La sudadera es frondia. Está íntimamente relacionada con el humor que sale del cuerpo de composición hiedroelectrolítica similar a la de la orina, por lo que bien hubiera podido tomar el nombre de los residuos que expulsa el riñón, en vez del que recibió por cuenta de las glándulas sudoríparas.
Muy mal se ve la gente que usa la sudadera para fines distintos a los de practicar el deporte o hacer ejercicio. Ir a misa, al supermercado, o de visita, tapado (que no vestido) de sudadera, es un despropósito. Los hombres se ven como los toreros, con las pilas al aire, y las mujeres como si se acabaran de levantar, es decir, sin bañarse. El perfume y la laca no neutralizan la mala impresión que deja el disfraz.
Imagínense ustedes por un momento lo que hubieran sido Churchill o Margaret Thatcher vestidos de sudadera en un supermercado o en una actividad social. Su carrera política habría sido un fracaso. Tampoco podemos desconocer que el deporte ha perdido mucho con la evolución de los trajes. En la época de Churchill la gente jugaba tenis con sombrero y corbata. Claro que no hay que exagerar la nota, pero de todas maneras ganaría mucho el tenis si preserváramos el blanco en el uniforme de los jugadores.

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