¿Qué es un bocadillo? Confieso que me da pereza ir a buscar el término en el DRAE o en el María Moliner, aunque dudo que la acepción que nos interesa aparezca en ellos, como pasa con todas las expresiones de la moda popular: manga-sisa, salta-charcos o mata-pasiones. El bocadillo es, como estas, una combinación, pero no de términos sino de prendas. Así, en el mejor de los casos un bocadillo puede ser una chaqueta azul, un pantalón gris oscuro, una camisa blanca y un foulard rojizo: bocadillo-gigoló. O el infaltable pantalón negro, con una chaqueta jaquard: bocadillo-de-oficina. O el de escaparate de almacén seudoelegante, en donde se le ofrece al cliente potencial la chaqueta verde y el pantalón terracota que, como no combinan con nada, se reúnen en una sola conspiración: bocadillo-para-transeúntes-daltónicos.
Pero lo que nos ocupa acá es el peor de los casos: chaqueta y pantalón de diferente tela, color y época. En las más extremas ocasiones también de distintos dueños. La pesadilla de las invitaciones semiformales y de las entrevistas de trabajo. El equivalente a esos bocadillos que no tienen guayaba, sino tres tinturas diferentes en un amasijo de harina y azúcar y que se vendían por cien pesos en las ya extintas casetas callejeras. Decía Coco Chanel que si al contemplar a una mujer lo que más llama la atención es su vestido, este es malo, ya que cuando un vestido es bueno, resalta la mujer. ¿Será posible aplicar esta máxima al delicado arte de componer un bocadillo? Si es malo, entonces todos se fijarían en la horrible mezcla de colores, en la inocultable diferencia de tiempo entre la confección de cada prenda o incluso en la diversa procedencia de cada una: el saco café claro del abuelo, el pantalón marrón del vestido que usó el primo en su grado, la camisa azul del disfraz de odontólogo que usamos el pasado Halloween y cualquier corbata que encontremos por ahí, pues a estas alturas la situación no puede empeorar. Si uno tiene a bien aparecerse así en el matrimonio del pariente lejano en el que quiere pasar inadvertido para no evidenciar la falta de regalo, el resultado contrario está totalmente garantizado: "Fulanito, aparte de que ni siquiera se disculpó por no ir a la entrega de regalos, se vino como un matachín", terminarán comentando las tías de la novia. "¿Quién es ese güevón que se vino disfrazado de payaso?", se preguntarán, con mayor sinceridad, los amigos del novio. Pero si el bocadillo es bueno, y el supuesto de Madame Chanel certero, la atención estaría puesta en el hombre que lo lleva, quien aparecería como artista underground, negociante primerizo, publicista varado o profesor de literatura recién contratado. La pregunta es: ¿esta situación es realmente mejor?
Creo que lo más sensato es hacer un llamado a la autenticidad. Si uno es presidente de una multinacional con sedes en Kuala-Lumpur, Tokio, Shangai y Singapur, se verá curioso, por decir lo menos, con tenis blancos nuevecitos, bluyín ancho de rapero, cinturón de taches, camiseta de tejas Eternit y colgandejos plásticos en el cuello, pinta que por lo demás no tiene nada de raro en otras circunstancias, desde un after en Sopó hasta un festival de la morcilla, también en Sopó. Al revés es igual; si usted no se viste de forma elegante con frecuencia, no se desespere frente a una invitación semiformal (las formales se resuelven con más facilidad, pero el alquiler de smoking es ya otro tema), acepte su condición de marginal con orgullo, póngase sus New Balance grises, su pantalón de pana negro y su chaqueta con parches en los codos: le garantizo, por experiencia, que los (y las) mejores conversadores de la fiesta se le acercarán curiosa y amablemente, que nadie se escandalizará cuando se emborrache, ya que todos esperaban algo peor, y que el taxista no intentará cobrarle un recargo excesivo cuando lo lleve hasta su casa a las cuatro de la mañana.

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