La guerra, el amor y la muerte son los temas eternos de la literatura desde La Ilíada de Homero. Estas desgracias de la carne son bendecidas por la belleza, para volverlas aguantables, y concederles un significado.

Romeo y Julieta y Otelo de Shakespeare, Ana Karenina de Tolstoi, Madame Bovary de Flaubert, la novela interminable de Proust, Lolita de Nabokov, Del amor y otros demonios de García Márquez, exploran las decepciones y los estragos del amor. La más minuciosa novela sobre sus asuntos en nuestro tiempo, el Cuarteto de Alejandría de Durrell, en cuatro tomos llenos de lirismo nos pasea por galerías de amores lícitos y prohibidos, la pederastia, el incesto, los amores del interés, los imposibles, en un fondo de intrigas diplomáticas, suicidios, linchamientos, asesinatos.

El amor está lleno de riesgos. Como la guerra, a veces nos degrada y deshumaniza, devolviéndonos a la bestia ciega del origen, o a la blanda condición del gusano. Pero el más rampante de sus peligros es la cursilería.

Los novios de hoy, esposos y amantes, se cruzan en el aniversario del primer beso, cumpleaños y onomásticos, pequeños regalos bobos que hacen dudar de la seriedad de sus sentimientos: ositos de raso, corazones de vidrio, tarjetas con dibujos de tórtolos unidos por el pico bajo lunas inverosímiles, nomeolvides en letras de imprenta. La industria tipográfica los salva del propio ridículo.

Los novios antes, me acuerdo, debíamos escribir nosotros mismos los textos de las esquelas. Y en las ausencias, alimentábamos la hoguera del corazón amado con folios encendidos de cartas plagadas de meloserías inconfesables en sano juicio, que andando el tiempo inspiraban autocompasión y vergüenza de haber caído, en la obnubilación, en semejante retórica. Los más osados, entre quienes me conté, agregábamos a los epistolarios sonetos sanforizados que no encogen con las lágrimas, odas repelentes, anagramas especiosos. Depresiones del verbo. Que después hacían sonrojar al menos autocrítico de los mortales.

La poesía amorosa acompañó las otras locuras humanas desde los primeros días del mundo. Poemas de indefinible belleza como el Cantar de los Cantares, paradigma de gentilezas de amor. Las cosas de Petrarca. Los sonetos resignados de Shakespeare. Los hiperbólicos de Garcilaso. Los cantos eróticos de Las mil y una noches, son ejemplares del buen uso de la literatura de enamorado. El español Pedro Salinas dejó un par de poemas de amor memorables. Rilke, en Elegías de Duino, alzó las efusiones del amor a la reflexión filosófica. Louis Aragón escribió No hay ningún amor feliz, un poema conmovedor. Y el poema Libertad de Éluard disfraza una mujer bajo la utopía del escritor de izquierda. Bécquer, el poeta romántico por excelencia de la tradición literaria en castellano, colmó los delirios amorosos de los adolescentes latinoamericanos de tres generaciones con sus oscuras golondrinas. Pablo Neruda lo reemplazó más tarde con sus gordos suspiros. Y titilan azules los astros a lo lejos.

La poesía de amor es una antología intrincada de trenos de viudos. Alguien notó que no existen fantasmas en las casas de las familias felices. Por la misma razón los poemas de los amores incompletos son más abundantes que los de los amores saciados.

Mario Benedetti, un uruguayo, ha explotado en los últimos años, con lealtad de minero, la veta de la poesía amorosa. En Colombia dos Jaramillos, antioqueños ambos, Darío y Jorge, ceban sus númenes en las servidumbres del enamoramiento y hacen desmayar a las recién casadas con sus colecciones. Es difícil no traspasar el límite, salvarse de las ostentaciones del afecto que resultan cómicas a la primera vuelta del reloj.

La modernidad latinoamericana para completar las torpezas del amor inventó los boleros, expresiones de una sensibilidad enferma, retorciendo las formas de la antigua endecha. Y para reemplazar los dramas de Shakespeare, las telenovelas lacrimosas, ejemplares del mal gusto y la superficialidad. Cuyo prestigio universal, además, hace sospechar de la inteligencia de nuestra edad científica, pues envenenan con sus tósigos el imperio pornográfico de Bush lo mismo que el de la decaída fantasía de la caridad bolchevique con sus Julietas de silicona y Romeos de almíbar.

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