Nosotros nos enamoramos, tenemos sexo, nos divertimos, nos peleamos y nos comunicamos de una manera diferente a como lo hacen un hombre y una mujer. El amor entre nosotros está más basado en la complicidad, la amistad y la lealtad que en la sumisión, la entrega y la fidelidad sexual. El sexo para nosotros, por ser hombres, es más animal, más funcional, muchas veces no va atado al amor, lo hacemos y punto; sin dejar huellas emocionales ni sentimientos de culpa. Por ser tan físicos, como ustedes, lo primero que miramos no son los ojos, ni las pestañas. Fíjese muy bien para dónde miramos o en qué punto, exactamente, congelamos la mirada, porque ninguno de nosotros resiste, sin delatarse, la presencia de un nalguiparado o de un frontal amplificado.
Mantenemos vivos el morbo y la pasión, gracias a que no jugamos al gallito fino y a la gallina sumisa, porque, en lugar de felicidad, nos hubiésemos ganado un divorcio dramatizado con gritos, cuernos y mechoneadas. El erotismo en nosotros se comporta como una montaña rusa: a ratos está arriba y cuando menos lo espera va para abajo. No crea que porque el amigo respinga el meñique o porque conoce todos los nombres de las 'mis colombias' uno tiene asegurado el 'rol' de musulmán (siempre encima). Así nos cueste reconocer, porque también sufrimos de machismo, la mayoría somos bisexuales; unos días de rueda y otros de pedal. Son muy pocos los que se pasan la vida toreando la misma faena. Ante los ojos de la sociedad, él puede parecer la mamá y yo el papá, pero en la intimidad la mamá se puede volver un superrambo y el papá, Paulina Rubio. Esta cambiadera de atrás para delante y de adelante para atrás ha sido la fórmula emocional para llegar a donde estamos. Muchas veces usted ve a ' la bestia ' enamorando a la bella y jamás se imagina que de golpe, 'toda dulzura y todo candor', puede transformarse en la fiera y poner al ogro a morder almohada. Casi todos nos rendimos, en un momento dado, ante los placeres del punto G: diez años ocultándolo y de pronto aparece el indicado, con los atributos apropiados y uno pierde el puesto de arriba. Y viceversa: toda una vida haciendo el papel de "Alicita en el país de las maravillas" y, sin pensarlo, un sentadero arrollador nos convierte de chitas en gorilas. Jamás me emborracharía 'a nalga suelta' en casa de 'mi Andi' o de mi amigo 'La Patrona', porque, así me juren que son 'las bobas del cuento', ese ciclón de testosterona que a veces llega sin avisar, me podría producir el famoso guayabo con ardor.
La obsesión de nuestros allegados es averiguar quién hace las veces de papá y quién de mamá. No pueden entender que aquí ninguno orina sentado, nadie quiere cambiar de sexo, ambos mojamos el bizcocho y ninguno duerme en baby doll. Más de uno está a la cacería de cualquier detallito que les ayude a descubrir quién de los dos es la señora; como rimel en las pestañas, exceso de semaneras o un adornito con encaje. Están convencidos de que no es sino cerrar el portón para que volemos a ponernos la minilicra y las 'puchecas' postizas. A pesar de haber salido del clóset hace más de cuarenta años y de vernos juntos por más de treinta, aún a estas fechas, casi todas las invitaciones nos llegan como Fulano de tal y señora. Nuestras bailoteadas en familia todavía siguen siendo con las solteronas de la fiesta, porque si bailamos pegaditos un bolero o una charanga, mi suegra tuerce la jeta, los maridos fruncen el sentadero, las liberadas blanquean los ojos, las celosas apercollan sus parejas y las santurronas sacan a empujones a sus hijos de la rumba. Y no falta el comentario: "Qué tan descarados, pero la peor es la suegra, que vive con ellos". Hasta en las reuniones de padres de familia nos tienen terror los héteros machistas. Ellos y sus esposas aún piensan que lo gay se contagia, se pega. Que con solo una agachadita frente a nosotros, el trasero de sus machos puede cambiar de oficio.
Nuestra relación es entre similares, entre personas que reaccionan de una forma afín a los estímulos, a la competencia y a la agresividad. Entre nosotros existen muchas analogías, como por ejemplo: miramos lo mismo y a los mismos; también gritamos por lo mismo; tenemos la misma relación con madrecita, de 'hoy muero por ti y mañana quiero ahorcarte'; disfrutamos el fútbol de la misma forma, no por el gol, sino por el cómo y el dónde a los jugadores se les arruga la pantaloneta y ahorramos muchísimo intercambiando modelitos, colgandejos, cremas y lociones. Pero lo mejor de este romance es que si un día uno no funciona, funciona el otro.

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