Me dijo luego en el carro: "Toda esa gente mirándome desde abajo de la calle y la ciudad chiquitica". Ese día el mundo estuvo a sus pies. Fue en la iglesia del 20 de Julio, el 2 de septiembre de 1978. Le puse el anillo, la besé frente al altar y bailamos el vals. En la fiesta le canté: Pequeño amor, pequeño y grande/ te dejo un barquito de papel para que viajes en él y trates de alcanzarme/ pequeño y grande amor.
No pudimos ir de luna de miel. Tenía que trabajar y terminar mi último año de bachillerato. Así se lo prometí a mi padre y así lo cumplí. Lo que sí hicimos fue irnos con toda la familia, en la buseta de un padrino, a las termales de Choachí.
Nuestra historia comenzó hace veintisiete años en el Siete de Agosto. Trabajábamos cerca. Ella como fileteadora de una galería deportiva, en donde el ciclista Gustavito Rincón. Yo, en pintura y reparación de autos. Cuando la vi, quedé impresionado. Todo me gustó. Todo: tenía una cara divina, era delgadita y sus pestañas eran larguísimas. Como dicen, me flechó. Iba con mi hermano mayor y le dije: "Esa chiquitica me gustó. ¡Me fascina!". Él se quedó asombrado, mirándome, y me preguntó cuál. Le dije: "Pues la que va allá, la de negro. ¿No la ve?".
Yo la perseguía todos los días hasta que nos encontramos y le di mi número telefónico. Esa noche no fui a estudiar esperando la llamada. A las nueve de la noche llamó y desde ahí empezamos a vernos.
Yo no era de esos novios que se paran en un portón. Hablé con sus papás y de ahí pa'ca empezamos una relación formal. En mi casa, aunque se sorprendieron un poco al verla tan bajita, solo mide 1,30 cm, la aceptaron y la han querido mucho, sobre todo mi papá, por lo detallista. A mi hermano le cayó bien cuando vio que era muy culta, educada, trabajadora y creyente.
Y sí, aunque Dios le quedó debiendo unos centímetros, vamos a misa todos los domingos y rezamos el rosario. Pero no somos aburridos. A Cristina le fascina bailar y tomar traguito. A mí me encantan los toros y la música clásica. De novios íbamos mucho a las novilladas de los pueblos. Había mucho baile y fiesta brava.
Ella era muy vanidosa, se peinaba en donde Norberto, usaba pantalones descaderados, se amarraba una pañoleta en la cabeza, se ponía gafas oscuras estilo años 70 y adoraba usar plataformas de unos 10 centímetros. Tuvo que dejar de usarlas por seguridad, pues en su segundo parto se engordó y podía caerse cuando alzaba a la niña. Se puso muy triste al verse más pequeñita, pero yo le dije: "Yo te quiero así y no voy a preocuparme por el qué dirá la gente .Te vas a cuidar y vas a dejar esos zapatos". Santo remedio.
Cristina es muy activa. La gente se asombraba de verla embarazada bajando escaleras tan rápido. Y eso que no la vieron jugando baloncesto de joven y ahora cocinando, limpiando, sacudiendo y alcanzando todo con unas escaleras que yo le construí. Trabajó hasta poco antes de cada una de las tres cesáreas que le hicieron.
Su primer parto fue tremendo. Casi se me va. Ella sabía que tenía que ser con cesárea por su baja estatura y que, de pronto, venía con acondroplasia, una forma de enanismo. Los médicos vivían pendientes de ella y todo salió bien. Nació Mónica, que, además de ser la más alta de nosotros con 1,80 cm, casi tan alta como los dos hermanos de Cristina, nos trajo la alegría de ser abuelos: tuvo a Liliana hace siete años. Luego vino Angie, que vive con su marido en los Estados Unidos y es profesional de la Universidad de los Andes, todo un orgullo. Después, aunque planificábamos con la T, quedó embarazada de un niño que venía grande. Lo perdió y nos dio durísimo, pero Dios nos recompensó con otra niña: Claudita. Ella sí nos salió chiquita, como su mamá, y muy inteligente. No baja del tercer puesto en su colegio, navega en internet y dice que va a estudiar sistemas. Es la más consentida. Con Juliana, que ya alcanzó a su abuelita, son uña y mugre. Las dos son las que más defienden a mi mujer cuando la gente se queda aterrada mirándola en los supermercados sin poder creer que alguien tan bajito tenga semejante familia tan alta.
Lidiar con eso da rabia. Cristina vivía insegura, tal vez por su estatura y era muy celosa. Me peleaba mucho y dejaba de hablarme. Pensaba que si me gustaba una mujer de talla alta, podía irme y dejarla sola con las niñas. Yo en cambio no soy celoso, me gusta que le digan piropos. Pero lo otro sí no. Cuando salimos a caminar por la séptima los ladrones se le lanzan. No para robarla, sino para tocarla. Yo les digo bravo: "¿Qué les pasa? ¿Por qué la cogen? "Es que nos trae suerte", dicen los muy descarados. Cristina se pone brava y Claudita le dice que no les pare bolas, que la gente es muy ignorante.
Cuando salimos a la calle hay otros problemas. Nada está hecho para ella. Subirse al bus es toda una odisea: le hacemos señas para que se orille y ella aproveche la altura del andén, pero hay unos desgraciados que no lo hacen y le toca arrodillarse en el estribo de la buseta y luego levantarse. Siempre debe pedir que le timbren y al bajarse se ha caído varias veces. La gente grita: "¡pare, pare que se cayó!". Todo eso la pone nerviosa. Por eso, me gusta acompañarla, para ayudarla si algo pasa, como ese día en Girardot cuando casi se me ahoga. Estaba en las escaleras de la piscina con Angie bebé, se resbaló y empezaron a tragar agua. Yo me boté tan pronto la escuché gritar y las cogí a las dos. Fue la segunda vez que casi se ahoga. La primera fue de niña y por eso nunca aprendió a nadar. Claudia sí sabe nadar, pues por la mala experiencia la metimos en cursos y con solo 13 años ya nada y monta en patines. La hemos educado para que no se sienta acomplejada y en el curso la quieren mucho. Lo único fue conseguirle colegio, pues no la querían recibir por chiquita.
Me duele y me da rabia que la gente las mire como algo raro. Por eso, fundamos con Carlos Dueñas la asociación Pequeños Gigantes, para convocar y ayudar a los pequeños. Ya contamos con más de 60 miembros y nuestra página es www.pequenosgigantes.8k.com. Que sean bajitos no significa que no sientan, se diviertan o sean activos, no son inválidos.
La gente se imaginará que el sexo entre los dos es distinto al de los demás. Se equivocan, hacemos el amor como cualquier pareja de esposos y Cristina dice que está muy satisfecha. Nuestra cama es grande y no nos gusta que nadie se siente sobre ella ni la tienda: es el lecho de la esposa y su marido, en donde pasa lo más íntimo.
Cristina va cada tres días a fisioterapia, pues sufre de desgastamiento de cadera, espalda y rodillas, un problema común en la gente con acondroplasia. Yo trabajo independiente, como interventor de obra. A eso de las 9 nos acostamos. Claudia se mete en nuestra cama y vemos televisión. Nos gusta salir los tres tomados de la mano, a espectáculos callejeros como los del Festival de Teatro. En agosto salimos Claudia, Cristina y yo a elevar cometa. El cielo estaba despejado y la pita en su máxima extensión. Pensé que 20 centímetros menos de altura no son nada en este mundo, pero ¡qué cosa si la gente les da importancia!

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