Todos hemos padecido el espanto del día cuando al mirar a la mujer amada descubrimos que ya no nos pertenece más que como nostalgia, que se ha ido dejándonos su sombra.
La fatalidad no es imputable a las pobres mujeres, siempre invencibles. Y tampoco es culpa nuestra. Así son las cosas. Un día sin aviso, sin que podamos evitarlo, la novia se transforma en una desconocida. Como en los trucos de los prestidigitadores. O en los hechizos.
Unas veces la costumbre asesina conduce a desgraciar el objeto sagrado. A fuerza de estar cerca se hace previsible, el interés se apaga. Otras es mera distracción. El olfato deja de percibir los secretos de un alma, o de una carne, el alma y la carne esconden secretos paralelos.
Jean Paul Sartre, aunque se parecía tanto a un sapo, tuvo la fortuna de conservar el amor feliz de la juventud hasta la muerte. Simone de Beauvoir, su desabrida mujercita, debió convertirlo para siempre en príncipe con un beso de fábula. O Sartre, tan inteligente, conoció el modo de mantener su enigma. Una vez dijo que es una ingenuidad mostrar todas las cartas de nuestro juego en un mundo lleno de dobleces. Aconsejaba mantener una reservada de sorpresa.
También dijo que la mujer es una ilusión. Como si dijera que cuando el deseo y la curiosidad se sacian la mujer parece un despojo más que una compañera. Y se vacía. No queda más que un eco, un rastro de perfume.
El brillo de las estrellas de la primera mirada, la tierra prometida en el primer beso, después de la revelación de las potencias oscuras de la naturaleza que la mujer abre a quien quiere, se disipan en tristeza, perplejidad, amargura o fastidio. Unas pocas veces queda un amigo de ganancia después de la transformación inesperada. No es un residuo desdeñable.
Algunas mujeres son frágiles, otras duran más, en cuyas estaciones nos demoramos como en un vicio. Pero todas descubren al fin la grieta por donde se filtra el encanto, como las canciones que se van deteriorando en el recuerdo, o los fantasmas de unas flores sin gloria de un altar caído.
Lo más seguro es el adiós, dijo un poeta. Que la única forma de estar juntos es una despedida larga, clara. Igor Caruso en un libro conmovedor, La separación de los amantes, asimila el cataclismo con la muerte y el duelo.
Es una descomposición en intimidad. Igual al castigo impuesto a sus enemigos por el tirano Mezencio en La Eneida, atados a un cadáver boca con boca. Pero, dice Caruso, después del luto los amantes que cumplieron, a cabalidad, el sacrificio del amor, recogen sus caminos con un sentimiento de plenitud.
Por eso habría tantos crímenes de amor, tantas baladas lastimeras: en un mundo impotente para vivir la autenticidad del amor, este se transforma en rencor sucio. O en espesa dependencia.
Los hombres que reducen su vida amorosa al mariposeo, que van de mano en mano, de cama en cama, ignoran que todas las mujeres son la misma mujer según proclamó el pensador árabe. Y se convierten en un cementerio ambulante de tumbas de mujeres que se pudren bajo un nombre sin epitafio. Y saben, tarde, que lo mejor hubiera sido conservar la novia de la primera inocencia. Pero para eso necesitamos, más que la resignación de los matrimonios equivocados, y desavenidos, generosidad, sabiduría, y la protección de los dioses imprudentes del amor cuyas dádivas son siempre ambiguas.

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