Me dejan, armado de un celular Sony Ericsson Cyber-shot, en la trasescena de un desfile de modelos. Tengo la misión de tomar cuantas fotos pueda y la autorización para hacerlo como se me venga en gana. Es verdad, no estoy chicaneando. O bueno, sí me estoy vanagloriando, pero da igual. Usurpo el sueño de miles de compatriotas. Y eso que hasta ahora me he guardado un dato adicional: se trata de una colección de ropa interior. Soy un privilegiado, eso es innegable. Entonces ¿por qué no me siento feliz?

La explicación es muy simple. Tengo culillo. Soy un delantero colombiano frente al arco contrario en una final, un french poodle que ya no ladra desde la ventana y debe enfrentar cara a cara a un mastín. Es que hay que tener cuidado con lo que se desea. Puedo dar fe de la resistencia del celular, porque sublimo la angustia apretándolo de forma enfermiza con una mano transpirada, lustrosa como un pingüino recién salido del agua. Y que conste que aún estoy solo.

Llegan las modelos y mi presencia no origina aspavientos. Todas están muy bien. A cualquiera me le mediría sin recurrir siquiera a un ron y no la negaría tres veces después de que cante el gallo. Trago saliva. Me miran de pasada. Cero asombro. Demostrarían más curiosidad si llegaran a su casa y encontraran que bajo la puerta les colaron un par de volantes de pizza a domicilio. Les explico por qué estoy allí y aceptan encogiéndose de hombros. La indiferencia de las mujeres bellas hacia los tipos corrientes, una ley tangible como la de la gravedad que de alguna forma me sosiega. El ostracismo me anima a apretar el obturador con gula mientras ellas, vestidas aún de civil, se ponen una a una en las manos de un estilista solitario.

El tiempo que se consume entre peinados y maquillaje remata las ascuas de mi ansiedad. El tedio convierte el salón en un camerino de fútbol huérfano de expectativa, sin calentamiento ni charla técnica. Las chicas leen, envían mensajes de texto, sostienen conversaciones intrascendentes o duermen. Esto podría resultar tan aburrido como una sesión grupal de manicura libre de chismes. Sin embargo, mantengo el interés porque se muestran desprevenidas, alejadas de la rigidez artificiosa de la pasarela. Cómodas con su cuerpo, pero en buena onda, no al estilo de la teatrera o bailarina desprejuiciada que siempre encuentra la manera de poner sus rodillas a la altura de la cumbamba cuando está sentada a la mesa. Y el resultado de este trozo de cotidianidad es estupendo.

Aprovecho sus descuidos para robarles una foto de una tirilla contra la piel por este lado, una cremallera desgonzada en este otro ángulo y un caminito de vellos rubios en una nuca más allá. Como cultor de los detalles insinuantes podría darme ya por satisfecho, pero no me las voy a venir a dar de austero. Consideraciones cinematográficas aparte, yo soy de los que aplauden a Simón Brand porque en Paraíso Travel le mostró las tetas a todas las actrices de su elenco dignas de exhibición.

En consecuencia, me entrego inerme a la desmesura que se desata con el comienzo del desfile. Doy un prudente paso a un costado cuando empiezan a aflojarse las ropas, pero da igual. Las modelos se dedican con concentración profesional a su trabajo y yo no existo. Soy un helecho que alguien trajo para ambientar sin éxito el camerino. De nuevo la indiferencia de las mujeres bellas hacia los tipos corrientes. El dios de los voyeristas las bendiga por ello. Cambio de ritmo. Frenesí, no existe otra palabra para lo que captan mis sentidos aturdidos. Chicas que se mueven rápidamente, de un lado para otro, cambiándose prendas íntimas con soltura apática. Velocidad. Precisión. Pragmatismo. Nada que ver con movimientos de striptease. Y aun así debo contenerme para no aplaudir. No me pregunten si se cambiaron de zapatos, la sola insinuación de que podría haberme enterado resulta ofensiva. De pronto creo asistir a la multiplicación de los panes. Chicas, chicas, chicas, como diría cualquier repartidor de esquina. Temo que de acá en adelante mi relato se vuelva una acumulación de garabatos sin sentido. Las palabras ninguna justicia le hacen a un cuerpo deseable de mujer. Mucho menos a una horda. Voy a acabar redactando la bitácora de un niño pobre en una charcutería. El monólogo de un baboso al borde de la sobredosis. Pero nada puedo hacer. Tener a mujeres bellas, inmersas en una actividad cualquiera, hipnotiza a los hombres sensibles, los vuelve mariguaneros frente a una pecera. Por eso funciona la sección del programa The man show, donde por largos minutos lo único que se ve en la pantalla son buenonas saltando en un trampolín. Por eso fue tan inspirador el final de la maratón de caminata femenina en los Juegos Olímpicos; el locutor de TyC gritaba emocionado con acento argentino "¡Chicas desparramadas por todos lados!". Por eso en medio de la euforia me desentiendo de símiles y metáforas. Que la coherencia del texto se vaya para el carajo. A mí me absolverá la historia. O por lo menos, en la distancia, lo harán los congéneres que revisiten las fotos e intoxicados por la envidia sientan un sincero y halagüeño rencor.

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