Prender el radio es un modo efectivo para comprobar nuestras sospechas. Entre tantas: que vivimos bajo la dictadura de los resultados, que la ignorancia es el trofeo que perseguimos para salvarnos de nosotros mismos y que el mundo de hoy -el mundo en donde sentimos miedo y pasamos malas noches- queda debajo de los medios de comunicación como si fuera el verdadero infierno de estos días. Sí, claro, son demasiadas frases a un mismo tiempo: yo lo sé. Pero voy a dar los ejemplos que sean necesarios para que nos demos cuenta de que todos las hemos pronunciado, molestos, en algún momento de la vida. Si no es suficiente, si los párrafos que siguen no abren los puños de esas tres ideas, recomiendo sintonizar cualquiera de las emisoras gritonas que acorralan nuestros gustos.
Si digo "vivimos bajo la dictadura de los resultados" es porque las emisoras trasmiten las mismas canciones pegajosas, presentadas por las mismas voces afectadas, hasta que no nos es posible respirar y solo quedan unas seis estrofas en el universo. No me quejo de la música popular, no. No me parece mal que una canción nos guste a todos. No pretendo que esos programas dirigidos a colegialas, orientados por locutores cuarentones que no consiguen dejar atrás el Clean and Clear, se atrevan a presentar canciones de Leonard Cohen. Sé que no debo esperar que una empresa que vino al planeta a hacer dinero se arriesgue, en el esfuerzo por crear algo diferente, a perder esa audiencia que repite hostigantes comerciales como letanías diseñadas para lavar los cerebros. Pero nadie me puede pedir que no imagine un futuro en el que algunas estaciones de radio -al menos más de cinco- tengan la entereza de divulgar la música que no hemos oído. Que exista Britney Spears, digo yo. Que cante lo que quiera en el tono que quiera e incluso se tome el 90 por ciento de las ondas que nos llegan. Pero que exista algo más. Que lo demás (desde Sam Cooke hasta The Eels) tenga algún número en el dial.
Si digo "la ignorancia es el trofeo que perseguimos" es porque es fácil sintonizar voces radiales incapaces de dar la información correcta. Yo sólo descubro las mentiras que tienen que ver con ficciones -he anotado dos en estos días: "El graduado fue una de las películas más taquilleras de los años 80" y "Sábato era un tipo superfacho"-, pero estoy seguro de que los ingenieros, los médicos, los abogados podrían llenar un buzón gigantesco con las falsedades que salen al aire cada día. Y bueno: ese no es, ni siquiera, el problema que me preocupa. Me preocupa que a los locutores les parezca mejor, más puro, más honesto, más "ser así como soy y punto", no tener ni idea de lo que están diciendo. Me preocupa que les parezca más divertido, menos aburrido, no saber de qué están hablando. Y que respondan "y qué", con el mismo orgullo con el que lo hace tanta gente, cuando alguien descubre su ignorancia.
Si digo "el mundo de hoy es el infierno que queda debajo de los medios", para terminar, es porque cuando uno oye programas de radio siente, como un huerfanito en la vitrina de un restaurante, que los únicos que la están pasando bien son los presentadores; es porque las estaciones de radio, perdidas en el tiempo, creen que los clásicos de la música son siete canciones (yo, de tanto oírlas, odio las metáforas mantecosas de Dust in the Wind); es porque, en resumen, lo que vivimos no se parece en nada a lo que sintonizamos. Sí, claro, hay algo de injusticia en todo esto: yo lo sé. Yo sé que la radio no tiene la culpa. Sé que la radio es sólo otra forma de decir "el mundo". Y que alguien va a decirse "y qué" al final de esta columna. Pero quería volver a decir, de otra manera, que está bien no pensar como los otros. Y que hay que tener oídos para todo.

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