Los jóvenes que me perdonen, mientras les llega el año de concederme la razón. Es decir, si tienen la suerte de envejecer como yo, ni tristes ni alegres, con las mismas ganas de todo y de nada, y el mismo arrojo para el ridículo, la aventura, y el sufrimiento inherente, y la desesperanza. La juventud tiene sus gracias: ímpetu, capacidad para arder, la inquietud, y la ignorancia de su condición pasajera que le presta el encanto de la irresponsabilidad. Pero más vale a veces el hombre de método que el improvisador, excepto cuando es un clarinete de jazz, o está en una orgía.

La vejez está llena de desventajas. Pero están compensadas con los descréditos de la juventud. De jóvenes pensamos que nos deben todo el amor que nos dan. El viejo reconoce el regalo. Y lo recibe con gratitud. El joven lo usa, se empeña en poseerlo. El joven se siente bien amado. El viejo, amando. No diré para defenderme que las cosas viejas adquieren una nobleza inesperada bajo el manto de las células muertas. Además, para eso están los estropajos.

La naturaleza es engañosa. Una flor vaginal abierta devora los moscardones libidinosos después de adularlos. Las manchas del tigre no son hermosas para la gacela. Los ingenuos creen que la gallina pregona el huevo. Los publicistas convirtieron esta melancolía con plumas en el ave emblemática de la profesión. Pero la gallina no alardea. Intenta desviar la atención de los ladrones de nidos. La famosa pureza del amor de la juventud arrastra, con urgencia, a la reproducción, está sometida al pánico de la carne.

Al viejo le falta lozanía, es más opaco, carece del movimiento y la dinámica de los jóvenes. Pero lo mustio tiene su misterio. Las nuevas verdades carecen del sabor de las antiguas que con su permanencia demostraron su bondad. En las iniciaciones, el adepto debe elegir el baúl de plomo. El plomo del alma, y una discreta ceniza, les prestan a algunos una elegancia serena que supera la vivacidad del oro, la dulzura de la plata, la frialdad de los diamantes. La sociedad considera morbosa la desacostumbrada unión del viejo y la joven. Es que detrás de las resquebrajaduras del cuerpo amenazan las desvergüenzas de la última inocencia, habilidades maliciosas, y la conciencia sin ilusiones en las trampas de la carne ni en las promesas de las palabras. Esto ofende a la sensibilidad de la norma que nos abruma. Una desgraciada proscripción condena a los viejos a comprar el amor en las sociedades guerreras como la nuestra, corrompidas por las discriminaciones, y enfermas de miedo.

Hay viejos de nacimiento. Y viejos que mantienen el calor como la brasa, no como la llama, y esparcen el olor noble de las piedras, y cierta sal de infierno de alquimista que reconforta y enriquece cualquier muchacha. Las infusiones de las flores maduras sintetizan poderes. Las ruinas son poéticas y pedagógicas. No hablan solo de fracasos. El aspecto de las cosas curadas que quieren los entendidos compite con el brillo vulgar de las nuevas que todos desean. Las decepciones inevitables de los viejos hacen saludable su camaradería. La conciencia de la soledad en el encuentro es una garantía de la veracidad de su amor. Y su proximidad a la muerte les ayuda a distinguirla agazapada en el cuerpo adorado, para gozar mejor de su fragilidad, y aceptar su presencia efímera.

Hace años un viejo amigo mío fue llevado a los tribunales por unas madres obtusas empeñadas en privar a sus muchachas de una vida impropia. Tuvieron que soltarlo. El ramillete fragante fue unánime: mi amigo les había enseñado la inocencia de la auténtica obscenidad, estaban contentas de ser las corderas del lobo impecable. La paciencia que ponía en querernos no era falta de pasión. Dijo una. Sino la inteligencia del amor que tanto falta en este mundo. Y citó un verso de Dante.

Llámame, entonces, si tienes menos de veinte años. Si ríes dormida, estupendo. Si eres muy bella, mejor. No importa si además eres una rica heredera.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.