Ha sido a través de las camisetas y emblemas de equipos como he logrado sobrellevar la frustración de mal jugador que llevo dentro desde que tengo uso de razón.
Mi primer autorretrato data de 1963. En él aparezco en el jardín de la casa de mis abuelos de la avenida 39 entre 13 y Caracas con camiseta y pantaloneta de Boca Juniors, un regalo de mi padre del cual quedó ese testimonio a base de torpes trazos de Prismacolor. En 1965 me hice hincha de Nacional, entonces un equipo que peleaba el sótano con el Tolima. Mi padre y mis tíos, escandalizados ante semejante exabrupto, iniciaron en 1966 una virulenta cruzada para volverme del Santa Fe y lo lograron cuando de cumpleaños me regalaron camiseta, pantaloneta, medias, guayos y balón.
En 1967, en tercero de primaria, todavía me alcanzaba para ser del equipo de Titulares del curso. Camilo Serrano decidió que nos llamaríamos Deportivo Racing (eran los gloriosos tiempos del 'Racing de José', campeón invicto en el torneo argentino de 1966 y de la Libertadores y la Intercontinental en 1967) y ya van tres camisetas, todas de la Casa Olímpica. Felices tiempos aquellos en los que no existían Nike ni Adidas, ni avisos de Fly Emirates y Vodaphone. En plena fiebre del Mundial de Alemania, encontré en el clóset de mi mamá un buzo naranja y otro blanco, muy útiles para emular con los Márquez las gestas de Franz Beckenbauer y Johann Cruyff en el separador del Park Way.
En 1977 conseguí una de Boca, también en la Casa Olímpica, que muy tímidamente y muerto del oso me puse un par de veces para ir a la universidad. Fue la primera vez que utilicé una camiseta como prenda del diario vivir. Ya en 1984, Leonor, la hermana de Adelaida, mi esposa, se fue un año a Sterling y le encargué las camisetas de Inglaterra y Escocia. Marca Umbro, las primeras oficiales que tuve.
Pero fue gracias a Manu Chao que decidí usarlas sin agüero. En 1992 lo entrevisté y tenía puesta la camiseta del Athletic de Bilbao. Me emocionó ver a un personaje de su talla con esa pinta y lo decidí: la camiseta de fútbol es la mejor manera de decirle al mundo que uno forma parte del país del fútbol así sea un tronco para jugarlo. Y cuando Juan Linares comenzó a traer camisetas desde Argentina nació la colección. Primero de Boca y la selección argentina, luego Uriza me trajo la de Holanda y la del Ajax, por suscribirme a Deporte Gráfico me regalaron la Umbro de Colombia, la de Suecia, luego se atravesó la púrpura alternativa que usó el Ajax cuando le ganó al AC Milan la Copa Europa de 1995, réplicas de las camisetas que usaron Inglaterra y Alemania en la final de 1966, mi hija Verónica me regaló la réplica del Inter de los tiempos de Helenio Herrera, Karl Troller la de las Chivas de Guadalajara, Wendy y Gabriel la del Barcelona, mi hermano Guillermo la del Athletic de Bilbao, Andrea Varela una del Envigado, tal vez porque se acordaba de haberme visto en Cambio 16 con la camiseta naranja de Holanda...
Tengo 42, entre chiviadas y oficiales, y cada vez es más fácil conseguirlas en Bogotá. Pero yo hace rato me aburrí de Nike y Adidas. Hay que boicotear el excesivo mercantilismo de los equipos que cambian de camiseta cada seis meses para obligar a sus hinchas a comprar una nueva. Por eso, una de las que más quiero es una de Holanda idéntica a la Nike del Mundial del 98 y la Euro 2000 solo que sin el cucurucho Nike. La conseguí en Casa Estrella y costó 19.000 pesos. Es decir, unos 100.000 pesos menos que la oficial. Ahora ando con camisetas desactualizadas. Pero ese es un detalle secundario. Lo importante es que gracias a todas ellas me siento un ciudadano del País del Fútbol. Un ciudadano con todas las de la ley. Así sea tan malo para jugar.

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