No entiendo por qué me preguntan los editores de esta revista cuál es la prenda de vestir que debería eliminarse de la Tierra si a una cuadra de sus oficinas se encuentra el Parque de la 93 de Bogotá. Pues, señores, vayan y se dan una vueltica para que sean testigos de la chancla, el elemento menos erótico que haya inventado el animal humano.
¿A qué olerán las patas de esas viejas que no se ponen medias y dejan su uñero a la intemperie? Ellas, muy modelitos y muy faranduleras, se visten de chancla-hippie, chancla-plataforma o chancla-tacón puntilla y salen a caminar sobre charcos, pasto, caca de perro, tapetes de bienvenida, andenes orinados y colillas de cigarrillo. ¿No les basta con la pecueca natural del pie que a todos nos da? ¿Qué otro aroma necesitan para seducirnos?
Si uno estuviera en una ciudad de clima cálido vaya y venga, pero ¿cómo se atreven a ponerse chanclas en la ciudad que está 2.600 metros más cerca de las estrellas? Por favor, este es el altiplano cundiboyacense cuyo piso térmico se acerca al páramo. No se les metan en la cama a sus maridos a ponerles las patas frías en la espalda para calentárselas, no dañen así sus matrimonios.
Salir a la calle en chanclas a mostrar falange, falangina y falangeta es como entrar a un baño público transparente porque hay partes del cuerpo que definitivamente son privadas, son imágenes que nadie quiere ver: el duodeno, el yeyuno, el colon sigmoideo, las fosas nasales, una axila o cualquiera de los dedos de un pie.
Ya los sabios abuelos utilizaban la pantufla en vía de extinción que les permitía tener el pie semidescalzo pero digno. No estoy diciendo que entremos a la ducha con aletas y que jamás dejemos nuestros metatarsianos al descubierto. Simplemente, mostrar los pies debe ser un acto casero. Cuando nos levantamos nos ponemos chanclas, vamos al baño con el órgano copulador rígido y con el pelo como un mango chupado, pero ese pedazo de nuestra vida cotidiana no se le muestra a nadie y mucho menos a la gente que está en la calle.
El sonsonete que produce el pie sudoroso adherido a la superficie de caucho y la suela que se arrastra sobre el piso al caminar lo pudo haber utilizado la mafia italiana para torturar a sus más grandes enemigos. Pero el problema no solo es auditivo sino visual. ¿Qué me dicen de la chancla referencia Condorito, con un diseño que separa el dedo gordo de los demás y que en muchas regiones de la nación la adornan con un girasol gigante de polivinilo? Y les recuerdo a los amantes de las sandalias que hasta Condorito se las quita y se pone zapatos de cuero cuando le toca ser cura, abogado o doctor.
Pero hay gente que persiste en el tema de las chinelas que no solo es un asunto femenino. Muy a pesar mío he visto al joven neo-hippie que las usa con medias blancas para encubrir sus pies y me disculpan los caballeros de pensamiento lateral pero chancleta es chancleta aquí y en Melgar.
Y como sé que este artículo no será suficiente para convencer a nadie, me pienso comprar una prenda aún menos erótica: un par de botas texanas con punta metálica y espuela para ir al dichoso parque a pisar a ese poco de desadaptados que siguen andando con el pie empeloto.

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