Desde entonces las he comprado en todas partes sin importar la marca, el diseño, ni el color. Las más caras son de ciento ochenta dólares, las más baratas de ocho. Lo único que me importa es su función y hasta el día de hoy he de admitir que tengo un poco más de las necesarias (alrededor de 60).

Pero, para poder hablar de la prenda que nos ocupa, primero debemos hablar del elemento al que sostienen. Porque un hombre que se presenta en sociedad solamente con una barra de cuero al cinto o con unas calzonarias colgadas, más que una exhibición pura de elegancia, sería un acto de puro exhibicionismo. Por eso hay quienes se cuidan para no dar de qué hablar y utilizan muy a su criterio la manera de sostener sus pantalones. Hay quienes se valen de su propia contextura haciendo de su barriga un alud antideslizante. Son los que llevan los pantalones a escasos milímetros debajo de las tetillas. Otros utilizan cinturones con hebillas que más bien parecen sifones de bañera antigua. Estos son los que creen que la vida es una película barata. También he visto algunas personas que tienen una urgencia de mostrar su anatomía y usan unas tallas menos de la recomendada. Estos son los del perfil psicológico más complicado.

De cualquier manera, todos los sistemas de sujetamiento resultan vulnerables al despiadado y crítico ojo femenino que es, al fin y al cabo, la razón por la que cada uno decide cómo se asegura el pantalón. Por eso yo elegí usar calzonarias ya que no me generan ninguna controversia con el género femenino.
A la pregunta de quién lleva la correa en la casa, yo siempre contesto: "yo llevo calzonarias", así zanjo las diferencias con el sexo que nos desvela.
Confirmo que el hombre es el animal más racional que existe y creo firmemente que es gracias a las calzonarias.

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