Durante los últimos meses dediqué buena parte de mi modesto genio a cocer estas notas regulares sobre el tema cerrero del amor. Ese servicio que como si no tuviéramos bastante con soportarnos a nosotros mismos rendimos a los sagrados úteros en beneficio del bíblico creced y multiplicaos, y que en vez de cumplir con la inocencia de los monos adornamos con parafernalias de rosas, sonatas y sonetos en cuyos catorce escalones, sin el estrambote, nos entregamos al delirio de comparar unos labios con unos claveles, un par de ojos con el cielo diurno, un vientre con un altar de pan de trigo y la voz de una muchacha con la de los oboes. Dando oficio a los jardineros y los floristas, a los mensajeros de las floristerías, los editores de florilegios, los locutores de las emisoras de baladas, y a los baladistas, los telenovelistas, y los maestros de pompas fúnebres de los uxoricidas y los suicidas por amor.

A partir de este número, sin embargo, mis deberes mensuales, como ciertas costumbres femeninas, toman otro rumbo. No hemos conseguido ponernos de acuerdo con la dirección si escribiré en adelante una autobiografía espinosa con pelos y señales, bajo un seudónimo polivalente, donde relate el tiempo que pasé en las cárceles de Dios de los seminarios, monasterios y casas curales, en las de los pequeños bandidos plagadas de mugre, en las de los asesinos avezados revuelto con la hez de la tierra, en las de la psiquiatría moderna, las del ostracismo voluntario o en las blandas de medio centenar de mujeres que me prodigaron sus mieles y sus venenos en dosis iguales.

O una carta mensual a nadie, alguno o ninguno. Al Presidente, al guerrillero más viejo del mundo, a un amigo desaparecido al doblar la esquina, a un perro llamado Guillermo derrotado por la sarna, a la ondina que me asaltó una mañana lejana mientras contrastaba la música de un remanso con los retumbos de una alegre cascada, o a mí mismo que no tengo quién me escriba como el coronel del cuento.

Por mí, hubiera seguido escribiendo hasta el fin de los tiempos sobre lo que ignoro: es decir, sobre la manera de amar a una mujer, y cómo conseguir después de una brega de sudores y pujidos y lamentos de agonía el oro eterno que pretendí atesorar en las entrañas femeninas, en el abrazo de dos que desesperados agonizan tratando de alejarse, según la expresión del poeta Amílcar Osorio. Pues eso es lo que hacemos siempre cuando creemos amar. Desesperar por escapar. Y caemos en las trampas del deseo por ponernos a salvo de los espantos de la soledad.

Pero en la dirección debieron darse cuenta de la desventura de obligarme a hablar mes tras mes de un fenómeno cuya esencia desconozco aunque me hice viejo en sus júbilos y sus iras. Partiendo al desengaño y volviendo a empezar desde la inocencia de la ilusión. Sin comprender jamás más allá de lo dado. Ni resistir a los perfumes de Eva. Desde la primera infancia cuando las muchachas del vecindario me comían a besos, y yo me dejaba, hasta la madurez de hoy, si no es algo peor, cuando he sido convertido en un nuevo Tántalo o en el nuevo zorro de la fábula de las uvas.

Lo peor de envejecer es la renuncia a los paraísos de la carne joven. Resignarse a los placeres de la música y la lectura lejos de la compañía de las muchachas. Reconocer que al cabo de los besos quedamos reducidos al silencio y a la añoranza. Y reclamar en vano a la naturaleza por su diseño erróneo, pues hizo inmortal el deseo, el cuerpo marchitable, y mezquina a la hembra.

Así digo adiós a estos moteles, y hasta pronto a los aficionados a los productos de mi mecanografía. Espero que la máscara que traiga al volver en mi nuevo desempeño, sea la del autobiógrafo bajo seudónimo o la del epistolista de ironías, resulte más creíble que la del viudo, inconsolado, convertido en teórico de Eros en una revista de nalgas, como esos novelistas fracasados que critican las novelas de otros en las páginas de comentarios bibliográficos de las revistas especializadas.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.