Si alguien lo invita a una comida, si alguien se atreve a recibirlo en la sala de su casa, recuerde a tiempo que el mundo ha cambiado. Las conversaciones de bienvenida ahora son negociaciones, los platos fuertes se han convertido en retos a su cosmopolitismo, las sobremesas tienen algo de caminata por la cuerda floja. En una sola frase: los modales de hoy no son los mismos de hace unos años. Lo ideal sería redactar, antes de que los problemas se agraven, antes de que llegue otra última cena, un manual de urbanidad para estos días de celulares, de e-mails, de multinacionales disfrazadas de gobiernos. Pero no, no hay tiempo, nadie tiene ni un minuto para hacerlo. Usted, por lo pronto, ha sido invitado a un banquete en el apartamento de la misteriosa familia Ye. Es esta noche. Ya. Cuando aceptó la invitación ("allá estaremos", dijo) no imaginó que unas horas antes entraría en pánico escénico. Que necesitaría, como se necesita un paraguas, una breve guía para comportarse. Una serie de consejos.
Así que báñese. Vístase. Responda todos sus correos electrónicos, sin excusas tipo "el servidor está fallando", sin perezas tipo "esto podría hablarse en vivo", hasta que lo único que le quede por decirle a su corresponsal sea "un abrazo". Apague los programas que no lo dejan concentrarse durante el día: el Skype, el Messenger, el Soulseek en el que se ha hecho novio de una coreana sesentona que se hace pasar por un danés que trabaja en una ONG. Dé vueltas por su apartamento para fortalecerse antes de dar el paso a la salida. Piense "algún día volveré". Y salga a la calle a tomar el taxi que ha pedido por teléfono. Solo conteste su celular cuando no interrumpa la conversación que esté sosteniendo a través del espejo retrovisor. Lo ideal sería que no lo contestara más, claro, lo ideal sería que no se muriera de la risa con los mensajes de texto que le llegan, pero usted es un adicto al aparato, usted no se acuerda cómo hacía la gente cuando no existían celulares. Así que úselo. Trate de no perderlo.
Llegue una hora tarde a la comida: de lo contrario dará la impresión de que quería salir rápido de eso. Los anfitriones perderán la paciencia, mirarán el reloj, se asomarán a la ventana durante 60 larguísimos minutos ("¿tú les dijiste a las nueve?"), pero sonreirán cuando lo vean en la entrada pidiendo disculpas por la demora. Salude. Haga un chiste inocente. Siéntese en el lugar indicado. Tenga mucho cuidado: no se queje de la reelección ni hable mal del gobierno, ni insinúe que usted tiene opiniones propias sobre lo que está sucediendo: es de mal gusto tener ideas diferentes, es de mala fe poner a los dueños de casa a decir que no les parece tan grave lo que está pasando, es de mala educación, si no extremadamente peligroso, reconocer que no se va a votar por El Innombrable. Mejor tómese su vino. Trate de atrapar los makis o los nigiris con los palitos esos. Hable mal de El código da Vinci. Comente una película que nadie más se haya visto. Y cómase su postre como si fuera el mejor que se ha comido en la vida.
Y en la sobremesa, cuando no pueda más, cuando sus nervios sean síntomas de su horrendo complejo de culpa, suélteles a todos la verdad: que está muerto de miedo, que suda frío cuando piensa en los cuatro años que vienen, que no quiere ser pesimista ni mamerto ni injusto en sus apreciaciones pero que le teme al poder absoluto de Aquel Que No Debe Nombrarse, que se imagina atrapado en un mundo en el que se debe gritar "adelante, presidente" con la mano en el corazón, que tiembla (eso le enseñó El código da Vinci: que siempre hay algo detrás) cuando piensa en toda la gente para la que la reelección debe ser un magnífico negocio, que ya no sabe qué decir ni cómo actuar ni qué leer, que ha pensado cambiar de celular, de e-mail, de apartamento, y que reza cada noche para que todo ese discurso paranoico no sea más que un discurso paranoico. Los anfitriones, resignados, solo atinarán a decirle "el mundo nunca se acaba". Y le darán unas palmadas en la espalda en el camino de salida.
Se verá solo en la calle, sin paraguas, a merced de esta llovizna que no quiere parar. Se habrá quedado sin modales, sí, pero tendrá en paz su conciencia.
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