tenemos, al menos valgan la pena. Que soñemos con demonios, como antes. Que no lloremos, jamás, porque, en la calle, o en el baño, o en la ducha del futuro, se nos aparezca la tuberculosa risa de pulgoso.

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