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Publicado 2012-03-16

Elogio de la mujer negra

Por Jaime Jaramillo Escobar

En su edición de diciembre de 2011, la revista española ¡Hola! destacó a doña Rosa Jaluf de Castro y su descendencia femenina como “las mujeres más poderosas del Valle del Cauca”. SoHo respondió a esa publicación con esta edición.

Elogio de la mujer negra. Belky Arizala, Yésica Paola Montoya, Diana Mina y Vanessa Parra. Fotografía Pablo García
En la edición de la revista ¡Hola!, la doña posó de punta en blanco con su hija, Sonia Zarzur de Daccach, su nieta Royi y su bisnieta Rosa en su “mansión hollywoodense” de Cali, mientras un par de empleadas del servicio de raza negra sostenían, en perfecta simetría decorativa, elegantísimas bandejas de plata. SoHo no quiso darle la espalda al desafío de continuar el legado de la revista ¡Hola! y por ello invitó a Belky Arizala, Yésica Paola Montoya, Diana Mina y Vanessa  Parra, cuatro espectaculares modelos colombianas, para que posaran de punta en negro en una poderosa mansión hollywoodense.

Devolución de atenciones con unas fotos tomadas en el formidable Beverly Hills cundiboyacense.

El color original de la humanidad es el llamado negro. Todos somos negros y africanos. La humanidad no nació en el fértil valle entre los ríos Tigris y el Éufrates, creada por un dios rubio y altanero, como enseña la leyenda religiosa, sino en el hoy desprestigiado ‘Cuerno de África’ (Unesco. Historia de la humanidad).

A medida que grupos errantes se desplazaban hacia el norte, encontrando tierras menos cálidas, fueron perdiendo la melanina, protectora contra los efectos del sol, o sea que somos negros desteñidos y pretenciosos. El blanco mira al negro por encima del hombro, y el negro mira al blanco por encima del hombro, y los dos son el mismo animal que se desconoce y desprecia. Mucho antes de que la Edad de Piedra llegara a su fin —anota Sir Leonard Woolley—, las principales ramas de la raza humana se habían diferenciado físicamente y, en cierta medida, también mentalmente.

Los primeros hombres de raza negra —apunta Jacquetta Hawkes— hicieron su aparición en el norte del Ecuador, en Asselar, a unos trescientos kilómetros al norte de Timbuctú, a fines del Pleistoceno, o algo posterior. En la Antología negra, de Blaise Cendrars, Nzamé hizo todas las cosas y, cuando hubo acabado, llamó a Mebere y Nkwa y les mostró su obra. Obra culminada con grupos de enemigos que, hasta hoy, se complacen en destrozarse mutuamente. Tratando de moderar sus excesos, les dio leyes como estas: no robaréis dentro de vuestra tribu. No mataréis a los que no os hayan hecho mal. No iréis a comeros a otros por la noche.

Siglos después, empiezan a llegar poblaciones negras a este continente, en la forma bien conocida, registrada por Borges en su Historia universal de la infamia: en 1517, el padre Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas.

Por cruces genéticos y condiciones de origen geográfico y cultural, la fisonomía y la coloración van cambiando hasta reproducir la notable variedad de tipos llamados amarillos y morenos, que llegan a ignorarse entre ellos mismos. Y así tenemos la espléndida y lujuriante presencia de modelos que adornan esta edición con la gracia y el donaire con que la fotografía anula las palabras.

Cómo han sobrevivido en adversas circunstancias las gentes llamadas eufemísticamente de color, hasta llegar a las exclusivas páginas de SoHo, es una historia interesante. Tan bellas mujeres son producto de asombrosas transformaciones. Comprueban la existencia de Dios, según el poeta Verano Brisas.

Esa belleza es así porque está sustentada en la fuerza que posibilitó la resistencia de una raza. Los esclavos tenían tanta vida propia, tal personalidad —se lee en Ramón Gómez de la Serna— que por eso pudieron ser esclavos. A un blanco le hubiera absorbido y apagado la esclavitud. El negro baila poseído de la gran bestia original, canta Luis Palés Matos.

Andando el tiempo, se producen deslumbrantes resultados. La influencia de África en Europa y América renueva las artes con vigor insospechado.

En 2010, el Ministerio de Cultura publicó la colección Biblioteca de literatura afrocolombiana, en 19 volúmenes, con 74 autores representativos: 16 hombres y 58 mujeres. Así que no solo se exhiben belleza y festiva sensualidad, sino que la mujer admirada cuenta también con el respaldo de una tradición artística sólida, duramente fraguada y por ello significativa, de perdurable importancia en la memoria nacional.

La literatura y las artes se demoran en el elogio de la mujer morena, desde los famosos versos del Cantar de cantares: Negra soy, pero graciosa. / No os fijéis en que soy morena: / Es que el sol me ha quemado.

O la evocación de Luis Palés Matos: Es la negra que canta / y su canto sensual se va extendiendo /como una clara atmósfera de dicha / bajo la sombra de los cocoteros.

Y no solo voluptuosas reminiscencias. Seamos sensatos: también la nodriza maternal, ama de leche, la más importante de todas, la que ningún artista olvidó, la que todos lloraron a su muerte, regresando en su recuerdo a los amorosos días de la infancia. Y así canta Ciro Mendía: ¡Ay Rosa, la brava Rosa, / ay qué bueno me pegaba, / si no corría al aljibe / a traer poemas de agua!

El escándalo suscitado recientemente en los medios impresos por una fotografía de señoras en Cali, con sus doncellas portando un servicio de mesa, es una buena muestra de la hipocresía social y de lo fácil que resulta manipularla por una revista como ¡Hola! con fines publicitarios. Cabe decir, palo porque bogas y palo porque no bogas. Si a los morenos se les ofrece trabajo es explotación, y si no se les ofrece es injusticia. Pero esos mismos que los “defienden” los llaman negros despectivamente. Negros que, con su trabajo, su música, sus canciones, su arte admirable, son el complemento de una cultura a la cual infunden vigor, alegría y generosidad, despreciando su historia de maltrato y marginamiento. Por tales motivos hacemos la parodia en esta edición de SoHo, utilizando una especie de negativo de la foto original. Crítica burlona pero amable, no de la revista española, sino de la hipocresía social que, de un suceso nimio, bien o mal calculado, forma un escándalo desproporcionado cuando tantos asuntos importantes reclaman la atención pública, seria y responsablemente informada.

Revivamos nuestra historia
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