Yo lo hice y el sueño se volvió una pesadilla. La conocí en un bar de la Candelaria. Yo acababa de salir de un noviazgo en el que complacía a mi novia en todo para que se acostara conmigo, pero rara vez lo hacíamos y ella solo accedía para que no la molestara. Con ella todo fue distinto. Me abordó, dijo que la enloquecía mi olor y la forma en me subía las gafas cuando se me escurrían. Se tomó su martini en fondo blanco, me arrastró de la mano hasta el parqueadero y me empujó sobre el platón de una Luv. Ahí, sin importar que estuviera lloviznando y sin que yo supiera su nombre ni ella el mío, me hizo el amor. Tan pronto terminamos, se bajó la falda y nos montamos en su carro. Me dejó en mi casa y cuando le pedí su teléfono se rio, como quien dice "qué intenso". A mí me encantó la actitud. Un par de veces había tenido sexo casual, pero las mujeres siempre estaban buscando algo serio de alguna manera. Ella no. Parecía que nada le importaba. Lo que buscaba era sentir que tenía el poder, que ella era la que abandonaba a los hombres y no al revés.
Seguimos viéndonos. Aun una ninfómana se enamora de su presa. Me parecía de lujo que le gustara tanto el sexo, pero a veces, después de hacer el amor, notaba que se quedaba mirando el techo fijamente y que se le salían las lágrimas. "Sentimentalismos típicos de las mujeres", pensaba ingenuamente sin saber que a ella le remordía la conciencia.
Su apetito sexual era insaciable. Yo hacía ejercicios de respiración para durar más. Ella se subía sobre mí, me agarraba de las muñecas y me devoraba. Con intervalos de 5 minutos, lográbamos hacerlo hasta tres o cuatros veces seguidas. El arranque le daba en cualquier lugar. Una noche en pleno concierto de jazz metió su mano en mi pantalón. La intenté apartar pero insistía, así que decidí salir con ella al baño para terminar lo que había iniciado. Cosas así pasaron en un museo, en una sala de cine y hasta en un matrimonio. Hasta ahí me parecía una mujer "necia". Después empecé a ver que compraba revistas porno, tenía sexo virtual y cuando no la satisfacíamos, yo o los hombres que conocía en cualquier parte y de los que yo no tenía ni idea, se masturbaba. Desde su jefe hasta el mensajero pasaron por sus manos sin que yo supiera. Perdió el puesto varias veces. Durante esos seis meses bajé unos cinco kilos, mi cara se veía chupada y ella no parecía satisfecha. Empezó a desaparecer sin dar explicaciones y cuando llegaba la notaba deprimida. Al principio no entendía nada. Pero después de encontrar un librito verde en el que anotaba con rayitas el número de hombres con los que se acostaba, un cementerio de NN por los que lloraba, pero también por los que se sentía más hermosa y deseada, no me aguanté y le pregunté que si tenía sexo con más hombres. Me dijo que eso era parte de su intimidad y el tema quedó vetado. Pero yo quedé dudando.
Un día llegué a su casa y me recibió llorando, destrozada. Me pedía perdón, me repetía que me amaba, que era el único hombre con el que podía hacer el amor sin sentirse sucia. No entendía nada, hasta que me dijo literalemente que se había acostado con otro, con otros tipos. Me dijo que creía que sufría de una compulsión involuntaria por el sexo que no lograba controlar. Me dieron ganas de gritarle que lo que era era una puta, pero empezó a llorar y se metió al baño. Prendió la ducha. Se refregaba el cuerpo con estropajo como si quisiera arrancarse la piel. No aguantó más cargar con ese infierno sola y me lo contó todo, desde el principio. Que en la fiesta de quince de su prima, cuando tenía 13 años, se le había saltado por primera vez el tornillo. Que se había tomado un ponche y se había encerrado con dos chinos en un clóset. Siguieron más hombres, más rayitas. El resto fue del mismo calibre. Pepas, sexo en ascensores, en buses, aviones y salones de la universidad. Todo vacío y sin nombre. Yo era una especie de paréntesis en donde había logrado controlarse un poco.
Insistió en que me quedara. No dormimos. Cada uno se encerró en sus pensamientos y daba vueltas en la cama. Pensé en la posibilidad de que fuera mi culpa, por no satisfacerla. Intenté entenderla, perdonarla. Cuando logré dormirme, vi a a su jefe, a mi mejor amigo, al maldito celador y hasta a mi hermano en sus brazos. Soñé que era una especie de mantis religiosa. Iba devorando hombres y yo la veía desde abajo. Le gritaba y no me oía. Me paré a las cuatro de la mañana y la dejé tirada. Era imposible creer que se trataba de una enfermedad y no de una simple casquifloja.
Traté entonces de hacer lo mismo: me fui a un bar, coqueteé y estuve con otra vieja. Volví a su casa borracho. Le dije que quería entenderla, pero fracasé. Era inevitable pensar que era una puta. Le pedí que renunciara a su trabajo, como un intento ingenuo de evitar posibles encuentros sexuales. Aunque empezó a ir al siquiatra, yo me convertí en un monstruo celoso y paranoico. Desistí de controlarla tan pronto entendí que tarde o temprano un gesto, una mirada o un olor de cualquiera que viera en el ascensor sería suficiente para despertarle ese demonio sexual que la poseía.
Una noche, con unos tragos encima, le pregunté a un siquiatra muy amigo cómo podía uno distinguir a una ninfómana. Me dijo que la línea era tan delgada que tenía que analizarse cada caso. Le conté lo del libro, lo de las revistas, la intensidad con la que teníamos sexo y me dijo que muy posiblemente Mariana era ninfómana. Preferí terminar con esa relación tan enfermiza. Pero aprendí que la fidelidad va más allá de acostarse o no con otros. Se trata más de lealtad que de exclusividad sexual. Su corazón siempre me perteneció, pero su cuerpo y su cabeza le jugaban malas pasadas, qué le vamos a hacer. A lo mejor sigue yendo al siquiatra y ha logrado controlarse. Me siento como mal de no haber sido capaz de ayudarla. Pero si hubiéramos seguido, mi autoestima habría desaparecido por completo.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.