Para explicar bien quién soy, voy a comenzar diciendo qué no soy.
No soy sordomuda. Los sordomudos no hablan, ellos se comunican con las manos. Yo sí hablo algo, intento vocalizar. Es difícil, nadie niega lo contrario. Difícil expresarme y difícil que me entiendan, pero al final la gente termina entendiéndome.
Lo que yo tengo se llama sordera profunda, producto de un daño en el cerebro. Es de nacimiento, herencia genética por parte de mi padre. Tengo el 70 por ciento de las células auditivas muertas. El problema podría solucionarse con una operación en el cerebro, pero es muy riesgosa, complicada y costosa. Además, ya tengo 26 años y en realidad no me hace falta, me acostumbré a vivir así.
Cuando los médicos descubrieron que yo era sorda, mi madre abandonó su trabajo para dedicarse ciento por ciento a mí. Me llevó a terapia desde el año y tres meses hasta los 17, casi todos los días sin falta. Es gracias a su empeño que soy la persona que soy.
Yo no sé hablar con señas, nunca lo he hecho. Desde el comienzo de las terapias se determinó que haría el esfuerzo para valerme de mi voz. Empecé a trabajar desde muy niña con objetos y juguetes y luego, en jardín, me enseñaron los nombres de todas las cosas.
Lo más duro fue aprender a leer los labios. Eran ejercicios de repetir una y otra vez, concentrada, hasta aprender a distinguir los movimientos de cada una de las letras y a sentir las vibraciones que producían. Cada letra vibra diferente, y en conocer las diferencias entre una y otra está la clave para entender cuando me hablan.
Recuerdo que en las sesiones siempre me decían: "Mírame a los labios", y empezaban a hablarme. Yo, mientras, tenía que estar concentrada en observar la boca, la pronunciación, el movimiento de los labios y la posición de la lengua en cada una de las sílabas.
En la terapia era muy importante distinguir letras como la M, la P, la R, la L, la C o al S, que son las más comunes. Muchas palabras son parecidas, pero se producen diferente y yo he tenido que aprender a reconocer esas diferencias.
Se me dificulta, por ejemplo, reconocer la diferencia entre mamá y papá. Cuando me preguntan por uno de ellos, nunca sé muy bien a cuál se refieren. También tengo problemas con la L, por la forma en que va la lengua. Se me facilita en cambio una palabra como "rosa", porque no se parece a ninguna otra.
Toda mi educación la adelanté con y en sitios para gente común y corriente. El bachillerato en el Colegio de las Hermanas de San Vicente de Paúl, luego me gradué de modelo profesional en John Casablancas y estudié diseño de modas y mercadeo en la escuela Arturo Tejada.
En el colegio siempre tenía que sentarme en la mitad del salón para leer los labios de los profesores y poner mucha atención para no desconcentrarme. Igual en la universidad, pero ahí no fue tan exigente, porque había mucho trabajo manual y creativo. Los profesores me repetían cuando yo no entendía algo, o mis amigas me volvían a explicar.
Algo muy gratificante y de lo cual me siento orgullosa fue el día de mi graduación del colegio. El profesor de física me pidió que preparara unas palabras para la ocasión; yo lo hice, pero la sorpresa fue cuando me dijo que tenía que pasar y leerlas delante de todos. Casi no puedo de los nervios, pero lo hice. Todos me aplaudieron y lloraron de la emoción, menos mi madre, que me había prometido que no lloraría ese día.
En el modelaje estoy desde hace casi ocho años, también por consejo de mi madre. Es una profesión muy práctica que se me facilita por mi físico. Me ha ido bien, no me quejo. Recuerdo que al comienzo de mi carrera me rechazaron en una agencia de modelos de la cual prefiero reservarme el nombre, pero eso ya pasó. Ahora soy más conocida y la gente reconoce mi trabajo. Fui modelo revelación en Exponovias, participé en el Bogotá Fashion, con Carlos Pinel en el Perú Fashion, en Colombiatex y Colombiamoda, entre muchas otras campañas y eventos.
Para comunicarme con el mundo me valgo de muchas cosas. Tengo un cel-palm, que me regaló mi novio. Es un teléfono muy útil porque yo me comunico con mensajes de texto. Con ese celular escribo más rápido, además me sirve de agenda, directorio y computador portátil.
