Cuando Camila se acuesta, piensa en todas las cosas que tiene que hacer al otro día. Una de ellas, ir al colegio, porque todavía le falta un año para graduarse. Afortunadamente puede escoger un énfasis (ella eligió Humanidades, porque quiere estudiar Derecho), pero eso no la salva de las detestables matemáticas. Camila cierra los ojos y piensa también en San Andrés, esa isla adorada en la que creció y vivió durante 13 años haciendo castillos de arena y nadando a sus anchas, a pesar de haber nacido en Medellín.

Todos saben que la Barreneche se fue a Milán con Silvia Tcherassi, que es una supermodelo y que seguramente tendrá diez años más de carrera exitosa. Lo que pocos saben es que tiene dieciséis años y un hermano inseparable; que cuando chiquita quería ser azafata y hoy en día quiere ser abogada y no actriz o presentadora, como casi todas las modelos; que después de San Andrés vivió en Armenia, Medellín e Italia y llegó hace muy poco a Bogotá, donde tiene pocos amigos; que dejó de fumar hace dos meses; que se hace la loca cuando la miran mucho en la calle y que le gusta mucho Usaquén; que tiene hora de llegada y que se está leyendo Al diablo la maldita primavera; que sabe que no existe hombre ideal, ni amistad verdadera en el mundo del modelaje; que tiene treinta y seis pares de zapatos y un genio de los mil demonios; y que dentro de una semana volverá a su isla adorada para hacer un catálogo de vestidos de baño.

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