Modelo: Alejandra Obando

Alguna vez el público indignado le preguntó a Xuxa por qué se había atrevido a posar desnuda para no sé qué revista. Xuxa, la presentadora brasileña de un programa para niños, respondió como si no se diera cuenta de que una cohorte entera de padres de familia estaba preparando las hogueras para quemarla por corruptora. Dijo que ella era, ante todo, una modelo profesional; que el gran problema de las modelos es saber qué hacer con las manos frente a una cámara; que posar desnuda —léase: sin bolsillos— era la mejor manera de aprenderlo.

Una mujer capaz de posar desnuda, da igual que sea para un director de películas porno o para un taller de estudio de la figura humana (carboncillo y óleo, lunes a jueves, nada más noble), no ha dejado nunca de provocarme admiración. La razón es simple: es algo que me parece intolerablemente difícil. Una mujer que se atreve a pararse —acostarse, arrodillarse— desnuda frente a un observador es alguien que se conoce bien, que conoce por instinto el poder que tiene. La que adopta poses falsamente sugerentes frente a la cursilería de una playa o la vulgaridad de un atardecer, siempre protegida por un bikini casi invisible pero existente, o por la ridícula rama de un árbol o por una toalla mojada y artificial, solo está segura de que ha hecho bien su dieta de cero calorías y de que la plata del gimnasio está (¡por fin!) dando rendimientos. En cambio, la que se enfrenta desnuda a quien la mira tiene certezas envidiables, certezas que ni usted ni yo tenemos; es capaz de liberarse de todas las ansiedades adquiridas y asumir el poder de su sexo; es capaz de hacer suyo un delicado narcisismo, el placer de sentirse mirada, la desvergüenza de saberse deseada por gente que no está con ella cuando ella está desnuda. De eso se trata, y punto.

Un desnudo fotográfico no aspira a ser revelador, como un retrato, ni imponente, como un paisaje. Un desnudo fotográfico quiere estimular y seducir; si no lo logra, ha fracasado. Quién lo hubiera dicho. En eso se parecen los desnudos y los escritores.

No cometeré la ingenuidad de defender ninguna cantidad de ropa sobre ningún cuerpo (defender los placeres es aburrido y acaso más impúdico que gozarlos). Pero me parece curioso que hablar de ‘desnudos’ en general deje de ser posible a partir del momento en que comenzamos a apreciarlos, porque los voyeurs, como los amantes (y también como los escritores), adoran y cultivan el detalle, y saben que no hay dos senos parecidos, ni siquiera si están sobre la misma mujer, y además que no hay dos momentos del día en que los senos de una mujer permanezcan iguales: los senos responden a los más mínimos cambios del clima, o del ánimo, o del roce con lo que los toca, y en eso son verdaderas formas de medir el mundo, y las fotografías que les saquemos son verdaderos documentos.

Alguien dijo de Marylin Monroe: “Ella tiene curvas en lugares donde otras mujeres ni siquiera tienen lugares”. Los desnudos nos permiten constatarlo. En una película que me gusta, Jules y Jim, el protagonista le dice a una mujer: “Siempre me gustó tu nuca. Era el único pedazo de tu cuerpo que podía ver sin ser visto”. Los desnudos nos permiten ver sin ser vistos otras partes del cuerpo, acaso más atractivas que una nuca (por más bonita que sea esa nuca, que a veces lo es, para qué negarlo.)

Todas las mujeres vestidas se parecen; las desnudas lo son cada una a su manera. Por ejemplo, uno a veces se encuentra con desnudos en los cuales la cara y el cuerpo hablan de cosas distintas. Puede ser que el cuerpo se abra de manera casi pornográfica mientras la cara de la modelo posa para el anuario del colegio; o el cuerpo se esconde, hace verónicas o chicuelinas para evitar la mirada, mientras el rostro, libidinoso y obstinado, escupe toda la lascivia del mundo pagano. Hay desnudos tímidos, hay desnudos sorprendidos, hay desnudos predadores. No existe la mujer-sin-ropa como enemigo de cierto miedo puritano; lo que hay es un verdadero museo secreto, tan variado y diverso en sus detalles y en sus sugerencias que justifica el hecho de que nuestro apetito sea inagotable.

El apetito de la vista para el desnudo es infinito; como el de comida o de sexo, es un barril sin fondo. Después, claro, no deja nada, y quienes tienen una idea utilitarista del mundo —comer para alimentarse, sexo como reproducción— no comprenderán nunca que la gente (de ambos sexos) consuma imágenes eróticas, menos aún que persiga imágenes nuevas y distintas de las que ya ha conocido. Lo más fascinante, desde luego, es la total inutilidad de esas imágenes. La foto de una mujer desnuda no puede convencer de nada a nadie, ya no digamos afectar, ni positivamente ni a la inversa, al mundo en que la mujer se desnuda.

No lo niego: siempre he tenido debilidad por lo que no sirve para nada.

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