La pasión del principio degeneró en unos silencios esponjosos, de yermo, y decidimos separarnos. Prometí volver por mis libros cuando pudiera. Y cerré la puerta del apartamento detrás de mí con un suspiro de alivio, mezclado con la incertidumbre del futuro que nos aguardaba. Emprendí, para alejarme de las tentaciones de volver, un negocio de antioqueño en el culo del mundo, en una hoya chocoana cerca de una comunidad de indios. Les cambiaba cacao por pilas, sal, velas. Un desastre de empresa en sociedad con un loco que alegaba contra Freud todo el santo día.

Cuando regresé a la ciudad fui a visitarla. Había arrumado mis libros en cajas de cartón en el cuarto de la sirvienta. Me inquietó un olor ajeno en el ambiente. Quizás de otro macho. Me invitó a un té ahumado con tostadas industriales, que yo detesto. Las costumbres habían cambiado en la casa en mi ausencia.

Algo sucedió en mí, lejos, en las geografías del alma y la memoria. Sentí que la necesitaba, que era hermosa como antes. Esa noche en la cama alquilada del hotel donde me quedaba pensé en ella, en nosotros. La llamé de mañana. Estaba de salida. Me dijo. Había conseguido un trabajo. Quizás en otra ocasión. Dijo. Su voz fría. Me sentí vacío como un guante.

Seguí llamando. Casi nunca tenía tiempo para mí. Le propuse que me invitara otra vez a ese té de humo. Mentí que me había gustado. Ella no sabía cuándo sería posible. Entonces, empecé a rondarla como un asesino. Muchas noches amanecía en el parque frente al apartamento muriéndome de amor y de frío. Veía ondular su sombra detrás de las cortinas. Entre la cocina, el dormitorio, la sala, el comedor, su sombra. Y cuando apagaba la luz seguía sentado en el banco, vigilando su sueño hasta el despuntar del sol. Una vez entré en el edificio. Abrió la puerta, sorprendida, me dijo que debía marcharme. Pero regresé al día siguiente con un ramo de flores magníficas y la disculpa de un libro que necesitaba. Me dejó entrar. Tiró las flores sobre un sofá sin reparar en su belleza. Y me rogó que retirara mis cosas. Necesitaba espacio. Tal vez, dije, debíamos reconsiderar el asunto. Darnos una segunda oportunidad, después de una hermosa, larga relación. Pero ella había decidido para siempre.

Otro día, iba a estampillarme la puerta en la cara, puse la cuña del pie como un ladrón y la obligué a recibirme. Nada valió. Amenazas de suicidio. Dije que iba a incendiar la casa. Y el mundo, hasta el África. Probé la ternura, las lágrimas, ira, tristeza, ruegos, promesas de rosas.

Un lunes, la puerta del apartamento estaba abierta por la gracia de Dios. O del Diablo. Al entrar oí correr el agua de la bañera. Abrí con sigilo la puerta del baño. La contemplé un largo rato desnuda enjabonándose detrás del vidrio ahumado de la celosía. Cuando hablé se sobresaltó. Entonces tuve la ocurrencia. Si me dejas hacerte el amor, te pagaré... Dije una cifra de los tiempos. Ella golpeó el vidrio con la mano furiosa. El jabón rodó. Al recogerlo vi el milagro de su culo. Estoy desesperada. Dijo. Voy a llamar a la Policía, dijo. No la tomé en serio. Subí la cifra. Y la seguí subiendo. Mientras ella protestaba yo subía el precio, desesperando, muriéndome por ella. Hasta que la cifra dejó de ser desdeñable para ambos. Entonces calló. Y cayó. Descorrió la celosía. Yo ya estaba en cueros. Apartó las piernas. Enarbolé la espada, acometí por debajo, la levanté, triunfante. Pero, haya sido la tensión del regateo, la abstinencia, tanto soñar ese momento, o porque me miraba como una mujer que cumple una tarea rutinaria, me disparé a destiempo. Y todo terminó y supe que ya no habría esperanza. Me sequé avergonzado aspirando el olor de su cuerpo por última vez en su toalla. Me vestí sin prisa como un derrotado. Dejé junto al espejo el pago convenido. Y desaparecí sin un adiós compensando el fracaso de la reconquista con el sentimiento vengativo de haberla rebajado a puta. Una empresa especializada recogió los libros quince días más tarde.

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