Del matrimonio nacieron cinco varones que criamos en una casa grande en Teusaquillo. Digamos que todo en nuestra unión fue normal hasta que en 1992 a Emmita le empezó a fallar la memoria. Que dónde están las llaves, que la libreta de teléfonos, que la cartera. Cosas normales, vainas que hasta a mí se me olvidan. El punto es que empezó a pasar con tanta frecuencia que creyó que le escondían todo. Fue entonces cuando comenzaron las peleas con la empleada por los objetos que se le refundían. Un buen día no encontró una plata y se agarró con la muchacha. Obviamente, lo que pensamos es que se la había robado y tuvimos que echarla. La plata apareció después en un cajón. Con el tiempo, la pérdida de memoria creció. Ya no solo eran objetos sino que olvidaba citas con personas o eventos importantes, hasta que llegó al extremo de no acordarse con certeza qué había dicho momentos antes, qué había hecho el día o la noche anterior o a preguntar con una insistencia rara cosas como la hora. También me confundió que se le dificultaba planear su día, se enredaba. No podía darle instrucciones claras a la empleada, no variaba el menú del almuerzo con la frecuencia de antes; detalles simples, pero que terminaron por alterar nuestra vida cotidiana.
Me dije, bueno, son achaques, bobadas, hasta que llegó el día de mi cumpleaños. Siempre me felicitaba apenas nos despertábamos y me tenía un detallito, algún recuerdo. Ese día pasó como uno más y yo me puse triste. Luego me di cuenta de que había dejado de leer. Era una gran lectora, pero parecía que ahora no se podía concentrar.
Todos estos cambios, en apariencia mínimos, me preocuparon y decidí consultar un médico. La llevé, le hicieron algunos exámenes neurosicológicos y fue entonces cuando le diagnosticaron Alzheimer.
Fue muy doloroso para mis hijos y para mí, no tanto para ella, que no comprendía la dimensión de su enfermedad. Tratamos de continuar nuestras vidas con normalidad, pero su condición avanzó cada día más. No encontraba las palabras correctas para expresarse, se perdía en las conversaciones. A veces salíamos en el carro y en un semáforo le daba porque se quería bajar. Yo no la dejaba y entonces se ponía furiosa, hasta me intentaba pegar. Eso me partía el alma.
También se fue de la casa dos veces sin avisar, gracias a Dios la encontramos en la esquina, y le daba por empacar las cosas de la casa en bolsas. Me decía que era para que todo estuviera listo para el trasteo. A la muchacha, que estuviera pendiente del camión de acarreos que ya venían por los muebles.
Por otro lado, perdió el interés, se volvió apática y poco afectiva, una sensación muy dura para mí. Por momentos me sentía viviendo con una extraña. A la hora de comer, apenas hablábamos. La memoria dejó de funcionar, ya no existía. Era raro, porque se acordaba de cosas muy lejanas o personas que hacía años no veíamos, sobre todo de un sobrino al que quería mucho, pero de lo más reciente no daba razón. Otro examen que le hicimos dictaminó que sufría de demencia senil.
La parte más difícil de todo esto fue cuando dejó de reconocernos. Cuando le hablaba me hacía cara de no entender quién era yo. Imagínese, cuarenta años juntos, toda la vida, cinco hijos, y que su mujer no lo reconozca. Eso es muy complicado.
Después, Emmita dejó de hablar. Se calló para siempre. Estaba ausente todo el tiempo. En la sala ocupaba su esquinita y ya, no se sentía en el día. Tuvimos que conseguirle una especie de enfermera para que la ayudara con las tareas más sencillas: vestirse, asearse. Finalmente, no podía caminar.
¿Cómo sobrellevé esto? Con una paciencia infinita, no dejándome alterar, comprendiendo que mi esposa no tenía conciencia de lo que hacía, de lo que le pasaba. No era culpa suya, de nadie, aunque fue muy difícil irla perdiendo poco a poco, viendo cómo se iba de mi vida, cómo se apagaba.

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