Es tan grande, que no alcanzo a apretar el botón send para contestar. Suena y suena y veo cómo en pantalla gigante aparece el nombre de Andrea Serna en el identificador. Qué ansiedad, qué querrá semejante hembra de mí. Sigue sonando y no alcanzo a contestar. Me despierto y el teléfono que está sonando es real. Su dueña es Andrea Serna, mi esposa, que está a mi lado profundamente dormida. En medio de mi somnolencia y de mi confusión contesto y digo: ¡Aló! Al otro lado de la línea se percibe la respiración de algún cretino que se ufana de haberse levantado el teléfono de Andrea Serna, riéndose con sus amigos borrachos. Después de unos segundos dice: ¿Por favor, Andrea? Yo pregunto quién es, con voz de varón, tratando de marcar mi territorio, y ellos, después de una carcajada, cuelgan. Me volteo y veo a mi esposa completamente dormida. Estoy traumatizado y me dejan muy despierto pensando en estupideces, como qué ha pasado conmigo desde que me casé con una mujer famosa.
Para empezar, cuando la conocí en un congreso de publicidad, ni yo mismo creía que me la había levantado. Mis amigos me prevenían. Podría haber sido un romance de verano, pero no. Ambos buscamos la excusa para volver a vernos: me pidió que le rescatara su cargador en el hotel y se lo traje a Bogotá. Nos fue tan bien que la cosa siguió con matrimonio.
Ahí perdí mi identidad completamente. Desde que dije las palabras, "sí, acepto", dejé de ser Frank, para convertirme en el esposo de Andrea Serna. "Sí, claro, siga, siéntese al lado del esposo de Andrea Serna" o "cómo está, habla con Frank Scheuermann, ¿se acuerda de mí?. No. Yo soy el esposo de Andrea Serna. Ahhhhh, claro, qué más.". Cuando uno ya es identificado como el esposo de Andrea Serna se convierte en blanco de todo tipo de comentarios peyorativos, malintencionados y envidiosos. Yo también comenté alguna vez con mis amigos: el novio o esposo de una mamacita siempre es un güevón. Uno siempre se pregunta qué le ve esa nena a ese enano o a ese man tan feo, flaco, desgarbado, barroso o gordo. En eso me he convertido yo. Y claro: cuando va a ver, sí, está gordito y desgarbado. Entonces, toca empezar la maldita dieta, la compradera de ropa y la fabulosa ida al gimnasio. Llegué a pagarlo, pero nunca he ido. Mañana empiezo, seguro. Por la época anterior al matrimonio, había algunas personas a quienes no les parecía tan gordito ni tan desgarbado. Eso sí: mal vestido, porque siempre me decían que me iban a "facilitar el vestuario", ¡¿ah?! De repente me empezaron a llamar de toda clase de medios para hacer aparición en sus espacios. Me había convertido en el más papi y codiciado por la prensa. ¡Mentiras! Estaba apunto de casarme con Andrea. Me tocó inventarme viajes y excusas, y entonces empecé a ser también el odioso, el mentiroso, el antipático. ¡Qué jartera! Finalmente accedí a hacer la portada de una revista con ella. Supe después que era el primer hombre que aparecía ahí y, pa´ colmo, con corbatica rosada. Casi no me la montaron en la oficina -perdón: me la montan. Después la cosa se calmó. De todos modos, como buen marido, la acompaño a sus apariciones en público, a sus grabaciones por fuera del set o a sus sesiones de fotos, en donde usualmente me hago a un lado y trato de pasar desapercibido. Es aquí cuando se empiezan a oír los comentarios de los curiosos. Que está buenísima, que ese escote, que se ve mejor o peor en TV, que tan flaquita, que está como pa´ por la noche, en fin: cosas que en realidad no sé si me gusta oír, así que simplemente me doy la vuelta y pienso en lo afortunado que soy.
Por lo demás, es como ser la pareja de cualquier mujer especial, que cocina unos espaguetis con salmón deliciosos, que cuando se trata de celebrar se emparranda con toda, que es tan vanidosa como cualquiera, que se levanta con algo de mal humor y que trabaja duro. A veces implica sentirse un poco fuera de lugar, hacerse a un lado y esperar a que firme un autógrafo, recibir con frescura los piropos y las miradas que inevitablemente le echan en la calle -que, por fortuna, siempre han sido decentes- y extrañarla mientras aparece en el televisor, hasta que entra la real por la puerta, rendida. Pero no solo eso. Es más: lo que acabo de contar que no tiene mucha importancia y hace la relación más divertida. Vivir al lado de Andrea significa también recibir el cariño constante de la gente, recibir regalos todos los días, capar una que otra fila larguísima, tener mesa en donde todo está lleno, que los niños piensen que tenemos un avión propio, que mis suegros y mis padres saquen pecho mientras ven el noticiero, que YO saque pecho y pueda chicanear con mis amigos, que a nuestro sobrino no le crean que su tía se llama Andrea Serna, que a mí no me crean que mi esposa se llama Andrea Serna y lo mejor, después de pensar en todo esto, es que puedo dormir tranquilo y arruncharme con esa mujer de la que muchos hablan y a la que solo yo aprieto.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.