Hace años un amigo que había sabido de La Gente me invitó a buscarte. Aunque solo sabíamos que tu gente aparecía arriba de Yuruparí y que eran dueños de un secreto que necesitábamos, eso nos pareció suficiente. Pero no te encontramos. Recuerdo. Después de volar sobre un océano de guayacanes florecidos en un avión militar desvencijado con diecisiete pasajeros, policías mestizos enfermos de malaria, enfermeras, monjas, señoras de la vida disfrazadas de tenderas y un curaca en vueltas de chaquiras bajo el cuello de la camisa de corbata, aterrizamos en Mitú un día de diciembre. Entonces el aeropuerto era un potrero de vacas despistadas entre un cementerio y un hangar de tejas de lata donde hacía un calor para hornear pan, y donde aguardaba un milagro, un tropel soñoliento de aventureros hinchados de fastidio, jipis multicolores limpiando sus chimeneas aromáticas con pañuelos de la India, comerciantes de engaños, en pieles, o que hacían contactos con los hospedajes. Cuando entramos levantaron un murmullo y encendieron un ventilador. Como una promesa de amistad. O con la esperanza de una aventura premeditada con serpientes amaestradas por el precio de la gasolina como gustaban decir. Nosotros pasamos de prisa y de largo. No estábamos para atesorar recuerdos de turista. Y nos fuimos al hotelito que mi amigo había conocido en su primer viaje. Tú sabes cómo funcionan en esas intersecciones donde los metales del tiempo y el lucro, el artificio y la acumulación que mancillan la Tierra, chocan con la inocencia del sentir.
Era una casita de madera de seis habitaciones servidas por un baño con cubierta de cinc, frente a la alcaldía cerca del único teléfono. En el teléfono un muchacho nos pidió una moneda en un castellano cercano al canto. Mi amigo le dio las que encontró en el bolsillo de su chaqueta de algodón. Y en la puerta del hotel apareció otro con la misma actitud. Cuando salimos más tarde a explorar la aldea junto al río en busca del enviado, después de cambiarnos la ropa del avión, había una fila esperándonos. No sabían que nada tenemos que darles fuera de ilusiones, fantasías, vanidades, disturbios. Que no somos inagotables. Ni siquiera ricos. Que somos un enredo de preguntas, de dudas y de proyectos malsanos.
Un hombre vestido de blanco los dispersó con un gesto. Era el obispo. Nosotros evitamos su charla evangélica con una cortesía. Además, apareció en la esquina el hombre con una papaya partida en una batea que era la señal convenida para el enviado que nos condujo al guía. El guía, que como suele suceder nos conduce a donde no queremos y aun nos lleva por donde no vamos. Porque, en fin, la cosa es que jamás encontramos a La Gente. A tu gente. Porque La Gente no se busca. Es revelada. Ahora veo.
El guía era una huitoto de ojos belicosos, del Huila. Bueno y tierno. Un cruce impenetrable de curandero, sabio y farsante. Nos esperaba en la panadería. Era el panadero de la aldea. Levantó los hombros cuando explicamos el motivo de nuestro viaje. Y dijo. Es la manía buscadora de ustedes. Quieren abarcarlo y entenderlo todo, ofuscados por sus afanes y sus fines. Y agregó que podía predecir las vueltas de las nubes, las migraciones de los delfines y los tiempos del apareamiento de las piedras, pero que no sabía cuándo aparecerían de pronto, como sueños. Así aparecen, dijo. Y así se desvanecen.
Para nosotros aquellos años de empeños místicos que acabaron en confusión, que tu Gente sobreviviera sería suficiente para justificarnos. La Gente a cuyas espaldas no había glorias ni recuerdos y adelante tan solo el honor debido a las presencias, la palpitación del bosque, el encrespamiento de la hoja, la flor de agua, fuera de los debates inútiles del tiempo. El pie en el peso y el paso cauteloso y gentil.
