Lo peor de la universidad, creo, es que todos sienten que tienen que decir todo lo que piensan. Y, peor aún, que sienten que todo lo que piensan es muy interesante. Los típicos universitarios son aquellos personajes que, en vez de dejar en paz a sus hermanos menores, reivindican 'la otredad', 'la hibridación' y 'el multiculturalismo'. Son esos seres que no se quejan de la baja autoestima de los colombianos sino de 'nuestra maldita tendencia a la periferia'. Son esos tipos que se ríen con astucia en las escenas cursis de las comedias románticas, esos que protestan por el estado del planeta cuando vuelven de vacaciones de mitad de año, esos que, una vez cancelada la matrícula, descubren que el problema del país 'es una elite que le ha dado la espalda al pueblo'.

No se puede odiar a la gente del colegio: lo sabemos. Pero a la de la universidad se le puede guardar, sin ningún problema de conciencia, un poquito de rencor: ahí están las señoras de bigote que complican a más no poder, con firmas y con sellos, los trámites de ingreso; los profesores que enredan a las alumnas con 'nuevas lecturas' de las ciudades y con teorías de fondo, robadas de algún libro de otro tiempo, sobre las causas de todos los efectos; los profesores de planta que tarde o temprano hablan mal de los valientes profesores de cátedra y que poco a poco, a fuerza de dar por siempre y para siempre la misma clase, se convierten en animales asustados que defienden su territorio; los compañeros de curso que no encuentran traducción para ciertas palabras en inglés y que tienen 'algo que agregar a lo que acabas de decir' pero que al final del semestre no han entregado a tiempo ninguno de los trabajos.

Los universitarios que se sienten universitarios son detestables por definición, no hay duda, pero tampoco es fácil detestarlos (hay algo de ternura en esos seres enmariguanados que hablan de 'vivir la vida' en las tiendas de la esquina) porque pronto, como todos nosotros, se enfrentarán con el muro de las obligaciones, votarán por los candidatos equivocados y repetirán las frases de sus padres. Se les tiene cariño, a la larga, porque la universidad es un escenario y están interpretando sus papeles. Porque las ideas se quedan atrás, en los salones, y ellos se pierden en las metas y los resultados. Lo peor de la universidad es que los necesita, necesita prometerles el futuro, graduarlos e invitarlos a las reuniones de ex alumnos, para financiar las aguas aromáticas de cualquier oficina sin objeto.

Claro que hay excepciones. Por supuesto que hay rectores que llegan a la conclusión de que hay que gastar el presupuesto en los profesores y que hay profesores de bien que le dedican sus vidas al pensamiento. Conozco a un par de maestros que no han tenido que irse a Europa para sentirse mejores y que no han tenido que leer todos los libros que existen para conservar su autoridad. He visto alumnas que se buscan a sí mismas en todas las páginas que leen y alumnos que no se enloquecen cuando comprenden que la mayoría de las investigaciones modifican el mundo cuando ya no estamos vivos. Sé de dos o tres mujeres que no se ponían pantalones apretados porque planeaban pasar los exámenes finales, sino porque habían comido más de la cuenta los grasientos palitos de queso de las cafeterías. Yo sé que hay excepciones.

Pero, ¿qué puedo hacer?, no puedo evitarlo. Cuando los veo me pregunto si tienen que hablar de "la u" cuando hablan de aquel infierno, si tienen que admirar las mismas películas de siempre y citar los mismos textos de los mismos pensadores, si no les da vergüenza copiar y pegar tantos trabajos. Que den la venia, digo yo. Que el día de sus grados den la venia mientras cae el telón y todos aplauden la pureza de su farsa.

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