Un día, Marta Lucía mandó al aeropuerto a un señor a recogerme con mi nombre en un cartelito. Llegué en jeans y camiseta. Me le acerqué y le dije que era Álvaro Rincón. Dijo que no, que él esperaba a otro Álvaro Rincón, al esposo de la ministra Marta Lucía Ramírez. Le dije que era yo, pero insistió: yo espero a otro señor. Al fin me creyó, pero, en el carro, me miraba y me miraba.
Nunca he tenido chofer. No me gusta que estén alrededor mío: voy, entro y salgo, pero con el cargo de Marta Lucía me pusieron siete escoltas, de quienes me volví muy amigo. En este momento vino un cambio radical. Sabían a dónde iba, quiénes eran mis clientes, qué negocios hacía. Un día uno me dijo: "Doctor, no se le olvide que a las dos tiene dentistería". No sé cómo lo supo. Finalmente, uno se acostumbra.
Para ir a comer debíamos escoger media hora antes el restaurante y se iban con perros antiexplosivos a revisarlo. Por eso, en los quince meses de ministerio, solo salimos menos de diez veces a comer. A cine fuimos una vez. Entraron ocho hombres y se pararon en las esquinas del teatro. No sabíamos si pagar o no la boleta de los ocho. Era muy complicado y decidimos no volver.
Ella nunca tenía tiempo. Trabajaba el doble. Casi siempre se iba a las cinco de la mañana a visitar alguna guarnición militar. Siempre la acompañaba a desayunar, pues en el día era imposible hablarle. Nuestras conversaciones telefónicas eran de 30 segundos. Por televisión me enteraba de que había estado en Santa Marta, Barranquilla y Buenaventura. Almorzamos solo dos o tres veces y en el ministerio. Si llegaba antes de las 11 de la noche, la esperaba a comer, si no, lo hacía solo. Conversábamos sobre lo que había pasado y sobre nuestra hija, María Alejandra, pero nunca sobre temas de seguridad. A veces había llamadas rarísimas, en clave, gente que la llamaba a darle información. No me decía nada. Normalmente hasta la una de la mañana recibía llamadas y la primera era a las 5:30 de la mañana. El celular sonaba a todas horas y la entrevistaban a cada rato. Fue un cargo de una tensión terrible.
La mayoría de las reuniones de Marta Lucía eran secretas, pero sí tuve que ir a muchos desfiles y condecoraciones militares eternos, de dos a cuatro horas. No aprendí a marchar, pero una vez ella nos puso a marchar a mí y a María Alejandra, mientras practicaba. Nos reímos mucho. Casi todos los fines de semana la acompañaba a visitar a los soldados en distintos lugares del país. Fue muy enriquecedor, tomé fotos de paisajes que nunca había visto y conocí el sacrificio, entrega y amabilidad de nuestros soldados. Si se quedaba un fin de semana, trabajaba en la casa y yo la acompañaba diseñando mis proyectos.
Recibimos varias amenazas anónimas con información detallada de lo que hacía Marta Lucía, pero su grupo de seguridad nos protegía con gran eficiencia. Por sugerencia de ellos, enviamos a nuestra hija a vivir fuera del país. Realmente este fue el sacrificio más duro. Otro fue tener que irnos de la casa que yo construí en cercanías de la ciudad, en la que llevábamos 20 años, pues allí no nos podían proteger. Cuando Marta Lucía dejó el cargo, al igual que a otros ex ministros de defensa, le mantuvieron la seguridad, pero yo al otro día de su renuncia pasé de tener siete escoltas a coger un taxi solo.

Cuando ella se posesionó, me empezó a llamar gente que hacía años no veía. A la cuarta llamada, lo primero que les decía es que yo no daba citas con la ministra y hasta allí llegaba la conversación. Me llegaban hojas de vida como si tuviera una fábrica de empleos, les decía que no tenía cómo ayudarles, pero se molestaban, creyendo que era descortés.
Para evitar suspicacias tuve que alejarme de muchos amigos cuando me enteraba que tenían intereses con el ministerio. Una vez le dije a unos amigos que fuéramos a almorzar y me dijeron: "Salir con usted es peligrosísimo. ¿Por qué no pedimos sánduches?". No salía de mi asombro, cuando a los 15 minutos llegó el domicilio. Por anécdotas como esta, nos alejamos de la gente. Creyeron que los habíamos dejado de ver injustamente y muchos siguen sentidos.
A mí me hicieron tres investigaciones, ordenadas por sé quién, porque dizque tenía negociaciones con el gobierno. Estas duraban dos días, pues, obviamente, no encontraban nada. Un día me llamaron de Bell South a decirme que mi teléfono estaba intervenido. Yo no sabía si era cierto, quién era, ni qué estarían buscando, pero desde ese día no pude volver a hablar con tranquilidad, pues todo se podría malinterpretar. En el Congreso se inventaron que yo tenía un negocio de repuestos de avión en Miami y que por eso la ministra estaba trayendo unos Mirage usados de España. Lo que tenía era una pequeña oficina en Miami con unos amigos para empezar a construir allá. Luego nos pidieron disculpas, pero hoy todavía me encuentro molesto.
De política no pude volver a hablar. Pensaban que yo manejaba información interna, cuando nunca la tuve, y me tenía que cuidar mucho, pues estaban pendientes de lo que decía, no por mis ideas, sino para salir a decir que el esposo de la ministra dijo tal cosa y armar un lío.
Cuando Marta Lucía fue embajadora en Francia, los cócteles eran un ladrillazo, me levantaba para echarme agua en la cara. Las señoras de los embajadores hacen actividades sociales permanentemente, pero el esposo de una embajadora no cuadraba en este esquema. Los franceses no sabían si invitarme, ni cómo saludarme y tenían una palabra para llamar a la esposa del embajador, pero no para llamar al esposo de una embajadora. Nunca supe cómo me decían.
Me presentaban como el esposo de la ministra y llegaban invitaciones a "La Señora Ministra y esposo". Si nos miran como pareja, yo siempre seré el esposo de la ex ministra y ex embajadora. Esto no me molesta para nada, pues me siento muy orgulloso de lo que ella ha hecho en su carrera y por el país, y la apoyaré siempre en todo.
Aunque no lo crean, ninguno es dominante, siempre dialogamos y ella saca tiempo para que todo funcione como un relojito. Claro que yo manejo el control remoto y ella se molesta, por no poder ver tantas noticias como quisiera.
Ahora que estoy construyendo, le pido que nos quedemos en Colombia para no cerrar mi oficina, como lo hice cuando la nombraron de embajadora en Francia, de donde regresamos a los cuatro meses al Ministerio de Defensa. Sigo preparado para lo que venga, pues ella es impredecible. Hace unos días me dijo: "Estoy pensando en..." y le dije: "No quiero ni saberlo".

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