Los psicólogos de profesión que viven de la cháchara, en los medios donde se anuncian y en los consultorios donde medran, suelen decir que la comunicación es la piedra de ara del amor. Pero la comunicación tiene distintos niveles fuera del escándalo verbal. Hay para empezar, o para terminar en el amor, el diálogo de las pieles. Cuando los cuerpos enfrentados se ausentan de este mundo y hasta el alma desaparece. Entonces, cualquier palabra convierte el milagro en un desastre. A lo sumo cabe sin provocar una catástrofe, alguna onomatopeya visceral. Y aun algún suspiro menos noble.
La comunicación verbal complica a veces las cosas de la gente. Todos hemos experimentado la miseria cuando una persona que deseábamos se derrumba con las primeras palabras que pronuncia. Cuando aquella que amamos nos hiere con el recuerdo de una debilidad que le confiamos. O cuando la lastimamos con la memoria de una minucia que nos reveló el día patético de su sinceridad. La sinceridad es descortés. Carga al depositario de la confidencia con sospechas no solicitadas.
Creo, psicólogo a mi modo, aprendiz en antros de vicios y salones de empingorotados, es decir, en la vida y las calles donde aprendemos de veras sobre la condición humana, que unas pocas palabras bastan para mantener vivo un amor. Las suficientes para saber con quién estamos y adónde navega.
Todas las mujeres coinciden en que lo primero en un hombre es que las haga reír. Que les sacuda los entresijos con su ingenio: y el ingenio es parco. De todos los subproductos de la inteligencia la risa es el más parecido a la exacerbación sexual.
Las mujeres no necesitan que los hombres les comuniquen nada que no sepan. De hecho, el exceso de palabras hace a los hombres aburridos para las mujeres, sobre todo cuando empiezan, me dijo una veterana, a hablar de sí mismos, y se vuelven demasiado autobiográficos. O filosóficos. Ellas tienen suficientes problemas por resolver tratando de entenderse a sí mismas para que las embromemos con Derrida o Popper.
La mayor conquista del amor se realiza cuando aprendemos a compartir los silencios sin inquietud. Envidio mucho esas parejas que pueden quedarse largo tiempo, tardes enteras y profundas, como si oyeran crecer los hongos o trabajar a los relojes. Y establecen sus propios códigos para decirse lo que quieren, levantando una ceja, alargando una comisura, o con un carraspeo rudimentario: la felicidad del instante o la decepción amarga después de asomarse a las cataratas del Niágara o de conocer la Estatua de la Libertad.
Claro. Hay silencios de silencios. Algunos repugnan, aceitosos. Los de esas personas que se hunden como barcos podridos a tu lado. Y hay silencios musicales en cuyo fondo murmura un alma con claridad. Hay silencios que marchitan las ensaladas y apagan las esmeraldas: son silencios de plomo donde uno teme introducir una observación innecesaria. Y hay silencios hospitalarios que nos reciben sin sobresalto e inspiran confianza. El silencio tiene calidades infinitas. Las palabras son mucho más limitadas. El silencio está abierto. Las palabras son laberintos.
Nada enamora como el silencio de una mujer cosiendo un escarpín. Ni existe nada más hermoso y triste que el silencio de otra a punto de irse, en el rumor nocturno de la lluvia.
La poesía sobre la cual hacen tanto ruido como si fuera un adorno, no es más que el último peldaño hacia el silencio místico. La frustración del artista incapaz de hallar la perfección, ni de callar, por vanidad, aquello que se empeña en vano en alabar, se parece al fracaso de los amantes que se confían a las palabras, adonde escapan, donde se ocultan y disuelven.
Ahora: me pregunto por qué digo "los hombres", eludiendo la primera persona. Y recuerdo lo que dijo de sí mismo el ruso Vladimir Maiacovski: yo no soy un hombre. Yo soy una nube en pantalones.
Nunca olvido a la poeta argentina Marta Menujin. Ella escribió hace años en la pared de un museo en Medellín: "No me hables. Quiero estar contigo".

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