Eso pensaba yo. Seis meses, un tiempo muy largo si uno lo ve bien, porque de alguna manera teníamos nuestros encuentros. Me acuerdo de uno en la casa de sus papás. Se habían ido de viaje y María Camila y yo nos quedamos viendo una película hasta tarde. Antes de que se acabara nos empezamos a besar. Su respiración era tan fuerte que en un momento me asustó, pero cuando acaricié la parte interna de sus muslos reaccionó como si tuviera un mecanismo de alarma que se dispara. Fue una escena algo confusa, ella parándose y yo como en el aire, con unas ganas absurdas de quitarle la ropa.
El día en que tuvimos sexo por primera vez fue inevitable. Me explico: unos amigos nos invitaron a una finca en Tabio. La casa tenía un altillo lleno de acetatos de los papás del dueño. Subimos con una botella de whisky y pusimos música. A las dos horas alguien bajó por otra botella que fue despachada rápidamente. En el transcurso María Camila me empezó a dar besitos en el cuello, me paré al baño y al volver me estaba esperando en la escalera. Ahí, el beso fue largo e intenso y cuando puse mi mano sobre uno de esos pechos no me lo retiró ni se sobresaltó. Increíble. Entonces me tomó de la mano y nos fuimos directo a una de las habitaciones y entre cojines la desvestí. Hicimos el amor, pero a pesar de llevar a cabo lo que tanto había esperado, de tener sus nalgas firmes entre mis manos, al otro día me desperté con un muy mal sabor. Sentí algo así como si hubiera tirado con una muñeca inflable. Suena horrible, pero fue lo que me pasó por la cabeza. Aunque tenía mis tragos me di cuenta de que ella no había disfrutado para nada, que parecía sentir dolor más que placer, que María Camila estaba en otro lado.
Mi teoría fue que la cosa iba a terminar muy pronto, ella ya no estaba enamorada y menos después de semejante escena tan rara. Cuando la puse contra la pared trató de evadirse, pero fui tan vehemente que me dijo que no me iba a contar lo que le pasaba, pero que la esperara un mes. Si en un mes no se solucionaba el problema, me contaría todo. Obviamente mi paranoia se disparó: tenía un amante, iba a cortar con él, era tanta su culpa que no podía tener sexo conmigo, etc. Entonces, en un acto que traicionaba todos mis principios esculqué su cartera buscando pruebas de la infidelidad. Y mi curiosidad se vio saciada en parte: supe que María Camila tenía entre su agenda la tarjeta de un sexólogo. Un se-xó-lo-go. ¿Qué podía pasar?, ¿una enfermedad? El mes pasó y nada parecía haber cambiado. Saber qué sucedía con ella me estaba quitando el sueño, pero esperé a que abriera la boca. Finalmente cumplió su promesa y me confesó su secreto con rabia: era frígida. Desde hacia cinco años, después de una relación desastrosa que tuvo con un novio del colegio, no sentía nada cuando se acostaba con alguien. Antes de mí había salido con muchos tipos y había tenido sexo con todos y no tuvo un solo orgasmo. Había creído que si se enamoraba las cosas cambiarían, pero por lo visto no sucedió así. Estaba enamorada de mí pero su cuerpo seguía sin reaccionar. La confesión me hizo polvo. No supe qué decirle, solo la abracé, la consentí y le dije que no se preocupara, que debía haber una solución. No la había. Estaba en terapia hacía seis meses y no le había servido de nada.
Frígida. No lubrica o lubrica muy poco y eso complica sus orgasmos. No siente placer, eso explica que para ella tener sexo no sea una experiencia agradable. Eso me dijo un psicólogo. Por más que usted haga o deje de hacer es difícil que la cosa cambie. Si se somete a tratamiento, a psicoanálisis por ejemplo, la vaina puede llevar mucho tiempo. La mayoría de casos tienen que ver con relaciones traumáticas o con la inhibición del deseo por culpa de los padres o de la formación que recibió en el colegio. Para mí todo había quedado muy claro.
Después de ese día nuestra relación se fue enfriando poco a poco. Yo me mostré todo lo comprensivo que pude, pero eso solo le empezó a producir aversión, eso me dijo durante una pelea. Me decía que no quería mi compasión, ni mi piedad. Pronto llegó el día en que ni siquiera nos arrunchábamos. Ella evitaba cualquier contacto físico. Ya ni besos nos dábamos. Nuestro noviazgo se hizo insostenible y yo, por primera vez en mi vida, le terminé a una mujer. Por un tiempo me sentí miserable, como un macho incapaz de comprenderla, de ayudar a María Camila a sobreponerse. Después entendí que no estaba en mis manos.
Nos cruzamos un par de veces en fiestas , en asados de amigos comunes. Ella siempre iba con el mismo tipo y yo me preguntaba cómo hacía ese hombre para lidiar con un amor en el que el sexo no existía. Yo no pude.

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