Pero compartir cobijas y comedor con las dos, es un honor que cuesta. Y creo que soy el único colombiano que se da el lujo de convivir con dos hembritas: la de la derecha y la de la izquierda.
La de la izquierda se llama Marisoleth Ojeda, 26 años, oriunda de Hatonuevo, en el departamento de la Guajira. A ella la conocí en el colegio hace ya 17 años y con ella vivo hace 13. Me ayuda con una microempresa de almojábanas (las mejores del mundo) que tengo en el corregimiento de Cuestecitas, al sur de la Guajira, donde nací hace 30 años. De los 8 hijos que tengo, 4 son de Marisoleth. Los otros cuatro son de Rosalía Ellis, de Maicao, 33 años, licenciada en preescolar: la derecha (porque duerme a mi derecha, agüeros de nosotros los guajiros). A ella la conocí en un baile hace 7 años. Fue amor a primera vista. Dice que la mató mi "mirada endiablada" desde el primer momento en que la invité a bailar champeta: morenita, noblecita, churca, mi Rosalía, con unas caderas ardientes que me dejaron fuera de base. Me enamoré de ella.
Bueno, no podía quedarme callado. En mi tierra se respeta la palabra. El que no la cumple corre con el riesgo de ser hombre muerto. Además, las guajiras se la huelen todas. De modo que me armé de valor y a los ocho días le conté a Marisoleth que había conocido otra muchacha, que me gustaba y que terminé acostándome con ella: la pura verdad. Quién dijo miedo, eso fue como haberle metido candela al rancho, pero después se me fue ablandando. Es que cuando uno anda con la verdad las cosas salen derechitas.
Entonces me dijo que quería conocer a "esa otra", que qué era lo que me había dado ella para que me hubiera dejado enloquecer de buenas a primeras. Cuadramos la cosa. La cita se produjo una noche en mi propia casa. Allí llegó Rosalía bien vestidita y perfumada. Se echaron ojo. Hubo un silencio largo, pero yo rompí el hielo como se acostumbra hacer en la costa: una botella de whisky y el 'picó' (columna de sonido) sonando como Dios manda. ¡Y que viva Diomedes! Esa noche nos tomamos nuestros buenos tragos. Charlaron y charlaron, al principio muy frías y, lo que hace el licor, terminaron cayéndose bien. Yo parecía un pavo real de lo contento, no me cambiaba por nadie. Esa noche, los tres hicimos un pacto que después de 7 años de estar conviviendo hemos respetado al pie de la letra: que yo iba a ser para las dos y para nadie más. Y así se ha cumplido. Desde ahí, duermo con ambas. Se preguntarán cómo hago para atenderlas en los asuntos de sábanas. Muy sencillo. Aplicando la sana democracia: una noche con una, una noche con la otra. Sin tríos, no nos gusta, primero por higiene; segundo, porque a ellas les parece incómodo. Por eso cuando estoy con Rosalía, Marisoleth se va a ver televisión o sale al patio a tomar un baño de luna. Lo mismo pasa cuando estoy a Marisoleth: Rosalía se pone a planchar o a alistar lo de los muchachos para el día siguiente.
Entre ellas no existen los celos, ni las peleas, ni los rencores; ninguna clase de revanchismos. Por el contrario, se ayudan mutuamente. Tienen unas reglas, eso sí. Y siempre se respetan. Por ejemplo: no se prestan la ropa ni el cepillo del cabello; menos el de los dientes. Hay días en que Marisoleth ayuda a arreglar a Rosalía. O viceversa. La idea es que se pongan bien bonitas para su hombre, que las adora por igual. Incluso, la solidaridad entre las dos ha llegado a que Marisoleth en dos oportunidades haya atendido los partos de su compañera. Claro, Marisoleth es la del carácter, la líder. Marca su territorio por haber sido la primera. Eso lo tiene muy claro Rosalía, que es más formalita y dócil en estos asuntos de la convivencia. Los hijos saben que tienen dos mamás. Que a cada una de ellas se les acatan las órdenes y se les respeta. Yo por eso vivo como un príncipe. Tengo dos mujeres que me ayudan y me aman, me crían mis hijos y me colaboran en todo. Y eso es como haberse ganado la lotería. Ante los ojos del mundo exterior soy eso que llaman polígamo. Y me pregunto: ¿cuántos hombres tienen más de dos o tres mujeres y a escondidas? ¿Cómo viven sus esposas ese tormento de verse y sentirse engañadas? Conmigo no va eso. Primero, la sinceridad. Para las familias de mis 'señoras' (porque vivo arrejuntao) soy un tipo de señalar con el índice. Algo vergonzoso: envidia de la mala que me tendrán. Lo cierto es que vivo muy cómodo así y ellas saben en qué palo trepan, porque les gusta el macho sobrado de energía, pero además tierno y responsable como yo.

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