Los amores felices son tan raros como los unicornios, también en la tribu de los poetas. Casi todos naufragan en la miel, y asfixiados por sus propios besos pagan los fulgores del principio con la experiencia sucia de ver el paraíso convertido en erial. Jamás se cansaron de lamentar el día deplorable cuando la novia apareció a sus ojos convertida en bruja o, en el mejor de los casos, en una mujer cualquiera. Como los demás mortales, los poetas vivieron esta tragedia tan conocida. Uno escribió, a modo de consuelo: el amor no es efímero: es efímero el tiempo.

Un novelista norteamericano de éxito, eterno frustrado del amor, dijo una vez en el colmo de la decepción amorosa que todas las mujeres estaban locas y que deberíamos mantenerlas en jaulas. Pero los novelistas de la tendencia machista norteamericana suelen disfrutar el escándalo de sus declaraciones extremas de borrachos perpetuos. Lessing, más piadoso, afirmó: solo había una mala mujer. Y fue la mía. Sartre declaró que la mujer es una ilusión.

Algunos piensan que los hombres de buena suerte con las mujeres son los que cuentan muchas en su vida. Es al contrario. El triunfo sobre las mujeres consiste en atrapar para siempre la primera, el amor de la inocente juventud. En eso radica el secreto de la inocencia perpetua, contra los desgastes naturales de las demás cosas.

Un poeta árabe dijo: todas las mujeres son la misma mujer. Todos los poetas escriben el mismo poema. Pero el francés Paul Verlaine, compatriota del de la duda metódica, cantaba el sueño repetido de una extraña que no es la misma cada noche, ni tampoco otra. Sin embargo, acabó abandonando la suya por ir con un revólver detrás de un adolescente con visiones de ángel caído.

A Elliot le tocó el vía crucis de convivir con una mujer delirante, a quien soportaba por cortesía. Shakespeare escribió los sonetos de amor más misteriosos del mundo, dedicados con mucha probabilidad a una persona distinta de su esposa. Ana tuvo que conformarse con la herencia de su segundo mejor lecho, tal como quedó consignado en el testamento del divino marido. El ordinal convierte la donación en un ejemplar de la ironía y la venganza. Rezuma resentimiento.

Sócrates, que escribió apenas unos pocos versos mientras preparaban la cicuta, impregnó de soslayo la historia con su cháchara eterna a través de sus discípulos. Su famosa paciencia convence mejor que por la abundancia de palabras, por la capacidad para aguantar a Jantipa, arquetipo de las esposas inaguantables. Jantipa, "ya la conoces, Equécrates", hasta la cárcel lo siguió con sus pataletas, tentándolo para que malbaratara en un solo día con una flaqueza el capital de una vida ejemplar.

Sócrates, que no bebía como Mailler, no odiaba como Mailler, que no cesaba de correr tras ellas, a las mujeres. Y manifestó su afecto por Aspasia, Diotima, y Teodota la hetera.

Un matrimonio tan patético como el de Elliot fue el de Tolstoi. Antes de cumplir el primer año de convivencia descubrió que se había casado con la mujer que menos hubiera querido. El drama está registrado en sus diarios, amojonados por el deseo de apartarse de las agrieras de su carácter. Con una diferencia. Eliot estuvo casado con una demente, mientras los apuntes autobiográficos de Tolstoi dejan la mala impresión de un colérico, plagado de escrúpulos de moralista, de un intolerante con ansias de cambiar el mundo, con arrepentimientos de chivo. Y de una esposa con sentido común, un sentido tan repelente para los artistas, sobre todo cuando se dan ínfulas de reformadores.

Tolstoi tomó la decisión de liberarse del hogar de espinas demasiado tarde para un octogenario. No llegó demasiado lejos. La muerte esperaba al monstruo en Astapavo. Porque es un monstruo, uno empeñado en inventar la paz universal y la fraternidad humana, que es incapaz al mismo tiempo de mantener la armonía en su casa, y hacer feliz a una esposa. Yo mitigo mis fracasos esperando que mi mala suerte en el amor sea un rasgo del genio.

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