1- Javier Benavides, campesino, 52 años. Tirado en una cama del Hospital Departamental de Pasto, lleno de dolor y de esquirlas, conversa con el periodista Leonardo Castro. Es poco lo que Benavides ve de Castro: una mina que el Eln había prometido desactivar en su vereda le reventó el cuerpo.  De su cara queda muy poco; de su hijo Liben, 12 años, todavía menos. "No podía ver lo que estaba pasando, solo escuchaba el llanto de mis niños. Con mucho esfuerzo pude alcanzar a Liben, que no tenía sus piernas y quedó con el pecho abierto, pero sé que logré llegar donde unos vecinos. Él solo me decía: 'abrázame papá, no me dejes'". Liben lo dejó. Y dejó a otros ocho hermanos que verán de por vida a un padre que no los podrá ver jamás. A Javier, como a Liben, una mina le abrió el pecho y le arrancó el corazón.

2- Un puñado de niños wayuu, todos muy chicos como para saber lo que está pasando. Viven en Portete, una bahía natural guajira perfecta para sacar la droga. Los wayuu, que no trafican, estorban. Los paramilitares amenazan hasta que cumplen. Entran en la comunidad. Quieren saber dónde están los padres de los niños. La respuesta es obvia: pescando, pero para obtenerla torturan a los niños y asesinan a las mujeres y a los ancianos. A unos les arrancan un brazo, a otros una pierna; se les oye decir que es la mejor manera de marcarlos para saber quién es quién. A cuatro pequeños les prenden fuego. Caminando entre la sangre, se llevan a Diana y a Reina, de 13 años, y a otra niña de 11. Los paramilitares se van no sin antes recordarles que solo tienen 24 horas para enterrar a sus muertos. Cuando los pescadores vuelven, buscan a sus hijos; encuentran pedazos por todas partes. Docenas de familias wayuu corren a buscar refugio en Venezuela. Saben que los paramilitares siempre vuelven.

3- Martha Liliana Machín, campesina, 31 años. Salió de su casa, en zona rural de Palmira, Valle del Cauca, cargando a su hija Liliana, de 9 meses, y cargando otra vida en las entrañas. La de 31, la de 9 y el de 12 semanas se fueron en compañía de Tico, su perro. Siete días después, encontraron los cuerpos y a Tico cuidándolos, defendiéndolos de unos cerdos salvajes que querían comérselos. Martha Liliana pisó una mina que le arrancó un pie y le destrozó el otro. Intentó arrastrarse. Se desangró lentamente sin dejar de aferrarse a su bebé. Murió primero la de 31 años, luego el de 12 semanas y, más tarde, de hambre y frío, la de 9 meses. En años, meses y semanas se puede medir muy bien la crueldad de los colombianos.

4- Ramiro, César y Sebastián, paramilitares, menores de 15 años. En la plaza de mercado de Girardot, Cundinamarca, donde se ganan pocos pesos echándose muchos pesos en hombros, conocen a un hombre que les ofrece medio millón mensual por un trabajo sencillo. Acaban de venderle el alma a las autodefensas del Casanare. Martín Llanos es un nombre que les marcará la vida. Su entrenamiento básico termina en una finca con una escena donde son invitados especiales: sus jefes destazan a un muchacho que intentaba desertar. Grita mientras lo cortan vivo delante de ellos, y les dicen que si se les ocurre seguir el ejemplo les pasará lo mismo o les darán "pastillas 9 milímetros". En cualquier caso buscarán a sus familias y las picarán a cuchillo.

5- Adriana, guerrillera, 16 años. Entró a las Farc cuando tenía 14 y a los tres meses ya la tenía metida en la cama un hombre 30 años mayor. La obligaron a tomar unas pastillas de Cytotec y ahora mira el balde que tiene entre las piernas. Está lleno de sangre y hay algo medianamente parecido a un bebé flotando allí. Su hijo es un trozo de carne. Le dicen que apenas se recupere, como castigo por haber quedado embarazada, debe sembrar cuatro hectáreas de maíz. Semana cuenta su historia y la de muchas otras niñas que libran la guerra en el monte y en la cama. Son carne de cañón, y también carne para saciar el hambre de los guerrilleros. Ella y los que abusan de ella viven, cada uno a su modo, de derramar sangre.

6-  Ángela, guerrillera, 12 años. Su amiga Juanita ha caído en desgracia con los jefes de su grupo —las Farc— porque se dice que se mete en la cama de estos y aquellos. El comandante la llama, le pone un arma en la mano y le dice que mate a Juanita. A Ángela se le pasan por la mente los años que fueron amigas antes de entrar a la guerrilla y lo que han construido entre ellas. De su propia mente la saca el comandante con una última repetición de la orden. Juanita está parada al lado de una fosa que será su tumba. Ángela dispara. Falla. Dispara otra vez. Juanita ha dejado de serlo. Ángela recibe felicitaciones y una pala para que la entierre. Ángela les cuenta a los miembros de Human Rights Watch las palabras que le dijo el guerrillero cuando ella echaba las últimas paladas: "Lo hiciste muy bien. Vas a hacerlo muchas más veces y tendrás que aprender a no llorar".

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