A las once de la mañana, hora crítica en la Bolsa de Valores, Karen Schenk habla por dos teléfonos a la vez. Está en la mesa corporativa de Ultrabursátiles y se le oyen frases ininteligibles para los que nada sabemos de finanzas: "¿Compramos bonos triple A indexados al IPC? Vendamos la emisión de los bonos subordinados Colpatria a diez años. Hagamos un Swap de TES UVR por tasa fija". En un solo día habla unas diez veces con un mismo cliente y hace transacciones de miles de millones de pesos. Puede asumir posición propia e ir solidariamente en las ganancias o pérdidas con la empresa o hacer intermediación. Así como puede ganar muy bien un día, al otro puede perder. Pero ella lo tiene controlado. Es conservadora y no se estresa, pues para cuantificar las pérdidas eventuales se fija un margen de pérdida (stop loss), el monto mínimo al que se le puede bajar un papel antes de salir a venderlo, y una toma de utilidades (take profit), el tope máximo que aspira ganar y salir a vender el título. Entra y sale del mercado con cierta velocidad para evitar posibles turbulencias y hasta tsunamis bursátiles que le quiten lo que ha construido desde que se graduó como publicista en el Politécnico y entró a trabajar en el mundo de la bolsa.
Imaginarla en esas ya es bastante sugestivo. Nada más sexy que una mujer inteligente y, peor, cuando se ve como la Schenk. Claro que en sus otras facetas no se queda atrás. Como buena hija de un marinero e ingeniero naval de Berlín, desde que estudiaba en el Andino le ha fascinado el mar. Para costearse las inmersiones, mientras estudiaba en la universidad, trabajaba por las tardes como instructora de buceo. Ya podrán imaginar el aumento en el número de inscritos y la velocidad a la que se chupaban el tanque de aire de solo seguirla bajo el agua. Para financiarse esa pasión aceptó el trabajo que le ofreció Ultrabursátiles como corredora junior y 10 años después es una de las duras de la empresa.
En el chequeo de puntos para ser la mujer perfecta, barre. Sabe de arte y entre las obras con que decora su casa hay cuadros de Manzur, Caballero y Ana Mercedes Hoyos. Al fin y al cabo, también estudió diseño industrial y tuvo un taller de arte por un tiempo. Hay más: pese a su éxito como profesional, no descuida a Lorenzo y Gerónimo, sus dos hijos de 10 y 4 años, respectivamente. Se baña y desayuna con ellos por la mañana y a las cinco de la tarde está ahí para hacer tareas o acompañarlos a sus partidos de fútbol. Otro punto: no se maquilla ni se peina y sale con el pelo mojado a las siete de la mañana para la oficina. Prueba de ello es que nunca quiso aceptar las propuestas que le hicieron para ser la imagen de campañas publicitarias y para ser Señorita Valle o Señorita Bogotá. No era la típica mujer que sueña con ser reina y, en cambio, le aburría la idea de que le tomaran fotos ligera de ropa. ¿Por qué entonces aceptó posar para SoHo? Otro punto para sacarla del estadio: porque no tiene tabúes y le pareció un halago que le dijeran que querían hacerle fotos cuando ya ha tenido hijos. Claro que lo más importante para ella era contar con el apoyo de ellos dos y de su esposo, el empresario Alfredo Villaveces, el mismo que trajo a Alanis Morissette, a White Stripes, entre muchos otros, y que traerá a Incubus este mes. A Alfredo lo llamó Diana Reyes, la fotógrafa y vieja amiga de Karen y lo cogió tan cortico que no pudo negarse. Con él, Gerónimo y Lorenzo miraron las fotos y todos quedaron tan encantados como nosotros. Eso sí, se necesitaron tres sesiones, una en la casa de Karen, otra en su finca en Prado y la última, tras unas copas de vino francés, en la casa del arquitecto Simón Vélez. Karen fue la primera, ni se imaginan quién sigue...

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