También tengo un audífono, que uso en mi oreja derecha. Tiene tres niveles de volumen, bajo, medio, alto. Yo siempre lo utilizo en medio para escuchar todo los ruidos y la voz. Con él puesto, alcanzo a distinguir ciertos ruidos, los más fuertes. Sin él, todo es silencio, pueden ponerme una corneta al lado y no la oigo. Solo me lo quito para dormir. En una sesión de fotos o en un desfile es diferente. Si el peinado me lo tapa, me lo dejo, lo retiro si se nota mucho. El audífono es importante, por ejemplo, para sentir las vibraciones de la música en los desfiles o seguir las indicaciones del fotógrafo, aunque en este segundo caso, claro, me toca leerle los labios también, porque el aparato solo sirve para sentir que me hablan.
Quiero comprar otro audífono, uno más avanzado. Cuesta tres millones de pesos, pero con él puedo escuchar todo mucho mejor, hasta las voces y las palabras. Igual, el que tengo es bastante eficiente. Una vez estábamos en el colegio y había dos profesores hablando entre sí. Mi mejor amiga me pidió que les leyera los labios, yo le dije que no, porque no soy chismosa y no me interesa enterarme de las conversaciones ajenas. Sin embargo, esta habilidad me ha servido para enterarme de cosas que la gente habla de mí. Como una vez en el gimnasio, descubrí a dos hombres diciendo morbosidades de mi cuerpo. Me dio rabia, pero ya pasó.
En fin, ese día en el colegio lo que hice fue prestarle mi audífono. Ella se lo puso y se enteró de todo lo que hablaban. Una persona con una capacidad de audio normal puede usar un aparato de esos en volumen bajo y enterarse de muchas cosas, hasta de lo que la gente habla por teléfono.
Hablando de teléfono, yo he aprendido a usarlo. Me comunico con las personas más cercanas, mi familia, mi novio, mi mejor amiga. Yo hablo y ellos me responden "sí" , "no", "no está", "bueno"; solo unas palabras cortas. Es cierto que no puedo leer los labios, pero las vibraciones que producen ciertas sílabas están grabadas en mi cabeza y así puedo entender lo que me dicen.
También con vibraciones puedo saber si el que me habla es un hombre o una mujer. La resonancia que producen las voces graves son muy diferentes a la de las agudas.
Me encanta salir a rumbear. Bailo muy bien. Puede sonar paradójico, pero tengo buen oído. Es fácil, porque siento las vibraciones e inmediatamente identifico el tipo de música. No alcanzo a distinguir la canción, aunque a veces sí. No sé si lo que suena es bueno o malo, solo me dejo llevar por el ritmo y comienzo a moverme. No es que tenga un cantante favorito, pero me fascina Sin ti, de Ricky Martin, la canto como una loca.
También disfruto yendo a cine. Si la película es en inglés me toca leer los subtítulos; si es en español, no hay problema porque me basta con leer los labios y poner cuidado; pero si son dibujos animados no entiendo nada, porque la película es en español y los muñequitos simplemente mueven los labios sin ninguna coherencia.
La materia pendiente es leer los labios en otro idioma. Puedo distinguir ciertas expresiones en portugués, italiano o francés, que son parecidos al español, pero es más por intuición que por conocimiento. De hecho he visto telenovelas brasileñas y he intentado seguirles el hilo leyendo los labios de los actores.
No la logro es con el inglés. Puedo escribir en ese idioma, pero me gustaría entenderlo. Es más difícil que el español porque la pronunciación es muy diferente a la escritura. Tengo que hacer el esfuerzo, no se sabe, de pronto sale un trabajo por fuera.
Con esto del inglés me pasó una cosa muy chistosa. Estábamos en un bar donde había unos italianos y uno de ellos me empezó a hablar en español. Yo le respondía, pero no me entendía, entonces él me dijo: "Qué pena, pero lo que pasa es que yo no hablo inglés".
Otras veces, cuando la gente no me entiende, la persona que me acompaña dice que soy brasileña, francesa o polaca, la primera nacionalidad que se le ocurra. Y lo mejor es que la gente se cree el cuento.
Me gusta la buena comida, salir de compras, viajar, ir la gimnasio; me encanta hacer el amor con mi novio, pero lo que más disfruto es la vida, simple y llanamente, con todas las bendiciones que esta me ha dado.

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