Nosotros dos nos miramos rápidamente para que no se notara la complicidad. Ellos jamás se imaginaron que estábamos enamorados y que hasta dormíamos juntos. Ser la pareja de mi hermanastra fue una gran hazaña, sobre todo por la cantidad de apariencias que teníamos que cuidar.
La primera vez que vi a María Elisa tenía doce años. Mi mamá y su papá estaban casados hacía unos cuatro años, pero ella vivía con su mamá y no tenía contacto alguno con nosotros. Yo vivía con mis abuelos. Cuando María Elisa cumplió catorce años fue a vivir a la casa de mi mamá y mi padrastro. Yo, que tenía quince, pasaba todos los fines de semana allá. Desde el principio nos caímos bien, y nuestros papás lo celebraban. Nos arrunchábamos a ver televisión. Ellos pensaban que habíamos asimilado muy bien la "hermandad".
Supongo que todo empezó gracias a la cantidad de hormonas atoradas en nuestros cuerpos, porque de repente me encontré dándole un beso apasionado a la que durante unos meses cumplió el rol de hermana. Desde ese primer beso y durante más de un año, cada movimiento se nos convirtió en una estrategia para que nadie se enterara de nada. Entre semana, las horas más aptas para el amor eran entre las cuatro y las ocho, antes de que llegaran los papás. Lo primero que tuvimos que hacer fue revisar la rutina de la empleada. Sabíamos exactamente a qué hora planchaba y cuándo subía a aspirar. Aparte de eso nos tocó tener un tercer cómplice, que era el hermanito de María Elisa -nuestro hermanito. Tenía como doce años y algunas veces nos vio dándonos un pico, pero no pasaba de ahí, porque nos remordía la conciencia de estar corrompiéndolo. Por las noches yo me pasaba a su cama, o al revés. Eso sí: una vez hecha la vuelta tocaba devolverse a la cama propia, porque quedarse dormidos era lo más peligroso.
Los fines de semana, en cambio, éramos dueños y señores, pues muchas veces ellos se iban a la finca y nosotros decíamos que teníamos que estudiar y nos quedábamos en Bogotá. La relación era la de dos adolescentes tipo Romeo y Julieta, pero con casa propia. Era el desfogue del primer amor combinado con la vida de una pareja adulta: dormíamos, desayunábamos y hasta nos bañábamos juntos. Todo a escondidas, pero a nuestras anchas. Y claro: peleábamos como pareja, pero siempre tocaba disfrazar las peleas como si fueran de hermanos y nos aprovechábamos, por ejemplo, de que el otro no pudiera decir nada delante de los papás. "Me voy a una fiesta con Perencejito" -decía María Elisa retándome con la mirada. Yo me retorcía, pero no podía hacer nada. Además, parte de nuestro plan era salir con otras personas, para no despertar sospechas. Si el personaje era un posible contrincante, yo esperaba a María Elisa despierto y generalmente toda la angustia pasaba con un beso, porque a esas horas no podíamos hablar.
También nos íbamos a la finca con los papás. Allá sí que corríamos peligro y sí que se nos aceleraban las hormonas y las ganas estar juntos. Una vez nos metimos empelotos a la piscina a las diez de la noche mientras ellos hacían la comida a pocos metros. Otra vez fue tanta gente, que nos tocó dormir en el mismo cuarto con ellos. El espacio era mínimo y dispusieron dos camas contiguas separadas por treinta centímetros. Yo me hacía el que no me podía acomodar y tosía para ir corriendo la cama poco a poco hasta que quedaron juntas. En la casa también éramos descarados. Alguna vez, durante una fiesta, nosotros nos subimos al cuarto de ellos e hicimos hasta pa'vender.
Hasta que llegó el día. Mi mamá entró llorando a donde mis abuelitos. "Cómo me hiciste esto" -repetía medio ahogada. Mi padrastro nos había descubierto. Jamás dijo cómo ni por qué, pero de entrada le dijo a mi mamá: "Esto se acabó". Me quedé frío cuando me dijo "tú tienes algo con María Elisa". No lo negué, pero sentí rabia con mi padrastro. Que la cogiera conmigo o con ella. Yo era el villano, María Elisa era la virgen ultrajada si quería, pero ¿mi mamá? Lo enfrenté, pero él nunca se salió de casillas. Simplemente se separó de mi mamá. Lo paradójico era que seguíamos viéndonos. Ellos y nosotros. Pero la magia ya no era la misma, porque no había ese componente morboso de estar a escondidas y en peligro, ni tampoco convivíamos lo mismo. Fue como si nos cancelaran la mitad del amor -porque yo sentí amor. A los ocho meses María Elisa se fue a Londres. Cuando volvió un par de años más tarde, volvimos a vernos y salimos como tres meses (también a escondidas), pero no era tan emocionante y además habíamos crecido, ya no había tantas hormonas de por medio. Después, cuando nos encontrábamos en fiestas, la gente preguntaba "quién es esa vieja a la que saludó". Fue mi hermanastra, contestaba yo, aunque tal vez la mirada me delataba, porque en verdad fue mi primer amor.

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