No habrá selección uruguaya en este Mundial 2006.
En el pecho, me duele.
En la cabeza, no.
Hace más de medio siglo que el Uruguay fue campeón del mundo, en el inmenso estadio de Maracaná. Desde entonces, traicionados por la realidad, buscamos consuelo en la memoria.
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El Bebe Coppola, de profesión peluquero, era también el director técnico del club de fútbol del pueblo de Nico Pérez. Esta era la orientación ideológica que él daba a sus jugadores:
-La pelota al suelo, los punteros bien abiertos y buena suerte, muchachos.
El Bebe Coppola no tuvo nada que ver con Maracaná. Pero fue como si lo estuvieran escuchando: así de simple, así de bien, jugaron los uruguayos en la final de 1950.
Más de medio siglo después, todo al revés: la pelota al cielo, no al suelo, jugamos al pelotazo y que Dios se apiade, y nuestros punteros, que antes eran los wingers, los alados, ya no vuelan por las orillas de la cancha y ahora parecen más bien zagueros o sonámbulos que deambulan por el centro de la cancha. Y la buena suerte no nos acompaña. Quién sabe. Será que no la merecemos.
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En aquella final de Maracaná, Uruguay cometió la mitad de las faltas que cometió Brasil.
Pero más de medio siglo después, abundan los uruguayos que dentro y fuera de la cancha confunden el coraje con las patadas y creen que la garra charrúa es otro nombre del crimen. No faltan los inflamados locutores y los hinchas rugientes que antes gritaban: métale, métale, y ahora mandan: mátelo, mátelo. Y hasta hay expertos comentaristas que elogian lo que llaman la falta bien hecha, que es el asesinato cometido cuando el árbitro está de espaldas.
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Maracaná había sido, en realidad, el comienzo del fin. A partir de allí, hemos ido de mal en peor.
Quizás algo tenga que ver la decadencia del fútbol con la crisis de la educación pública. Nuestros años dorados han quedado muy atrás: en la década del veinte fuimos dos veces campeones olímpicos, en 1930 ganamos el primer campeonato mundial y 1950 fue nuestro canto del cisne. Aquellos milagros parecían inexplicables, en un país de tan poquita gente; pero no. Desde principios de siglo, nuestra educación pública, laica y gratuita, había enseñado a sumar y a leer y había desarrollado los placeres del deporte en toda la población, sin divorciar la cabeza del cuerpo y sin distinguir pobres de ricos.
Un drama de identidad. Triste anda quien no se reconoce en la sombra que proyecta. Y entre las causas de nuestra desdicha futbolera, que es la gran desdicha nacional, hay que mencionar también la venta de gente.
Nuestro país se ha venido muy abajo. Exportamos mano de obra y también pie de obra. Los uruguayos, habitantes de un país deshabitado, estamos desparramados por el mundo. Nuestros jugadores también. Tenemos 248 futbolistas profesionales en 39 países. El fútbol es un deporte asociado, una creación colectiva, y no resulta nada fácil armar una selección nacional con jugadores que se conocen en el avión.
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De fútbol somos. El lenguaje cotidiano lo revela:
Quien elude su responsabilidad o desvía la atención, tira la pelota afuera;
para enfrentar una crisis, hay que parar la pelota o ponerse la pelota bajo el brazo;
quien hace algo bien, mete un gol, y si lo hace muy bien, un golazo;
quien da una respuesta justa, la pone cortita y al pie;
quien comete deslealtades ensucia el partido o embarra la cancha o pega de atrás;
quien se equivoca por poquito, pega en el palo;
una buena respuesta es una buena atajada;
quien se descoloca en la vida queda fuera de juego;
quien se equivoca feo se hace un gol en contra; los niños muy niños están empezando el partido y los viejos muy viejos juegan los descuentos; cuando la mujer echa de casa al marido infiel, le saca tarjeta roja.
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Tan es así, que el fútbol nos condena a nostalgia perpetua.
Los uruguayos no lo confesamos, pero en el fondo creemos que la patria se acabó en Maracaná. Desde 1950 para acá, no ha ocurrido ninguna gesta de veras memorable.
Y sin embargo, sí. Por no citar más que dos de las más recientes: el Uruguay, este país invisible, ha sido el único país del mundo que plebiscitó la privatización de las empresas del Estado, y doce años después fue el único país del mundo que plebiscitó la propiedad del agua.
Setenta y dos por ciento de la población votó contra la privatización, en 1992, y en el año 2004 sesenta y cuatro por ciento de la población se pronunció por la propiedad pública del agua.
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En el fondo, sospecho, el problema está en que todavía creemos en esta gran mentira impuesta como verdad universal, esta infame ley de nuestro tiempo que nos obliga a ganar para demostrar que tenemos el derecho de existir.
Pero nuestra mayor victoria de 1950 ocurrió después del 2 a 1 en Maracaná. Nuestro triunfo más alto encarnó en el gesto de Obdulio Varela, el capitán celeste, el caudillo del equipo. Al fin del partido, él huyó del hotel y del festejo. Y se fue a caminar y pasó la noche bebiendo en los bares de Río, callado la boca, de bar en bar, abrazado a los vencidos.

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