Con la mirada penetrante sobre el otro, con ese contacto visual que te corta la respiración y que te impide pensar en nada distinto a tu cuerpo y al de tu compañero. Me quedo con ese juego de sombras y luces rojizas, azuladas, violáceas que crean una atmósfera ideal para perderse en el mayor de los placeres.

Con ese vaivén que te lleva de un paso violento que te agita a uno suave que como una cuna te arrulla a la luz de la luna. Con esas prendas que evocan los cabarés parisinos, medias veladas de cuadros, corsés, bragas y brasieres de colores dramáticos como el negro o el rojo carmesí.

El tango es seducción. Es como ese preludio necesario de palabras cariñosas y fuertes al oído. Comienza con un abrazo incompleto, pasa por un entrecruzarse el uno con el otro y termina con un beso y un desvanecimiento en el que el cuerpo arqueado se rinde al placer. El tango, como el sexo con amor, evoca las pasiones más oscuras, los instintos animales y los sublima.

Por su mezcla de violencia y erotismo, de texturas suaves como terciopelos, el colorete rojo que marca el papel, los zapatos de cebra, el tigrillo disecado, el mosquete antiguo, las pieles de leopardo, res y oso que me acompañan en estas fotos. Todas expresiones de esa pasión salvaje, pero sofisticada y tierna, que podría hacerme tener ese orgasmo ideal.

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