Stephanie Lacouture es la costeña más cachaca de Valledupar. Sus papás son de allá y se la pasan yendo y viniendo, pero ella ha vivido toda la vida en Bogotá y habla como rola. Salió del colegio Iragua, entró a estudiar Comunicación Social en la Sabana, se fue un par de años a dos universidades de Barcelona y Pamplona, y regresó a terminar su carrera acá, donde solo le faltan un par de semestres para dedicarse a lo que le gusta: la radio. En Europa se sintió más colombiana, cachaca y costeña que nunca. Extrañaba muchísimo el sancocho, la arepa de huevo, la música y, sobre todo, aunque suene a cliché (así les pasa a muchos), el calor humano del colombiano pues confirmó en carne propia que a muchos suramericanos los tratan en España de forma tan despectiva como la palabra "sudaca". Hubo algo bueno que se trajo de allá. El gusto por el flamenco. Lo baila como ninguna en la costa o la capital, zapateando duro contra el piso y dejando ver esa mirada profunda que desde hace 24 años deja frío a quien se encuentra frente a frente con ella.

Su apellido es de origen francés, lo que la hace, aún más, una de esas mujeres por cuyas venas fluye lo mejor de los mundos. Tal vez por eso, lo suyo es el baile al son que le toquen (flamenco, house o música tropical). Cuando le da gusto a su novio rolo baila al compás del beat de la música electrónica, pero casi siempre al ritmo de un acordeón vallenato o de un timbal salsero. Ahora lo ha interrumpido por falta de tiempo, pero antes no salía del gimnasio pues iba de domingo a domingo a clases de rumba. Tan pronto llega diciembre, empaca maletas y coge un avión para Barranquilla o Valledupar para verse con su familia. Allá deja de ser la cachaca urbana y se convierte en la cachaca más costeña de todas. La que ha ido cuatro veces al festival vallenato, la que canta a pecho herido y moviendo como costeña las caderas su vallenato preferido, La rama en el cafetal, de Jorge Celedón, y la que, en la finca ganadera de su papá, monta a caballo como toda una amazona vallenata. Y tiene carácter esta mujer. Sin consultarle a nadie de a mucho, posó por primera vez como modelo y lo hizo con la soltura y la gracia de una versada en la materia. Stephanie sabe que una cosa es ir todos los domingos a misa como lo hace y hacer parte de una familia conservadora, y otra muy distinta ser una mojigata que, en vez de lucir con orgullo la belleza con la que dios la dotó, prefiere ocultarla al mundo para siempre. Gracias a dios, pero sobre todo a ella, no nos quedamos sin el gusto inmenso de verla.



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