Puede ser una falsa nostalgia. Pero me parece recordar un tiempo cuando el amor era pecado. Y más difícil merecer sus milagros. No sé si fue mejor que ahora. Cuando las muchachas andan desnudas por cualquier parte como las mariposas por los jardines (qué harán cuando ya nada les quede por mostrar, ni la orquídea), y se entregan a la primera tentación, en turbios moteles perfumados con aromas de tarro, ofuscadas por las luces estrosboscópicas de las discotecas. Las modelos, actrices, cantantes, las hadas y zarinas de la farándula, comentan con candor en las páginas de los periódicos sus orgías, sus tríos con desconocidas, sus desahogos de viuda. Todas las combinaciones sexuales de la glotonería moderna. El impudor tiene su ranking. Se empeñan en hacer de sus camas una prolongación del escenario.
Aquel tiempo, la participación del demonio y la monja hacía más misterioso el amor. Por una sombría transmutación poética, contra las insinuaciones de los malos amigos que a veces son los mejores, y los mandatos de los filósofos del siglo podridos de jaquecas, el gasto ocasional de un poco de saliva, sudor y semen en un cine se pagaba en las calderas del infierno: las muchachas pertenecían al diablo. Eran fortines de apariencia inexpugnable que guardaba en su nombre alguna monja francesa. O una pequeña tía.
Los muchachos disfrutábamos el reto. Los boleros de moda hablaban entre lamentos de besos robados, convirtiendo en delito la mística comunión de dos tractos digestivos que es un beso. Pero a los adolescentes les encantan las transgresiones y sus peligros.
Entre la primera cita y la primera noche corría un camino largo de rodeos de charlas insulsas y plácidas promesas. Para conseguir el regalo de la pera pálida de un seno de quince años debíamos conquistar antes un blanco dedo meñique con el pretexto de joyería de admirar el rubí de un anillo, la perfumada mano con zalamerías de quiromántico, y la estación del insensible codo.
El enigma del cuerpo del deseo era el botín de la paciencia. Los muchachos perseguíamos a las muchachas por los sombríos escaparates en el juego del escondite. Espiábamos sus duchas con la gravedad de los físicos en la contemplación de los protones en los ciclotrones. La visión casual de unos calzoncitos de encaje nos llenaba el insomnio con mieles de Utopía. A veces llevábamos en el bolsillo del cursi corazón la primicia de un pañuelito con flores bordadas, aromáticas como las otras.
Algunos todavía sentían con los moralistas del pasado que el hombre después del coito es un animal triste. Un deseo podrido llevaba a muchos a dilapidar la plata de sus padres donde el psiquiatra. Pero en general, los muchachos nos las arreglábamos para enfrentar con el cinismo de la naturaleza, después de la ingesta, de la exploración exhaustiva de los entresijos de una muchacha detrás de una húmeda puerta, el juicio divino, las reprimendas de monja, las amenazas del diablo. Elaborábamos el duelo de la muerte del alma acariciando un solitario, fragante guante. O sonriendo a solas como unos idiotas a una fotografía gastada.
Los ataques frontales alarmaban al diablo y su sirvienta. El juego del amor conjugaba los afanes de la pasión con la inteligencia del cazador. El fin era ganarles la muchacha en un ajedrez largo, limpio y bien calculado.
La satanización tenía sus propios inconvenientes. A mí, por ejemplo, cuando al fin, después del rigor de la ceremonia, mi gacela me reveló el nido de pájaro entre sus aromáticos muslos, nos cortaron la dicha. Y me cayó la policía como a un criminal. Y me puso sin cortesías en la cárcel acusado de rapto y estupro. Como Paris. Es injusto culpar al diablo y a la monja, ella se había quedado dormida esa tarde, del injusto calabozo, las rejas malolientes, y el despojo de mi inolvidable amante. Fue otra injusticia de la estupidez humana. En trinca con un abogado llamado Alberto Aguirre, huésped habitual de esta revista de muchachas desnudas, mientras pone esa cara de liberal volteriano que es su máscara.

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