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Publicado 2010-03-24

Muéstrame tu cóccix

Por Eduardo Escobar. Fotografías Álex Mejía

Una de las mayores fijaciones del hombre: el cóccix de la mujer. SoHo les pidió a varias modelos que mostraran los suyos.

Muéstrame tu cóccix. "La cicatriz que tengo el el cóccix es de una cirugía de anclaje de médula que me hicieron cuando tenía 12 años. Había un 50% de posibilidad de quedar inválida, pero si no me la hacía iba a convertirme en 'El jorobado de Notre Dame'". Lina Angarita
Concedamos con las filósofas del feminismo, casi siempre tan poco atractivas y tan dogmáticas y ríspidas, que las mujeres son más de lo que contiene la gloriosa zona intermedia situada entre las mágicas articulaciones de las rodillas y el ombligo, la más inevitable de las cicatrices y la única honrada siempre. Sí. Las mujeres también tienen cerebro y corazón y dicen que pueden producir ideas como su congénere el macho, aunque Schopenhauer las minimizara al decir que son un animal de ideas cortas y cabellos largos. Aseveración infundada hoy cuando las muchachas se rapan y los muchachos llevan y traen los cabellos sobre los hombros.

Una cosa es verdad. A la hora de compartir con ellas esas actividades que mejor nos dejan encajar con sus mercedes, más gustosas que discurrir sobre los textos de Pitágoras, es mejor si fuera de talentosas son bellas, tersas y aromáticas, aunque no sean diáfanas, y que sepan abrir las piernas con gracia. Siempre se les agradece la generosidad de permitirnos en la embriaguez de la confianza, el acceso a las perfumadas, húmedas grutas guarnecidas de terciopelos por donde descendimos de las noches tibias del útero a este mundo.

Un hermeneuta pasado de precavido insinuó que cuando se abren como las tijeras se convierten también en una amenaza de castración. Pero no interesa: sus adictos siempre están resueltos a correr el riesgo de perder lo demás cuando han extraviado la cabeza por ellas.

Dígase lo que se diga es bueno que sean bonitas por fuera. Nadie dice que una mujer con la que se puede hablar no es un tesoro, que la inteligencia y la risa, que es uno de sus más reputados subproductos, importan el día de entrabar relaciones con ellas. Pero una con la que puedes callar sin sentirte culpable dobla el precio. A mí no me vengan con cuentos: las mujeres fueron creadas sobre todo para el placer de los sentidos, para olerlas y saborearlas. Y yo suelo olvidar todo lo que leí cuando me entrego a esas tareas inefables, como si perdiera la memoria y lo poco que tuve de razonable.

Si en las axilas huele a panal, el monte de Venus a mar, el nada anodino ano, y la boca, su cavidad opuesta (cuna y sepulcro de sus promesas), a cosas machadas, eso me basta a la hora de valorar a una mujer. Si además recita versos… y leyó a Platón y saca raíces cuadradas… mejor, pero no es lo esencial.

No hay que empacharse al hablar de esas cosas que guardan las mujeres en la caja de la pelvis, palabra líquida: del cóccix (del latín coccyx), hueso corto, impar, triangulado, con una base, vértice, dos caras laterales y dos bordes, que se articula con el sacro, y del sacro, y lo demás.

La ruptura del cóccix, dice el diccionario anatómico, equivale a la ruptura de la rabadilla. Pero las mujeres no son solo rabadilla. Aunque también lo son. Y por sabihondas que parezcan o finjan ser siempre se les nota ese vestigio de la cola que aparece en todos los embriones humanos en la cuarta semana.

Por la pélvica concavidad lisa, por la cara dorsal y la apófisis, articulación rudimentaria, las tres últimas vértebras coxígeas que fusionadas durante las etapas intermedias de la vida crean un hueso arrosariado de donde procede su nombre, y por el cóccix, aunque no ayude a las demás vértebras a soportar el peso corporal en la bipedestación, pero que en la sedestación puede flexionarse ligeramente para soportar parte del peso, se siguen tambaleando imperios, se dilapidan fortunas, se cometen suicidios y uxoricidios, se llenan las cárceles, manicomios y cementerios, se escriben boleros y baladas y se cultivan rosas.

El diccionario es parco en sentimentalismos. Sin zalamerías describe las flores, las estrellas, las mujeres. Pero detrás de sus palabras hay más que ruido. Además está el misterio de la atracción que supera lo nominal. A mí la palabra cóccix me sonó a nombre de repuesto de automóvil la primera vez que la oí. Pero me reveló su encanto después, cuando toqué uno y lo olí.

Una vez me compadecía de los muchachos de hoy que desde que nacen ven cóccix por todas partes, y anexos, en las vallas de las carreteras, en el cine y la televisión y en revistas como esta. En mis tiempos la ocultación de estas suculentas presas aumentaba el apetito y agregaba al deseo el anhelo de poseer los aledaños, el clítoris, la vagina y el recto, intrigantes regiones del universo dignas del sacrificio de Marco Polo y Odisea juntos. Y cuando una mujer nos dejaba ver los calzoncitos suscitaba repeluznos rayanos con el éxtasis místico, y la penumbra entre los muslos encandilaba como el relámpago, y aún sus meros cucos puestos a secar en un patio nos derretían de ternura, y hacían hervir la sangre y despreciar al Diablo. Ahora todas andan mostrando el cóccix con tatuajes de mariposas y flores. Pero no perdieron encanto por eso. La ciencia, la publicidad desacralizaron muchas cosas en apariencia, y yo añoro los años cuando el amor era pecado, pero en el fondo siempre supe que por más que se desnuden las mujeres siguen igual de enigmáticas. Y que aunque uno viva con ellas mil años jamás entiende su existencia, y sigue siendo intrigante. Por sabia que sea, jueza, magistrada o gobernanta, la mujer sigue siendo un arcano con tetas y un teorema con cucos. Y sin cucos, un animal inexpresable. No es que uno coccifique a las mujeres. Es que también tienen un cóccix.

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