El sentimiento del cuerpo como pecado es muy antiguo, porque es también la experiencia de la separación y de la urgencia de compañía contra el crimen de la soledad. El cuerpo es un extraño mortal que atendemos, lleno de carencias, desvalido. El guardián del enigma del alma. El estuche del espíritu que resguardamos de la mirada ajena.

Hasta donde corren mis cuentas, fue en los tiempos de las demencias de la Contrarreforma cuando se exacerbó la hipótesis de la enemistad con la carne. Entonces comenzaron a ser vistos en Occidente como un problema los cardenales sibaritas del Renacimiento que se acostaban con sus primas hermanas. Y sus sobrinos. Y amaban los trajes opulentos, los armiños, la seda. Porque no se vestían para cubrirse, sino para coquetear.

El aire de la culpa donde habita el cuerpo para nosotros ahora, a pesar de los tormentos morales que nos causa, y de las perversiones que nacen de su ocultación, también trajo dichas por contraste. La exclusión valoriza, y por las facultades de la imaginativa como decían los teólogos antiguos, el tobillo entrevisto y el hombro indiscreto se convirtieron en primicias, hasta que llegó el siglo veinte, devastador, a desnudarlo todo.

El pecado del cuerpo con sus terrores de condenación y sus demonios comprometidos con sus malicias le concedió un misterio que no conocieron las tribus en cueros de anteayer. El vestido, como adorno, o como protección contra el polvo, y la canícula, y la vista del otro, sobre todo, también es un límite por conquistar, un desafío. La frontera del vestido aumenta los encantos del cuerpo, retirado, ausente, envuelto, insinuándose.

El pecado y el traje nos dieron la felicidad de desvestir. De penetrar en la realidad de la carne prójima pelándole las conchas de disimulo. Todos recordamos el día del milagro de la primera vez que un cuerpo ajeno apareció en nuestros brazos. Redimiendo las vergüenzas del nuestro con la revelación mística de una presencia. Esos senos, ese cielo invertido del vientre, la noche perfumada de un pubis, entregados en confianza.

Estos días, en una lectura casual encontré un placer añadido al pecado. Distinto del placer de desvestir el objeto del deseo. Fray Juan de Santa Gertrudis, un fraile franciscano de misiones por el Putumayo en el siglo dieciocho, autor de un libro titulado Maravillas de la Naturaleza, propone un gusto inédito para este tiempo cuando todo el mundo aspira a empelotarse, o a empelotar. En rebelión contra las deformaciones de la Contrarreforma. En busca de la liberación de la tiranía del miedo de lo corporal.

Fray Juan, que no era de palo, por supuesto, confiesa primero su perturbación. Por no ver, dice, desnudas todo el día delante de sus ojos dos mocitas que había tomado para que asistieran su casa, tomó unas telas que tenía, y les trazó a cada una, una camisa. Para follera, dice, cortó las faldas de una túnica suya. Y agrega, que como llevara algunos peines y cintas, se dedicó a peinarlas una tarde. Y les ató una crisneja. Y les puso zarcillos de cobre amarillo en las orejas. Y de abalorios que traía de España, y de cuentas de cristal, les hizo gargantillas.

La tarea espiritual del misionero suena excitante. Por el amor moroso que pone en relatarla. Es obvio que el deber misionero supera el acto misericordioso de vestir al desnudo. Habla con intensa ternura. Gargantillas de cristal, abalorios y peines. Y la follera de su propia túnica.

Uno puede jurar, sin faltarle al fraile, que gozaba. Y que el diablo de los franciscanos que es sibilino, estaba presente, disfrutando con él, mientras realizaba su labor civilizadora con sus muchachas.

Por desgracia, termina fray Juan, después de su erótico trabajo, del esmero del modisto que hace con sus propias manos y de su propia túnica los trajes de sus amores, y de las curias de joyería, cuando sus indias emperifolladas abandonaron la habitación, y se presentaron ante la tribu, esta las recibió con una carcajada unánime. De modo que sus muñecas recién vestidas tiraron sus atuendos. Y no hubo manera, dice el padre, de volverlas a vestir.

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