Ella solamente tiene 21 años y ha vivido la vida más que cualquiera. Está casada hace cuatro, tiene un bebé de dos y ha apagado muchos incendios. Empezó de bomberita cuando apenas tenía diez y llevó una vida alejada del peligro hasta que tiempo después conoció a Edgar, su esposo, quien por ese tiempo ya era oficial del Cuerpo de Bomberos. Con ese pasado incendiario, lo lógico era que terminara trabajando en lo mismo, sobre todo si le gustaba. Para entrar le tocó realizar varios cursos de rescate y aprender a manejar las herramientas propias de su trabajo. Una vez pulida en la enorme responsabilidad de socorrer desconocidos, ingresó como voluntaria. Sus turnos, que duran 24 horas, empiezan a las 8:00 de la mañana firmando la minuta de llegada. Inmediatamente suena una campana anunciando la formación, que es el acto donde la compañía anterior entrega su turno. Ahí pasan lista y es sometida, como todos los demás, a una exigente revisión de sus uniformes especiales, capaces de retardar la reacción del fuego durante 20 segundos. Después es solo cuestión de esperar las emergencias anunciadas por la línea 119. Pero no solo se dedica a luchar contra el fuego; ella y su pequeño grupo de héroes anónimos también deben atender otros casos, como escapes de gas, inundaciones, derrumbes, accidentes químicos y de tránsito. También deben estar presentes de manera preventiva en eventos masivos, revisar establecimientos públicos y capacitar a la comunidad en casos extremos. ¿Cómo hace ella para poder aguantar la exigencia física propia de una calamidad? Todos los días a las 4:00 de la tarde practican algún deporte, y dos veces por semana realizan ejercicios de rutina con un entrenador, ya sea en algún gimnasio o en un campo despejado. De esta forma, siempre estará a punto para cuando suene la sirena y le toque montarse rápidamente al carro, cambiándose en él, pues les dan un tiempo límite de cinco minutos para llegar al lugar de la emergencia. Si se demoran más de lo estipulado, el sargento y el conductor podrían recibir un memorando e inclusive ser trasladados de compañía. Debido a su experiencia, sabe mecánicamente cómo actuar ante un incendio: lo primero es evaluar la situación y pedir refuerzos, de ser necesario. Si es una casa, debe tener mucho cuidado en no dañar las cosas con el agua —en eso son muy técnicos— y posteriormente ventilar el lugar. Si es un edificio, debe subir las escaleras con la manguera, apoyadas desde afuera por otros bomberos subidos en el brazo articulado. Dependiendo del caso, pueden utilizar agua a presión, espumas especiales o polvos químicos secos. El peor recuerdo que tiene de su profesión fue el atentado hecho al club El Nogal, y el mejor es, desde luego, salvar vidas. Y eso es un gran logro, teniendo en cuenta que en Bogotá 357 bomberos distribuidos en 17 estaciones se las arreglan para socorrer a casi ocho millones de personas. Por esa razón, por el hecho de ser una mujer que trabaja a la par de los hombres en un trabajo altamente peligroso e ingrato, y porque está como quiere, la primera de las tres empleadas públicas es el cuerpazo del Cuerpo de Bomberos de Bogotá.

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