Pero nunca encontramos a los sin morada, al pueblo de la marcha. Vimos sus huellas. El rastro intachable que dejan en la hojarasca. Un techo de hojas que dejaron como lo hicieron. El pedazo de un dardo. El signo impersonal de los hombres de antes de Caín, que conocen los giros de las galaxias y los aceptan como algo misterioso y repetitivo, como el salpullido y los monos aulladores del sustento y la decadencia.
A mi amigo, ha muerto, le hubieran gustado las fotografías. La creación es el signo de otra cosa, dicen. Y estas fotografías hablan también de otras mujeres. Las mujeres de La Gente que marca su silencio con monosílabos, con breves cantos de lluvia que avergüenzan nuestro alboroto.
Un hombre, un colono antioqueño nos contó una noche cómo en tiempos de los caucheros asaltaban las oficinas de las compañías, robaban las cajas fuertes, arrojaban los billetes al río y conservaban las monedas para hacer aretes y collares. Tal vez. Pero cómo podían abrir una caja fuerte con una cerbatana, hechizos, bailes y murmullos o perforar una moneda de antes.
Yo los imagino mansos. Con ellos y con los demás. Por otra parte, estaban ya muy enfermos de ruidos nuevos. Y sus caminos hollados por desconocidos y asediados por los vicios modernos y los virus del hombre de acción, e interrumpidos por los caseríos que ellos rodeaban con su cortesía acostumbrada, usando apenas el mundo, sin apropiárselo. A nosotros, habitantes de Transmilenio, nos cuesta comprender la castidad, la austeridad del pueblo de la marcha. Las gentes de quienes hablan estas fotografías a través de un ángel de muestra. De una inocencia irrecuperable para nosotros. Y que más nos valiera ignorar pues cuanto más la buscamos más se nos aleja en las pesadumbres del esfuerzo.
Nuestra carne está cansada de dialécticas. La Gente, la de antes de Caín, de surgir en nosotros el ansia criminal de las ciudades, nos es inescrutable. Caín, si no lo sabes, es el héroe cultural de mi gente. Cuídate de nosotros. No somos inofensivos. Desde que fuimos expulsados del paraíso.
Si los últimos nómadas en la Tierra no son sagrados, no sé qué sea venerable. Pienso mientras te contemplo en el círculo de fuego de nuestros pecados urbanos. Y mi admiración también te corrompe. Pero lo intrigante no es lo que pensamos de ti, nosotros, ni lo que la reflexión hace de ti, sino la idea que tienes de nosotros, esta pobre gente mezquina, peligrosa y parlera, desnuda como una hostia entre lenguas de fuego, una hostia del tiempo cuando el cuerpo no había sido convertido en escándalo ni existían jerarquías ni méritos más allá de la solidaridad y la confianza.
Por allá pasó la pequeña horda, nos dijeron mil veces. Detrás de las palmas de pupuña. Hacia el caño. Pero aunque revolvimos las aguas oscuras del río ida y vuelta y exploramos los caños cubiertos por las hormigas y las trochas de aromas, jamás encontramos más que una rama partida, la huella de unos pies en el barro o el eco remoto de un canto de lluvia venido de ninguna parte, como testimonio.
Porque, además, es imposible encontrar algo de valor, cuando uno es un ruido soberbio de palabras, un alma extraviada en la Historia que es siempre conciencia del fracaso.
Ahora estás aquí por el hechizo fotográfico. No sé quién eres más allá de la envoltura de tu piel y los ojos sibilinos. Pero tengo derecho a imaginarte. Después de un salto sobre el abismo que separa a los hombres sin historia de los adoradores del tiempo has sido convertida en ficción. Una ficción fascinante, pero ficción al fin. Y un nombre te oculta. Guardas otro, lo sé, de mariposa, o estrella, distinto del que te representa hoy. Te advierto. Has cambiado la umbría por los horrores de la luz. El extravío de los sabios por el alboroto vano de la civilización. Pido a los dioses de la hojarasca que no salgas lastimada.

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