En quienes lo usan habitualmente termina siendo una extensión del cuerpo; quizá se le asemejan las cajas de dientes, los audífonos, el tupé, las gafas en quienes no clasifican para cirugía. Pero estas y otras ayuditas no le llegan a los tobillos al bastón. Esa ha sido mi experiencia.
Su uso en personas de edad o claramente impedidas no despierta curiosidad. Si es un adolescente o un adulto joven (aún clasifico) causa reacciones e inquietudes diversas. La mayoría asume que fue un accidente de tránsito y al conocer la respuesta enmudecen. No falta quien pase de largo y susurre: "Chicanero". Pero callen o pregunten, miran. Bien sea por curiosidad, lástima, o envidia. No es fácil ser indiferente ante un bastón.
En especial las mujeres y los niños no disimulan su encanto. He llegado a pensar que algunas novias se interesaron en mí por el bastón: quizá llamaba la atención que un quinceañero lo usara; mordían el anzuelo. Debió ahorrarme poner el casete por ambos lados. Una vez en la mano, lo acariciaban; eso bastaba. El resto corría por mi cuenta. En los niños parece un imán, siendo diferente el motivo de atracción al de las mujeres. Lo convierten en caballo de palo o en espada, a pesar de la mirada fulminante o la incomodidad de sus madres.
He sido un coleccionista compulsivo de libros y papeles inútiles, pero no de bastones. Mal contados sin embargo tendré quince, sin sumar los olvidados por ahí y los rotos. El criterio de adquisición no ha sido su rareza ni su antigüedad sino su funcionalidad, pero conservo con especial cariño unos muy poco funcionales o en extremo delicados. Distingo, sí, entre bastones de uso diario (del gasto), bastones especiales y decorativos.
No he sido de agüeros pero en ocasiones escojo meticulosamente el bastón que llevo. Especial consideración tengo por el que usó mi abuelo, de madera clara, algo liviano. Le he atribuido ser el de la suerte, aunque ahora que recuerdo me ha acompañado en las contadas elecciones que he perdido; quizá me vea penosamente forzado a cambiar de bastón en esas circunstancias o no pedirle más que responda por mi éxito político.
Debe haber bastones costosísimos. Los museos suelen exhibir bastones en marfil, en maderas finamente talladas o adornados con piedras y metales preciosos. Ese no es mi caso. Excepto uno costarricense que intercala diversas maderas, ninguno es realmente fino o costoso. En parte porque no es fácil conseguir bastones fuertes que sean finos; los ortopédicos son horribles y los que ofrece el mercado suelen ser lobos o sin gracia.
Lo interesante del bastón es que además de los atributos referidos son polifuncionales. Sirven para apagar la luz en la distancia, remover un libro alto en la biblioteca, soltar un excusado poco higiénico, abrir puertas giratorias, señalar diapositivas, golpear bajo la mesa a quien lo merece, alzar faldas, pasar papelitos en clase sujetándolos dentro del corcho, o pulseritas con la bandera de Cali hacia los balcones en campaña política.
Usar bastón no es fácil. Es más, la mayoría no tiene idea de cómo usarlo. Muchos, los que nunca han tenido uno, lo usan en el mismo lado de la pierna lastimada, delante del cuerpo o inclinado; otros lo apoyan tímidamente o lo arrastran. El bastón se debe usar en el lado contrario al del problema, ligeramente separado del cuerpo, firme y recto, y avanzar al ritmo de la extremidad embromada, para compartir peso a través del brazo.
Pero un bastón suele además reflejar visos de la personalidad. Dime qué bastón usas y te diré quién eres. Su empuñadura (curva, ondulada, redonda), color (oscuro, claro), decoración (lisos, tallados, con cabezas de animal), material (aluminio, madera, plata), secretos (espadas, cuchillos, botellitas ocultas), flexibilidad (desarmables o rígidos) y usos especiales (convertibles en asiento o en paraguas) delatan rasgos de quien lo usa.
Más allá de las características propias del bastón lo cierto es que cada cual hace con él lo que le plazca; mientras para algunos es un estorbo, para otros -me incluyo- no lo es. Podría decir que es parte de mí. Se encarga además de recordarme el cáncer, es decir, lo afortunado que he sido y lo que implica ser mortal. Luego de más de veinte años de uso va siendo hora de rendirle homenaje sin revelar del todo sus intimidades.

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